Diseño y dignidad

Ignacio Alonso Alonso
Diseño y dignidad
Diseño y dignidad / Imagen: Ignacio Alonso Alonso

Entre las muchas ideas confusas que hay del concepto de diseño hoy nos vamos a detener en una que -como otras más- ayuda a distorsionar la imagen de ese arte/ciencia que es la disciplina del diseño: el diseño como sinónimo de glamour y exclusividad.

Apenas hace una semana se averió mi lavadora y me vi en la necesidad de avisar al servicio técnico correspondiente. Pasadas dos horas escasas se persona en mi domicilio una chica simpática y de aspecto avispado; no más de 25 años; maleta metálica en bandolera y maletín de mano con toda suerte de artilugios y libros.

De inmediato se pone manos a la obra y no duda en arrojarse a por las entrañas del aparato. Me llama la atención –y es lo que me ocupa en este artículo- la vestimenta de la especialista, que lejos de ser un mono de tela mahón, o unos pantalones y chaqueta destinados al final de sus días a labores de taller, se componía –su ropaje, digo- de un pantalón de loneta de colores sobrios, sufridos, sí, pero atractivos y que recuerdan en todo a la más pura moda de montañismo por el aspecto de parcheado de refuerzos en ciertas zonas, con bolsillos por todos lados y hechura moderna. No hablo de un color solo, sino de –al menos y que recuerde- tres tonos: el gris oscuro para la mayor parte de esa prenda, el naranja para refuerzos y solapas de bolsillos, y –ya en menor medida, discretamente- un color azul eléctrico en pespuntes, logos corporativos y algún remate más. La chaqueta estaba hecha a juego con los pantalones y portaba igualmente el logotipo de la empresa en un bolsillo superior. A juzgar por los movimientos de lucha greco/romana con que se estaba peleando con mi electrodoméstico, las prendas resultaban tan prácticas y cómodas como resistentes; sí, ambas cosas, pero además –entro ya de lleno en lo que me ocupa- eran prendas bonitas, vistosas y que dotaban de dignidad a quien las portaba. Son prendas de diseño, sin la menor duda, pero que no están pensadas para el glamur de un baile de sociedad.

Lejos queda ya la imagen del trabajador manual vestido casi con medios de fortuna en los tiempos de blanco y negro; tiempos en los que los jirones de cualquier ropistrajo consumían sus últimos días mal vistiendo a los trabajadores, como si dijesen al observador: ¡¡ea, soy un obrero y visto de andrajos indignos porque mi trabajo no merece otra cosa!!

No exagero, no. Tal vez no tan lejos van quedando esos otros tiempos más recientes en los que una sufrida bata recta, azulona y de talla única, cubría a los operarios como si fuese la uniformidad castrense en la legión trabajadora, sirviendo por igual a un fontanero que a un técnico de ascensores, un ujier o un mozo de almacén.

Diseño y dignidad

Por suerte el diseño ha llegado a las prendas de trabajo, y parece que su llegada viene amparada de un buen gusto más que aceptable, lo que al fin y al cabo no hace sino dignificar esos trabajos. Trabajar dignifica, y más aún si la ropa de trabajo ayuda a ello mediante un diseño adecuado.

Que el mismo derecho tiene un médico a lucir orgulloso su bata blanca y su fonendo como el técnico en lavadoras a portar su maletín es algo que nadie discute. Y que tan elegante es una vestimenta como la otra, tampoco. Pero que se han recorrido dos caminos distintos y a diferente velocidad para una y otra vestimenta es más que evidente. Las fotos de Ramón y Cajal lucen la bata blanca; pero las de los operarios manuales hasta hace … ¿cuántos?, … ¿cuatro o cinco años?, más o menos, sí, esas fotos –digo- son propias de mendigos, de quienes visten como pueden y apuran en el trabajo las colillas de su ropero particular.

La ropa laboral es –salvo penosas excepciones- atractiva, bonita, moderna, ergonómica, adecuada y “ponible”. Luce diseño y las empresas que lo saben cambian con frecuencia los modelos, colores, hechuras, etc., etc. La presencia en el suelo de mi casa de una persona vestida de cualquier manera, esto es, por ejemplo con vaqueros y camiseta, sería violenta; pero cuando esa misma persona viste y trabaja con ropa específica y además atractiva, percibo una cierta tranquilidad que, a la par, supone dignidad para el operario u operaria.

El diseño, como materia omnipresente que es, se ha metido por derecho propio en ese campo, aportando sus mejores toques y haciendo que unas labores tan necesarias se dignifiquen también por las formas, por los atuendos. Se puede ir a cualquier lugar en ropa de faena, sin parecer un mendigo, sin padecer apreturas en los movimientos, sin temer a una rotura por esfuerzo postural y con un sentido de la estética absolutamente marcado.

Acabo de hacer estas reflexiones y vuelvo a mi maltrecha lavadora y a la habilidosa operaria que, sin más anestesia que la de haber retirado el enchufe, va concluyendo la intervención.

-Es el relé del programador; está fundido y ha calcinado un condensador. Lo cambio-.

Esa ha sido su impresión diagnóstica. Por seguir con el ejemplo diré que la jerga profesional, tan ininteligible para los profanos como lo son las recetas de los médicos, se ha colado en todos los campos. El tratamiento a dispensar es de 70 euros al contado. Acepto resignado porque mi lavadora es casi como de la familia; a fin de cuentas es quien mejor conoce mis trapos sucios; es –además- obediente a los programas que marco y se somete a los horarios que señalo a mi antojo. La forma agradable con la que la doctora en cableados me indica estas dolencias es acorde con su uniforme, tanto o más que si un galeno me diagnosticase peritonitis embebido en la bata blanca, porque ese uniforme –el de los médicos- que es común al de heladeros y churreros, alcanza un grado especial de dignidad cuando se ve adornado con fonendo al cuello y colección de bolígrafos en el bolsillo superior; y este otro, el de los pantalones y chaqueta de montañero, es propio de gentes que saben lo que se hacen, personas formadas y cualificadas que visten dignamente con prendas que no se parecen en nada a los harapos de antaño.

a015-01 Diseño y dignidad ii

Llegado el momento y recogido el instrumental de destornilladores, polímetros, comprobadores y demás que poblaban la estancia convirtiéndola en improvisado quirófano, la técnico sacó de un bolsillo lateral de sus pantalones un bolígrafo, y del interior de la chaqueta un talonario de facturas con la que me recetó el tratamiento ya mencionado. La ergonomía dejaba espacio a esas armas letales y pese al disgusto, aprecié que el gesto de esta moza, con esa vestimenta tan elegante y práctica, era digno por las formas; no en vano, la misa es también importante por la liturgia.

Ignacio Alonso Alonso

 

Un comentario

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s