Muchachos de altas copas

Inmaculada Latorre Hernández

Muchachos de altas copas

Eran fuertes y valientes, amantes del reto, predispuestos a la aventura desde su escueta infancia, entregados al adiestramiento militar al despuntar su adolescencia, eran los elegidos para ser soldados de las ciudades estado de la antigua Grecia, auténticos guerreros espartanos aspirantes a héroes eternos. Y es que el ejército hoplita fue en la antigua Grecia, como clamaba su mitología, el primer destacamento de hombres lanceros perfectamente organizados para la innovadora táctica del combate sorpresa. Soldados especializados que marchaban directamente hacia su objetivo, con la estrategia del combate añadida a su causa, en un arranque tan innovador para su época que muchos historiadores los han bautizado como la primera hueste de infantería.

A su disciplinado carácter se unió la templanza en el arte de la guerra fruto de un arduo entrenamiento impuesto desde la niñez para llegar a ser los fieles guerreros que los dioses eligieron como guardianes de su pueblo, por el que vivirían y morirían cuando el destino de las parcas así lo decidiese. Y su misión al nacer estuvo más que cumplida porque éstos muchachos de altas copas, cuerpos atléticos forjados en la fragua de las batallas sin tregua, tan sólo sabían vivir para morir luchando como héroes de sus epopeyas, hombres que dan la vida para salvar otras con ese desprendido gesto que deja sin palabras a tantas generaciones como los recuerdan.

Salían a la palestra cual atletas olímpicos, inmortalizados en cuerpos esculturales que escondían las virtudes del combate cuando había enemigos de esos auténticos que luchan cuerpo a cuerpo dando la cara. Valientes en la lucha cuando ésta era una virtud para defender la vida, sagaces en la estrategia cuando la estrecha situación por sobrevivir cedía el paso tan sólo al mejor, pero ante todo, eran hombres de un calibre humano tan desprendido de sí mismo que pactaban con la capacidad de dar la vida como si de un juego de niños tratara la existencia en éste mundo, pues para el soldado hoplita, éste mundo carecía de valor si no se halla en él la causa que justifique nuestra existencia y ellos la encontraron en esa acción de dar la vida antes que rendirse. Luego vinieron los reproches descontextualizados de semejante bárbara acción y el soldado hoplita, a lo largo de la historia, paso de héroe a villano arrastrado por ese pasado que siempre miente porque sustituye al hombre normal por el excepcional y escogido por la tradición, la leyenda o los prejuicios que se van añadiendo poco a poco a toda historiografía, mientras un silencio sepulcral se cernía sobre todo lo bueno que hubo en ellos.

De ellos no queda nada más allá del recuerdo o tal vez nuestros muchachos de altas copas que les toman el relevo en la historia y hoy son jóvenes soldados que visten uniformes mimetizados, posan músculos de maniobras y soportan armas de última tecnología, equipados para ser lanzados a causas humanitarias allí donde las circunstancias políticas los reclamen, ángeles guardianes de los recovecos oscuros de este mundo donde ninguna conciencia quiere habitar, defensores de aquellos lugares negros del planeta donde la vida del mundo se agrieta por momentos hasta resquebrajarnos el alma. Muchachos de altas copas que tras de sí dejan la comodidad del impasible y todos los argumentos del buenismo para ir más allá que las buenas intenciones y envueltos en su misión, causa única de sí mismos, traspasan esa bruma social de desconfianza hacia su reto, sortean los argumentos ajenos que ven en ellos tan sólo mercenarios cazadores de dietas y en pleno combate sorpresa hoplita, plantan a todos con su simple “me voy de misión con mi ejército”.

a006-05 Muchachos de altas copas

¿Por qué te vas? Es la pregunta que retumba en los aeropuertos con sus despedidas y las respuestas se llenan de ojos enrasados, lágrimas ahogadas en bromas con la familia que los despide mientras en un último intento desesperado por retenerlos se vuelve a escuchar la misma pregunta:

¿Por qué te vas?

—Porque quiero hacerlo y ésta es mi oportunidad— responde una contundente voz que se diluye con el eco del adiós esbozando una sonrisa.

Tras su partida, en el silencio de la alcoba, en la ausencia del hogar, cuando el hueco de ellos empieza a sentirse en el alma, llegan sus primeras instantáneas tomadas allá en su misión y uno las mira sin necesitar más palabras que expliquen por qué se fueron…tal vez alguien los estaba esperando con ojos sonrientes ávidos de bondad y ellos, sin saberlo, lo intuyeron desde su primer “quiero irme”, dejando así sin palabras a tantas generaciones como los recordarán cuando otros futuros hoplitas (valientes en la lucha, sagaces en la estrategia e implicados en la vida como sólo los héroes son capaces de hacerlo) también quieran irse. Hoy, desde el presente, sin pasados que mientan ni terceros que nos lo cuenten podemos decir, sin tergiversar la historia, que de ellos nos queda la esperanza de su regreso y la inmensa dicha de habernos cruzado en el destino de un muchacho de altas copas para conocer cómo son nuestros héroes hoplitas.

Muchachos de altas copas

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