Kiss, Bob Dylan, Japón y el fin de todo lo bueno

Jaime Morillo Caraballo

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Lo malo de las leyendas, no es verlas morir, ni caer, sino ver que con los años, y por una extraña razón que aún no llego a comprender, se vuelven gilipollas. Ese fue el pensamiento que se me cruzó por la cabeza cuando vi un videoclip protagonizado por kiss y un grupo de ídolos japonesas. El videoclip era un insulto a todo lo que alguna vez fueron y representaron, y es que, a pesar de llevar más de tres cervezas y haberme escuchado varias veces sus grandes éxitos, aún no lo he asimilado.

Y es que, pese a quien le pese, Kiss son los padrinos del rock. Aquellos que con su estética precedieron a numerosos grupos de metal, rock y glam. Antes de Demiun Borgis estaba Kiss,  antes de slipknot estaba Kiss y sin ellos la música rock no hubiera sido la misma; temas como Black Diamond,  I Was Made For Loving You y Detroit Rock City así lo refrendan.

Pero ahí estaba ese engendro de videoclip en donde solo tocaban las guitarras y hacían los típicos gestos histriónicos que casi siempre los acompañaron en su carrera mientras un grupo de ídolos japonesas, cantaban una canción de plástico, sin sentimientos, sin mensaje, sin nada. Música de oír y tirar, propia de estos tiempos. En definitiva un insulto a todo ese largo verano del amor, a la revolución de las chicas Vespa y a las eléctricas noches de neón de los 80.

Y puede ser que Japón, en la actualidad, sea el nuevo varadero de leyendas y de grupos de Rock, que como las ballenas, estos van allí a morir arponeados por representantes y directivos demasiado ciegos de sake para saber lo que están haciendo. O puede ser que Kiss sea como Detroit; una ciudad cansada, destrozada que solo vive de los recuerdos de un pasado, que extraña razón, alguna vez fue digno y glorioso. También puede ser que tal vez solo les mueva la pasta y la firme creencia de que en Japón aún puedan hacer lo que les gusta y ganar algo de efectivo e incluso creer que aún están en su momento, en su punto álgido; en este mundo absurdo, cambiante y capitalista en donde Kiko Rivera es músico y cobra lo mismo que un ministro de nuestro actual desgobierno. Y es que el dinero es el dinero y uno lo busca desesperadamente, sea o no sea estrella de rock, aunque sea inaugurando hamburgueserías, anunciando cuchillos en la tele tienda o vendiendo seguros a puerta fría.

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Kiko Rivera en El Hormiguero / Imagen: tillate.es

Y cabe recordar que alguna vez fueron los valientes que en 1983 se quitaron el maquillaje y tal vez pensaron que podían vivir de la música y no de su aspecto, los fanes por razones que no me explico, no lo entendieron, y aunque algunos críticos piensen que fue uno de los momentos más estúpidos del rock, quiero pensar que fue un verdadero acto de valentía, el de despojarse de todo lo superfluo e histriónico y ofrecer solo aquello que debían ofrecer: MÚSICA.

Sin embargo la imagen que representan ahora es artificiosa, subreal, estancada como el cadáver viviente de Bob Dylan, aquella leyenda que murió espiritualmente cuando gritó a los jóvenes que se movilizaban en Wall Street contra la injusticia, que no utilizaran su música, que ésta no les representaba, el mismo Bob que recorrió América con un guitarra tocando Blowin in the Wind y salvando la conciencia de una tierra herida por la guerra de Vietnam. Ahora quien representa a Bob Dylan es un banco, una cuenta naranja; se dice que Bob ya no sale de su casa y que odia firmar discos antiguos. Seguramente el bueno de Bob dentro de poco anuncie coches o lavaplatos en Japón.

Pero hubo una vez en que todo fue bueno; los años 80, entre la esperanza y la rebeldía de la primera gran ola que abarcó los años 60 y 70 y la era de los nuevos ritmos que fue los 90. El punto álgido de esta era tuvo un nombre y un momento; concierto de 1986 en Wembley ante 144.000 personas en pleno éxtasis musical, Freddy Mercury enfermo de sida, otro mártir de los excesos como el marciano Klaus Nomi, cantando con toda su alma y ser Under the pressure, convirtiéndose por pleno derecho en una leyenda y demostrando a las generaciones venideras lo que debía ser un artista encima del escenario. Como el Arturo de Avalon, el rey que fue y será.

Y a partir de ahí, el largo camino a la decadencia, a la era de la fealdad y fracaso, la cual finalizaría con la aparición de Justin Biber, lady Gaga y todos esos productos, que como monstruos del capitalismo, son creados a la imagen y semejanza de una sociedad que, razones que son evidentes, ni comparto y ni entiendo.

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Y es que con estos precedentes podemos decir, sin riesgo alguno de equivocarnos, que el pasado fue mejor, aun con sus Milli y Vanili, y es que la música ha muerto en el sentido artístico de la palabra. Pero a pesar de lo que diga Don Mclean, ésta no murió un 3 de febrero 1959, ni tampoco murió por culpa de la piratería, la verdad, fue la codicia y la mediocridad de los directivos de las grandes compañías y de esta generación Lost in the Space que consume toda la basura que le dan sin pensarlo, incapaz de mirar hacia atrás y ver lo que había.

Aunque es raro y extraño, porque íbamos por buen camino aún en el 2000 había grupos como Blur, Oasis, Gorillaz, Verve, Blind Guardian y artistas como Erykah badu, Andrés Calamaro, aún había cabida para lo novedoso, lo nuevo y para el talento. Y la gente aún recordaba quien era Led Zepellin, Gwendal, Jim Morrison, the Eagle y no creía que Elvis era un jugador del Getafe.

Y así, a día de hoy, mientras las gente baila con los prefabricados ritmos de Lady Gaga, Katy Perry y toda la hornada de grupo desalmados plástico-clónicos; vemos como los artistas de verdad mueren uno tras otro, desaparecen en el olvido de una sociedad que ya nos lo merece, o lo peor, se ponen a vender depiladoras nasales en la tele tienda. Tal vez no se vuelvan gilipollas, tal vez los gilipollas seamos todos nosotros……

Absurdamente vuestro:

Jaime Morillo Caraballo

Pd: Escuchen al chaval de la hipoteca, es de lo poco que merece la pena en el panorama nacional.

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