La música y las masas

Sonia Díez Lecumberri

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Todos somos más o menos conscientes del poder que ejerce la música sobre nosotros. Se suele decir que la música es el lenguaje de los sentimientos, siendo capaz de arrancar diversas emociones, y reforzar o alejarnos de un estado de ánimo. También es muy posible que quien lea esto recuerde situaciones en las que escuchar una melodía o canción haya despertado evocaciones a momentos, etapas o episodios de su vida pasada.

Pero dejando de lado los efectos que la música produce en nosotros de manera individual, reflexionemos un momento sobre el poder que puede ejercer la música en la gente a nivel colectivo. A lo largo de la historia encontramos diversos ejemplos sobre un uso de la música con fines que nada tienen que ver con el mero disfrute.

Ya en la antigua Grecia, filósofos como Platón y Aristóteles creían que la música representaba las pasiones o estados del alma. Para ellos, la escucha del tipo adecuado de música constituía un poderoso instrumento educativo, así como escuchar el tipo inadecuado podía tener efectos muy perniciosos. Y esta idea sobre su capacidad para influir, en mayor o menor medida, en la conducta de las personas, pervive hoy reflejada en ciertas actitudes, como el hecho de que el rock duro haya sido culpado en numerosas ocasiones (sobre todo en sociedades de conciencia puritana como la estadounidense) de estimular la violencia en los jóvenes. Sin ir más lejos, Marilyn Manson fue acusado poco menos de provocar la masacre por parte de dos adolescentes en el instituto Columbine, en el estado de Colorado.

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Marilyn Manson / Foto: marilynmanson.com – Revista Rolling Stone

En la Rusia de Stalin, la música contemporánea europea y el jazz estaban prohibidos, por ser considerados estilos no concordantes con los dictados del “realismo socialista”, cuyo propósito era exaltar la lucha del proletariado por medio del arte. Estos estilos, considerados burgueses, representaban para Stalin un peligro para el Estado soviético, reconociendo así en la música un poder sobre la conducta y la educación de los ciudadanos.

También se produce algo similar en la Alemania nazi con la música swing, un tipo de jazz que en los años treinta triunfaba en los salones de baile de Berlín. Los jóvenes bailaban esta música con desenfreno, lo cual fue estigmatizado inmediatamente como símbolo de desorden, al igual que la floreciente música atonal. La tradición alemana dota a la música de una especial importancia en su identidad como nación, por tanto los nazis pusieron un particular empeño en categorizar los estilos musicales como adecuados o perjudiciales para la causa. Prohibieron todas aquellas músicas que tuviesen que ver con la “modernidad” o la innovación, y exaltaron los estilos que se ceñían rígidamente a los cánones de los movimientos clásico y romántico. Según su razonamiento enfermizo, esta música representaba el “verdadero espíritu alemán”, y era capaz de educar a la “comunidad del pueblo” según los dictados del Tercer Reich. Woody Allen, con su ingenioso humor, lo expresa muy bien en su famosa frase en Misterioso asesinato en Manhattan (1993): “No puedo escuchar tanto Wagner, sabes… ¡me entran ganas de invadir Polonia!”.

Pero la relación del nazismo con la música no se queda ahí: Hitler utilizó la música para potenciar su mensaje de manera muy consciente y eficaz. En el rally de Nuremberg celebrado en 1936, Hitler hace uso de una retórica verbal tomada directamente del sermón religioso: “…¡Con cuanta intensidad sentimos, una vez más, en esta hora, el milagro que nos ha reunido! En una ocasión, escuchasteis la voz de un hombre, él os habló al corazón y vosotros seguisteis su voz (…) Hoy nos encontramos aquí y este encuentro nos llena de júbilo…”. Un discurso que hoy en día nos haría reír, viniendo de un jefe de estado. Sin embargo, el público allí reunido se hallaba entregado ciegamente a su “mesías”, y los sentimientos estaban exaltados al unísono. Y esto fue posible, en gran parte, por el escenario musical en el que se contextualizó el discurso. Las bandas de música estaban presentes ya mucho antes de la llegada del dictador, de modo que su retórica precedió a la de Hitler. Su misión era manipular el estado de ánimo, crear expectativas y unificar emociones. Los ánimos se iban exaltando, consiguiendo que el clímax llegara al mismo tiempo en el numeroso público, de forma que para cuando Hitler llegó, el sonido de las bandas fue ahogado por el estruendoso clamor de la multitud.

La música y las masas
Nümberg-Rallies / Bundesarchiv, Bild 183-C12701 / CC-BY-SA

Según muchos estudios sociológicos, este fenómeno creado por la música contribuye a la pérdida de las masas del juicio crítico y a la ciega entrega a los sentimientos del momento.

En la actualidad, los políticos más audaces conocen estos efectos, y por ejemplo, las campañas de Barack Obama hacen un uso extensivo de la música de manera muy estudiada. También los planes de marketing de las grandes compañías. Este tema daría para varios artículos más, así que no descarto que próximamente lo retome en algún otro texto.

Conclusión: no subestimemos el poder de la música, porque si bien no es capaz de substituir el lenguaje verbal, sí que puede alterar de manera profunda la forma en cómo se recibe un mensaje de manera colectiva, y unificar efectos emocionales en la multitud, posiblemente mejor que cualquier otro lenguaje.

Sonia Díez Lecumberri

 

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