No cambies la música, ¿O sí?

Sonia Díez Lecumberri

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Un grupo de famosos deportistas se adentra en un bar de carretera. Suena una música en la que destacan los riffs de guitarra, y que evoca a la banda sonora de una road movie motera. Nuestros hombres entran con seguridad en ese ambiente, y uno hasta reta a un rudo y musculoso motero a un pulso, al que termina venciendo. Son tipos duros, no cabe duda. En la siguiente imagen, otro de los protagonistas se dispone a cortar un gran tronco con una sierra eléctrica, y lo consigue sin esfuerzo. Luego la trama se complica, y los hombres se enfrentan a la fuerza despiadada de un tornado, con la única defensa del parabrisas de su coche clásico americano. Hasta ahora ni una palabra, solo música rock, áspera y cáustica (y que recuerda sospechosamente al tema La Grange, de ZZ Top).

Se trata de un spot publicitario que se viene televisando desde hace algún tiempo. No es un anuncio que posea nada extraordinario frente a otros, si obviamos el hecho de la popularidad de los actores. Pero los creativos han hecho un uso interesante de la música para hacer llegar más efectivamente su mensaje publicitario.

La elección de la música en la mayoría de los anuncios no es casual, siendo por el contrario elegida con sumo cuidado. Porque los publicistas hace ya muchas décadas que conocen el poder de la música para transmitir significados, valores que quieren asociar al producto o la marca en cuestión.

La música es una de las pocas cosas que podemos decir que a todo el mundo nos gusta. Porque, ¿cuántas veces hemos oído a alguien comentar que no le gusta escuchar música, ninguna música? Seguro que no demasiadas. Porque la música no es solamente algo bonito que escuchar, sino algo que se encuentra profundamente arraigado en la cultura humana (del mismo modo que no hay ninguna cultura que no tenga un lenguaje verbal, tampoco hay ninguna que carezca de música).

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¿Y por qué dije ninguna música? Porque, como sabemos, el mundo está repleto de diferentes tipos de música: tradicional, folk, blues, clásica, jazz, rock, pop, rap, house… la lista sería interminable. Cada uno de estos estilos es diferente, pero también es cierto que todos son “música”. En la actualidad, los medios de comunicación y la tecnología han hecho del pluralismo musical una realidad en nuestra vida cotidiana. Pero cuando escuchamos la música de un anuncio, en seguida sabemos si el estilo va bien con el producto o la entidad que se publicita, y si no “pega”, nos llama la atención o pensamos que se utiliza de manera irónica.

¿Y por qué ocurre esto, si estamos tan habituados a escuchar todo género de músicas, sin que nos choque oír un fragmento del Réquiem de Mozart tras un tema de los Sex Pistols? La respuesta está en que, como comenté anteriormente, la música no es para nosotros solo algo bonito, sino que es algo más. Otorgamos significados a los diferentes estilos musicales, los asociamos con determinados valores. Esto en muchas ocasiones ocurre de manera inconsciente, porque el origen de esos significados proviene de nuestra historia cultural. De este modo, puede que un visitante tailandés que vea el anuncio se pierda parte de esas asociaciones, y lo mismo nos ocurriría con la publicidad de su país.

Dicho ésto, y como propone Nicholas Cook (musicólogo británico), podemos considerar “que los anuncios de televisión pueden entenderse como un enorme experimento en torno al significado musical”. Veamos este caso. El spot tiene la estructura episódica de una road movie, donde en cada escena los protagonistas se enfrentan a un desafío. Podemos entender que la música actúa como un protagonista más, de hecho es quien confirma la notoria “virilidad” de los deportistas. El anuncio recurre a los estereotipos sobre “lo masculino” y “lo femenino”. Se juega con el contraste entre ambas condiciones, es más, se pone de relieve, y todos entendemos lo que nos quieren transmitir sin necesidad de una explicación verbal. Las primeras palabras que escuchamos son “cuando tu piel te lo pida, no cambies la música”, justo antes de percibir un abrupto cambio de música en la que una voz femenina canta un melodramático “I love you”, mientras aparece en pantalla un conjunto de cosméticos de color rosa.

¿Pero, cuál es la explicación de que demos por sentado el significado del spot? Tenemos un modo cultural de identificar los géneros, basada en una categorización binaria hombre/ mujer. Y esta categorización se concreta, en la vida cotidiana, en que cada uno de nosotros debe responder a uno de los dos únicos roles posibles. Por eso los que transgreden estos comportamientos arquetípicos (como por ejemplo las comunidades de gays, lesbianas y transexuales) se topan con las dificultades propias de luchar contra un dogma cultural, contra unos prejuicios, aunque cada vez más débiles, pero que se resisten a ceder terreno. Los defensores de esta bipolarización de género apelan a lo que es y no es “natural”, sin advertir en el componente social y cultural de esta forma de pensar. Josep Martí, etnomusicólogo, nos recuerda: “Ya en los años treinta, Margaret Mead observó que los roles sexuales en algunas culturas eran tres o incluso cuatro, o en ocasiones idénticos a los occidentales pero intercambiados. En muchas tribus de indios americanos era frecuente hallar un tercer género que podía actuar como masculino o femenino, según la conveniencia o el momento, como es el caso de los Navajo sin que, socialmente, ello supusiera ningún tipo de sanción negativa. Los mohave podían ir aún más lejos al contemplar la posibilidad de la mujer que quería ser hombre – hwame – y del hombre que quería ser mujer – alyha. Estos sexos intermedios eran respetados y no eran considerados como algo anormal. Los Arapesh no tenían nociones de roles, y los Tscahmbuli tenían roles definidos como los nuestros, pero cambiados según nuestra perspectiva: los hombres se comportaban como mujeres en cuanto a las prácticas artísticas o asuntos de belleza personal, y las mujeres como hombres, ganándose la vida y administrando la economía.” Vemos por tanto, que la manera de entender lo “natural” en estas sociedades es significativamente diferente a la nuestra.

Y, la música, en cuanto a medio de comunicación, contribuye a la construcción de la realidad social. La música cumple funciones concretas en la sociedad, interviene activamente en la configuración de valores y otros constructos culturales, los cuales muy frecuentemente se confunden con hechos objetivos, con productos de la naturaleza (y por ende, universales), y no como productos humanos y particulares de nuestra cultura. Así, al igual que cuando se espera un bebé, aun hoy, se quiere saber el sexo para elegir ropa azul o rosa, o al menos, de colores diferentes, el estilo de música puede ser asociada con la masculinidad o la feminidad. De manera general, las músicas potentes, con ritmos rápidos y marcados, con abundantes guitarras eléctricas y baterías (como el rock, rock duro, heavy o punk) son asociados a la masculinidad, mientras que músicas suaves, con voces agradables, y de temática amorosa o romántica (como baladas o temas bailables) son asociadas a la feminidad. En la práctica, estos estereotipos se han superado en buena medida, y los hombres y mujeres ya no basan tanto sus gustos en ellos, pero todavía en los noventa estos prejuicios pesaban de manera importante en la visión de la música según los géneros (como refleja Josep Martí en “Ser hombre o mujer a través de la música: una encuesta a jóvenes de Barcelona”, en 1999. Sería interesante realizar un estudio semejante en la actualidad).

No cambies la música, ¿O sí?

El origen de estas asociaciones no es reciente: tradicionalmente, en lo que llamamos música “clásica” o “culta”, las piezas tocadas con secciones de viento e intensidad fuerte o fortísimo, eran representadas como masculinas, así como los movimientos más líricos, tocados suave o pianísimo y legato (ligado), hacían referencia a lo femenino. En la misma línea, y de manera muy general, los estilos del Barroco y Clasicismo (s. XVII y XVIII) eran considerados como masculinos, y la música del Romanticismo (s. XIX) como femenina. Músicas potentes, objetivas y racionales versus músicas intimistas, subjetivas e irracionales.

Y aunque hoy se es más consciente del carácter estereotipado de estos valores, el anuncio publicitario que hemos descrito perpetúa esta categorización binaria, los prejuicios sobre lo masculino y lo femenino, y utiliza de manera efectiva la música como estrategia de identidad de género.

Sonia Díez Lecumberri

 

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