Donald Trump y el triunfo de la cultura hater

Jorge Liboreiro – @JorgeLiboreiro
Donald Trump y el triunfo de la cultura hater
Donald Trump / Foto: Gage Skidmore (CC BY-SA 2.0)

Donald Trump ha sido el personaje del 2015 y amenaza con ser también el de 2016, gane o pierda la nominación del Partido Republicano a la Casa Blanca. Trump ha acaparado la agenda mediática de un modo tan omnipresente como infame, recordando más a la caza paparazzi de Britney Spears calva en 2007 que al fenómeno Obama en 2008. Trump juega con todas las cartas que el crupier reparte y las combina en formas nunca antes vistas en el mundo de la política: discursos estridentes, lenguaje corporal agresivo, populismo desenfrenado, espontaneidad contagiosa, soberbia insensible, esperpento autocomplaciente, carisma extravagante y, por encima de todo, una facilidad pasmosa por emitir ultrajes, invectivas y declaraciones bochornosas contra todo aquel que ose cuestionar su persona pública. Trump eleva la expresión circo mediático a una nueva categoría.

El multimillonario tiene a la prensa postrada ante sus pies y lo sabe. La prensa adora criticarlo y juzgarlo para sentirse bien consigo misma. Sin embargo, al mismo tiempo recopila las mejores memes sobre su pelo y elabora rankings con sus frases más polémicas por el bien de su índice de visitas. La prensa (este columnista incluido) es víctima de una atracción fatal hacia el candidato presidencial: ella es Michael Douglas y él, Glenn Close. Los medios americanos e internacionales están embelesados por la novedad que aporta su figura dentro de la corrección política tan predecible en las carreras presidenciales. Él les asegura el clic, el comentario, el me gusta y el favorito, una garantía sólo al alcance de Taylor Swift y Angelina Jolie. Nosotros, todavía más embelesados, mostramos sorpresa e indignación, no comprendemos por qué un candidato político se ufana de ser tan obsceno y ofensivo. Actuamos como si Trump fuera lo más, lo nunca visto, sin darnos cuenta de que su ascenso al estrellato es consecuencia directa de uno de los mayores males de la cultura popular del siglo XXI: el hater.

El hater, el haterismo. El arte de odiar, la pasión por escupir veneno, la afición por lapidar, el frenesí de cortar cabezas. Una vocación anónima que trágicamente ha eclipsado la mayoría de los logros de Internet. ¿Quién quiere sacar provecho positivo de los avances tecnológicos que han eliminado las barreras del espacio, tiempo y lenguaje cuando puedes dedicarte a despedazar y arruinar a una persona completamente ajena a ti y salir ileso? ¿A quién le importa la creación de la mayor biblioteca del mundo con acceso universal cuando puedes pasarte horas redactando peroratas desdeñosas y vejatorias amparadas por tu propia vehemencia? ¿Por qué contribuir al proceso colaborativo de miles de usuarios cuando puedes obstruirlo con tu pérfida verborrea?

El hater no opina ni argumenta. El hater no considera puntos de vista ni reflexiona. El hater no intercambia ideas ni atiende al raciocinio. El hater depreda, devora y descuartiza. El hater jamás se sacia. El hater siempre está al acecho, buscando qué le importa menos para atacar con más ferocidad. El hater adora ser el protagonista que entona el monólogo final para después ocultarse bajo una máscara veneciana indescifrable. El hater no siente el triunfo hasta que sus enemigos capitulan de forma incondicional y abandonan el campo de batalla humillados. El hater auto-justifica sus brutalidades bajo una libertad de expresión que agoniza cada vez que es invocada por dicha criatura.

Por mucho que algunos intenten hacer la vista gorda, la cultura hater es un hecho real y tangible que forma parte de nuestra vida diaria. Hace tiempo, se practicaba en los rincones más sórdidos de la red, pero paulatinamente fue saliendo a la luz, se extendió de forma endémica y su existencia acabó resultando innegable. En ese momento, la cultura popular no tuvo más remedio que adoptar al hater y añadirlo al glosario oficial de términos. Ser detractor ya no es suficiente, hay que ser hater para hacerse notar, hay que defender una idiosincrasia donde el fin (satisfacer la ira y el descontento) justifica los medios (una gama inagotable de crueldades). Todos odian a todos, nadie se calla nada.

Donald Trump se sirve de este sistema anárquico para construir su figura. Cualquiera de sus comentarios podría haber sido escrito por un tuitero despechado que busca desesperadamente el retuit. Su retórica, airada, plana y prácticamente improvisada, evoca la de un usuario de Facebook que escribe un post plagado de incoherentes insultos y mofas acerca de su ex pareja o el amigo que le ha eliminado del día a la mañana. Gracias a esta sencilla estrategia, Trump está consiguiendo los mejores focos, los titulares más carnosos y la controversia necesaria para convertirse una y otra vez en trending topic, el objetivo principal que todos los políticos actuales persiguen y que ninguno se atreve a admitir. Es un titán de los negocios y de las redes, controla el mercado bursátil al igual que el mediático. Es el personaje del que todo el mundo tiene una opinión porque es inevitable tenerla. Es el nombre inconfundible que resuena y se propaga con una viralidad que los anunciantes de Coca-Cola sueñan con alcanzar.

Trump se enorgullece de no pertenecer al establishment de Washington, rasgo diferenciador sobre el que se apoya su campaña. Él quiere ser considerado un animal político único, rompedor, original, provocativo e incomparable. Ciertamente, él siempre ha sido un personaje dado a la polémica, mucho antes de que la World Wide Web existiera. Pero su éxito no radica en su personalidad per se, sino en cómo ésta personifica el actual zeitgeist, el clima intelectual y cultural que estamos experimentando desde la aparición de las redes sociales. Ahora triunfa quien más escandaliza, quien más alborota y quien más desvaría. El público está absolutamente anestesiado, nada le sorprende tras haber visto infinitas listas de gifs en Buzzfeed e infinitos vídeos conspirativos en Youtube. El público necesita una dosis fuerte para despertar del letargo y prestar atención, y no hay dosis más fuerte que la administrada por un hater consumado.

Jorge Liboreiro

 

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