Un agujero que se cierra

Virginia García Franco

a017-03 Un agujero que se cierra

En la actualidad, hay una preocupación extendida de que la capa de ozono se esté deteriorando debido a la liberación de la contaminación que contienen los productos químicos cloro y bromo. Dicho deterioro permite que grandes cantidades de rayos B ultravioleta alcancen la Tierra, lo que puede provocar cáncer de piel y cataratas en los seres humanos, además de dañar a otros organismos vivos.

Para entendernos, la capa de ozono es un cinturón de gas ozono natural que se sitúa entre 15 y 30 kilómetros sobre la Tierra como si fuera un escudo contra la dañina radiación ultravioleta B emitida por el sol. El ozono es una molécula altamente reactiva que contiene tres átomos de oxígeno, está constantemente en formación y se rompe a 10 o 50 kilómetros sobre la Tierra, en la llamada estratosfera.

De eso son responsables en mayor medida los clorofluorocarbonos (CFC), sustancias químicas que se encuentran principalmente en los aerosoles en spray muy utilizados por las naciones industrializadas durante la mayor parte de los últimos 50 años. Lo más preocupante es que la capa de ozono sobre la Antártida ha sufrido un impacto considerable desde mediados de los años 80. Son las bajas temperaturas de esta zona las que aceleran la conversión de los CFC en cloro, el cual reacciona con los rayos ultravioleta destruyéndolo en hasta un 65% y dando lugar al llamado “agujero en la capa de ozono”. No obstante, no todo está perdido. Parece que el agujero que existe sobre la Antártida podría estar cerrándose lentamente, según informan investigadores británicos y estadounidenses en la revista Science.

Un agujero que se cierra
Ozono en el Polo Sur / Imagen: ESA – BIRA/IASB

Los científicos analizaron las mediciones de ozono y por satélite del dióxido de azufre que se libera en las erupciones volcánicas y que aceleran la destrucción del ozono. También tuvieron en cuenta diferentes datos meteorológicos como la temperatura y el viento. Con ello descubrieron que entre 2000 y 2015 el agujero se redujo en más de cuatro millones de kilómetros cuadrados, una superficie mayor a la de la India. Además, pudieron demostrar que la reducción del agujero es atribuible en más de un 50% al retroceso de los químicos que lo provocan.

Por otra parte, es palpable la conexión que existe entre la pérdida de ozono y el cambio climático, y en particular en el Ártico. El protocolo de Montreal, firmado en 1987, prohibió sustancias químicas, como los halocarburos, que deterioraban la capa de ozono. A pesar de ello, los científicos han descubierto que los restos químicos de estas sustancias tardarán años en desaparecer. Puede decirse que el daño es bidireccional: el calentamiento global altera la capa de ozono y el deterioro de la capa de ozono alienta el cambio climático.

Y esto hace que además de la grave amenaza que supone para la biodiversidad y la preservación de ecosistemas únicos, el cambio climático también nos haga perder mucho dinero: cosechas malogradas, daños de edificios e infraestructuras asociados a inundaciones y otros desastres naturales, migraciones masivas… Cuantificar estas pérdidas es bastante complicado, pues algunos de estos efectos, por ejemplo los problemas de salud, son indirectos y difíciles de medir.

No obstante, la Agencia Europea de Medio Ambiente ha publicado un informe muy detallado en el que se calculan los costes económicos del cambio climático. En este informe se detalla que entre el año 1980 y el 2013, los costes asociados a eventos climáticos han supuesto para Europa casi cuatrocientos mil millones de euros. Además, la media anual de pérdidas ha oscilado entre los 7.600 millones de euros en los años 80 y los 13.700 millones en el siglo XXI.

A nivel planetario, estas pérdidas han hecho que muchos países en vías de desarrollo sean los más perjudicados por el cambio climático. Un estudio publicado a principios de este año en la revista Nature analizó la relación entre temperatura y productividad económica. Para ello utilizó datos meteorológicos de los años 1960-2010 y creó un modelo matemático que tenía en cuenta variables como las diferencias culturales entre países, los cambios en precios de mercado y las tendencias de crecimiento en la población.

Según sus autores, existe una temperatura media anual “ideal” en las que las economías alcanzan su máximo de productividad: 15⁰C. Por encima de dicho valor, la productividad decrece, y esto nos confirma dos cosas: en primer lugar, que las economías más desarrolladas se encuentran en regiones templadas en las que la productividad es mayor. En segundo lugar, que los incrementos en las temperaturas asociados al cambio climático ocasionarán mayores pérdidas económicas en los países de regiones cálidas.

Además, las conclusiones del estudio son claras: el cambio climático ocasionará cada vez mayores pérdidas económicas y, además, provocará un enorme aumento en las desigualdades sociales. De este modo, se hace patente la relación de amor/odio que existe ente la capa de ozono y el cambio climático, y de cómo eso repercute en nuestra salud y en la de las plantas y los animales que nos rodean, así como en nuestros bolsillos. Ayudar a desacelerar el cambio climático puede convertirse en una meta vital para nosotros si somos capaces de disfrutar sin perjudicar en exceso el ecosistema que nos rodea y conseguir éxitos como el que el mal llamado “agujero de la capa de ozono” disminuya.

Virginia García Franco

 

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