Amistades peligrosas

Inmaculada Latorre Hernández

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Se movían como poseídas por una gracia superior a todos los razonamientos de la ciencia y a mí, como la curiosa niña que era, me encantaba ver sus formas viscosas, blandas, adheridas a la materia terrena del suelo por donde se deslizaban. Una vez tuve la osadía de tomar una entre mis manos y enseguida me arrepentí. Un ente frío y escurridizo rozó mis finos y diminutos dedos enrojecidos e hinchados como débiles flores rojas que al contacto con algo se deshacen en mil pedazos de ilimitados pétalos irrecuperables perdiendo para siempre su hermosa figura. No sabía lo que pasaba, tan sólo que algo iba mal.

Algo atentaba contra mí, era evidente, un torrente de sentimientos llenaban mi mente mientras mis manos iban tomando la figura de un objeto no reconocido en forma, tamaño y color. Tonos rojizos pasaban a ser morados, violetas y algún puntito verdoso definía que la cosa era seria. En pleno brote de pánico sacudí mis manos con un alarde de destreza y habilidad excepcional en un niño, todo un arrebato afín a esas circunstancias de la vida en las que la necesidad agudiza el ingenio hasta superar todo lo imaginable para sobrevivir. La cosa viscosa, origen sin duda de mi desdicha, cayó al suelo y sin dejar de retorcerse, su cuerpo se alargaba y contraía, su elasticidad era única e irrepetible, todo lo contrario a cómo habían quedado mis dedos, rígidos, tiesos y agarrotados, propios de un trance artrítico que esperaba fuese momentáneo.

Mis cinco sentidos quedaron bloqueados y sin saber qué hacer con la información captada ni lograr pasarla a tiempo hacia mi mente, mis amígdalas, secuestradas por el miedo, decidieron por ella y fue entonces cuando oí una voz que salía de mi boca gritando: ¡Mamá!.

Mi madre cogió ese trocito de muñón rojo y deforme en el que se habían convertido mis manos y enseguida pronunció la sentencia que lo desveló todo.

– Vaya hija, otra vez ese brote de alergia – me dijo sin ni siquiera inmutarse.

La reprimenda me llovía a golpes de zapatilla sobre mis débiles y ya insensibles glúteos por haber cogido esas malditas lombrices tan nocivas para mí como el más puro veneno que, dosificado en altas cantidades de mi osada inocencia, siempre convertía nuestros juegos de amigas en tragedia.

– ¿Te das cuenta, hija, por qué no debes jugar con las lombrices? – me pregunto mi madre.

– Sí mama­, creo que las lombrices se han empeñado en no ser mis amigas… pero no te preocupes mama, yo las seguiré cogiendo y veras cómo algún día cambiaran de opinión – contesté yo.

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