El don de la resiliencia

Carolina Capitán Pacheco

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Cuando me ofrecí para esta interesante propuesta, no pensé que me sería tan complicado elegir el tema y estructurar lo que quería manifestar. De hecho, redacté varios borradores que finalmente descarté, por entender que no resultarían atractivos para su lectura.

Cómo es la vida que sin yo buscarlo, ha puesto patas arriba todo lo que había construido durante años y de repente me obligó a marcarme otros esquemas de los que debía partir de ahora en adelante. Por ello, me apetecía escribir sobre algo personal.

Soy sevillana y tengo 31 años. Durante casi trece años mantuve una relación de noviazgo estable, de esas que te fijan una agradable rutina y que piensas que va a tener un final feliz, con boda e hijos. Sin embargo, no fue este mi caso, ya que poco antes de que cumpliéramos nuestro decimotercer aniversario, dimos por finalizada nuestra relación por una serie de dificultades que no fuimos capaces de resolver.

Actualmente resido en Madrid, ya que en mi ciudad natal no había oportunidades e intenté encontrar en la capital lo que me hacía falta para construir mi modelo de vida junto a la persona más importante para mí en todos estos años.

No voy a entrar en este breve artículo en cuestiones de esa índole de las que no interesan a nadie, sino que más bien, me gustaría poner de manifiesto la fortaleza que en el fondo todos tenemos y que las circunstancias de la vida te exhortan a sacar a flote.

Porque evidentemente después de cinco años y tres meses que pasé opositando a judicatura, incorporarme al mercado laboral relativamente mayor, no sin ciertas dificultades ante los tiburones que por estos lares te encuentras, y sufrir una ruptura con la persona que te conoce mejor que nadie, casi como tus padres, con la que has crecido y que hacías en tu vida para siempre, ha habido momentos que no han sido fáciles ni para mí ni para otras personas. Pierdes peso, tienes problemas leves de salud, psicológicamente te alteras y crees que no vas a salir del agujero en un tiempo.

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No obstante, entronco aquí con la idea que apuntaba dos párrafos más arriba y es que quizás por una cuestión de supervivencia o instintiva, todo ese halo que parece estar enmarañado a tu alrededor comienza a despejarse y descubres un día que la serenidad, la madurez y el afrontar las cosas con objetividad han llegado a tu vida para quedarse si no por siempre, sí por el tiempo necesario para que alces el vuelo.

Con todas estas circunstancias, decidí pensar y reflexionar fríamente, sin sentimientos ni emociones negativas; me centré en el trabajo, aunque al principio me costó y me decidí a salir más, hacer más planes, conocer gente nueva y pensar que aunque evidentemente parte de mis problemas eran responsabilidad mía, yo era una persona que merecía la pena; logré aceptarme tal y como soy y me di cuenta de que eso hizo que me quisiera más y que fuera mejor persona hacia los demás.

Cuando llegas a este punto contigo mismo es tremendamente agradable. Por supuesto te ayudan los consejos de tu familia, esa que nunca falla y que siempre se pone de tu parte, ya metas la pata o no, y de esos amigos que valen tanto y que hacen que todo pase más rápido, a todos ellos les debo muchísimo, a esa paciencia infinita que demostraron tener conmigo.

Sin embargo, la calma no llega hasta que lo afrontas por ti misma y empiezas a ser capaz de tomar decisiones, piensas en ti, lo que a veces es tan importante en este mundo en el que vamos corriendo a todos lados y nos dejamos tanto de lado. No es una cuestión de egoísmo, es una cuestión de escucharse a uno mismo, igual que cuando el cuerpo te da toquecitos de atención para ponerte en guardia de que algo no va bien, de que debes pisar un poco el freno.

Hace poco una amiga a la que quiero mucho me decía que a veces a las personas se nos forman “nudos” que debemos deshacer nosotros mismos, que cuesta mucho desatar, pero que requieren una profunda reflexión en solitario y que hasta que no te deshaces de ellos, no puedes seguir avanzando. Cuánta razón llevaba…Tenemos que aprender a deshacer esos nudos que nos impiden coger a veces las riendas de nuestra vida, esta vida tan preciosa que tenemos por delante.

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En este artículo no pretendo evidentemente dar a conocer hechos objetivos de una situación, simplemente trato de que mi experiencia le sirva a alguien que esté pasando por lo mismo, para que sepa que, gracias a Dios, todo pasa y todo se repara, que todo lo que vamos acumulando en nuestra “mochila” nos sirve para aprender a gestionar las situaciones y para salir siempre fortalecidos, no me cabe la menor duda. A medida que vamos soltando lastre, nos vamos haciendo libres para lograr llenar la mochila de experiencias y vivencias nuevas, que tanto nos van a aportar y que nos van a ayudar a decidir qué queremos y qué no, de una forma sencilla y gratificante. La experiencia es un grado y tener ya una edad en el fondo es algo muy positivo, pues te permite elegir qué quieres hacer con tu vida por ti mismo, no por lo que digan los demás, por tu entorno, sino por lo que te causa satisfacciones a ti. Estoy cómoda tras haber superado la barrera de los treinta porque empiezas a saber distinguir lo que quieres y lo que no de una forma mucho más sencilla.

Espero que a alguien le sirva. Que nadie tire la toalla, que nadie tenga miedo. La vida es maravillosa y más a los treinta.

Como canta el artista El Kanka: “¡Qué bello es vivir!”.

Carolina Capitán Pacheco

 

2 comentarios

    • Muchísimas gracias,Ángela.No sabes la ilusión que me hace tu comentario.Siento no haber contestado antes,no sabía que tenía comentarios.Un abrazo y a ser feliz.
      Caro.

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