La muerte no existe

Diana Franco

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Érase una vez un astronauta y un neurólogo rusos que discutían sobre religión. El neurólogo era cristiano y el astronauta no.

-He estado en el espacio muchas veces -se jactó el astronauta,- pero no he visto ni a Dios ni a los ángeles.

-Y yo he operado muchos cerebros inteligentes -contestó el neurólogo- pero nunca he visto un solo pensamiento.

(Extracto de El mundo de Sofía).

Todos morimos, es una realidad. Al menos entendida como que el corazón deja de bombear la sangre que recorre nuestro cuerpo y expiramos el último aliento: “Ciao, bon voyage”. En dicha despedida los que continúan respirando se sienten perplejos, asustados, tristes, liberados; el abanico de sentimientos es muy amplio. La muerte e incluso la sola palabra, no deja indiferente a nadie. Ineludiblemente antes o después pensamos en la nuestra.

Nos enseñan como atarnos lo cordones, a leer, a conducir, siempre hay un maestro para aquello que necesitemos o queramos aprender, sin embargo, en esta etapa crucial y culmen de la vida a la que todos inexorablemente nos dirigimos, no hay instructores ni paracaídas.

Desde niños con imágenes como la guadaña, frases del tipo “se fue”, funerales ambientados en lamentos, llanto, gestos de dolor y mucho silencio, crecemos integrando consciente e inconscientemente una imagen aterradora, que podremos difuminar y evadir a diario, si bien, un día nos alcanzará. El premio, si has jugado correctamente tus cartas, es un paraíso ensoñador y azul llamado cielo, la contrapartida es roja y ardiente, donde un señor muy malo con tridente te va a hacer sufrir un infierno durante toda la eternidad.

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“Para saber hablar es preciso saber escuchar”.

Esta es la sociedad donde los libros de historia universal se escriben omitiendo continentes y los misioneros suponen que llevar su fe a determinadas tribus, que han vivido en paz y en consonancia con su entorno por mucho tiempo, es para y en su beneficio. Paradójicamente, lejos de occidente otras culturas que igualmente experimentan el óbito de un ser querido, acostumbran familiares y amigos del difunto a reunirse con el objetivo de celebrar una fiesta y el final de un ciclo y el principio de otro, bajo la premisa de que lo que es, siempre ha sido.

Citando a Epicuro de Samos: “No temas a la muerte y no le temerás a la vida”. Si decidieras abandonar el terror e imaginar algo más tras las lombrices, el polvo y la carne podrida, exista o no, la oscuridad de la noche y el silencio no te inquietará.

Dicen que la intuición es la conexión con la madre tierra, ese GPS interno existente que socava la limitación de usar un 4% por ciento del cerebro. Si no escuchamos determinadas frecuencias, ni vemos ciertas gamas de colores o sentimientos como el amor, tampoco quiere decir que no estén ahí.

¿Qué es el alma? Invisible y etérea. Advertimos que los ordenadores carecen de ella. Tendríamos que remitirnos a la religión o a la espiritualidad para ahondar en este tema. Es difícil que la humanidad se ponga de acuerdo usando los criterios referidos si contabilizamos el número de creencias y maneras de sentir que hay en el mundo.

Algo más tangible es la física, Einstein nos dice: “En cuanto a la materia, todos hemos estado equivocados. Lo llamado materia es energía, cuya vibración ha sido tan rebajada como para ser perceptible a los sentidos. No hay materia”. Con la formula E=mc2 demostró que son formas distintas de la misma cosa. La famosa frase y postulado científico “La energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma”, explica que es imprescindible la destrucción de la materia para que la energía sea liberada. La ley de la conservación de la energía es aplicable a los seres humanos y por extensión, a su propia muerte.

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Robert Lanza, investigador norteamericano de la Escuela de Medicina de la Universidad Wake Forest, afirma que la muerte que conocemos es una ilusión concebida por nuestra conciencia, así como el espacio y el tiempo “Son meros instrumentos de nuestra mente”.

¿Y si dicha conciencia permanece después? Las experiencias cercanas a la muerte o ECM, son determinadas por personas diagnosticadas de muerte clínica que no es plenamente consumada. Los pacientes que han sufrido en cuerpo y espíritu un ECM atestiguan que así es, que la conciencia persiste.

Se han confeccionado numerosos estudios agrupando dichos testimonios, los cuales conservan rasgos comunes, pese a que los sucesos declarados son complejos y llenos de matices, en consecuencia, ninguno idéntico al anterior. El sujeto que retorna de la muerte nunca vuelve a ser el mismo y asimismo coinciden en que el fallecimiento no es el final del ser.

La psiquiatra Elisabeth Kübler Ross dedicó su vida a acompañar y asistir a enfermos moribundos. Rigurosamente documentó el proceso hasta el último aliento y no sin  detractores, confirmaba que “Abandonamos nuestro cuerpo que aprisiona nuestra alma, al igual que el capullo de seda encierra la futura mariposa. Libres como una bellísima mariposa regresamos a nuestro hogar”.

Un juguete roto que no sirve es arrojado al cubo de basura. Bajo ese mismo precepto materialista, valoramos el cuerpo y el alma que en su interior habita. “Tiene fecha de caducidad”, decimos. Los frutos que caen del árbol y no son recogidos nutren la tierra para el próximo año, la gacela que es engullida por el león permite que el felino pueda conservar su estado físico. La realidad de la naturaleza nos demuestra, mediante la observación, que nada muere realmente.

Evitamos el dolor a toda costa sin plantearnos durante un instante que enfrentarlo nos dotaría de la fuerza y conocimiento necesarios; alargamos la vida de enfermos que difícilmente pueden llevar el calificativo de vivos, ya que no persistirían sin una máquina. Todo ello porque creemos que es mejor, mejor que el olvido.

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Si tienes miedo recurre a tu intuición, apaga la tele y en el silencio más absoluto conecta con esa otra parte que sabes que tiene corazón. Si no puedes acallar tu cerebro remítete a la física, que es la ciencia que trata y consigue explicar lo inexplicable. Hay cientos de libros y autores que los escriben, que en un acto de bien social, anhelan algo más de individuos que sienten la superficie de las cosas y se esmeran por una comunidad cabal de personas con nombre propio. Te dicen, te repiten, llegando incluso a gritar: “Niño, los monstruos no existen, no le temas a la oscuridad, sólo es ausencia de luz”.

Si te asusta y lo rehúyes, no podrás hacerlo eternamente. Así que ya sabes, si no puedes con tu enemigo, únete a él.

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