La furia Pokémon golpea nuestra realidad (Parte II)

Jaime Morillo Caraballo

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… continuación de La furia Pokémon golpea nuestra realidad (Parte I)

El primer encuentro con lo raro fue en una Pokeparada cerca de un videoclub. Estando allí llegó un coche, un Mitsubishi Eclipse color plátano con la música a toda pastilla, el cual parecía salido de la ruta del bacalao, entonces se bajaron unos canis (kinkis, chandaleros, cuarteaos, burlaos…) algo mayorcitos que estacionaron en segunda fila y se bajaron frenéticamente para nada más acercarse, enarbolar sus móviles y coger los objetos de esta Pokeparada mientras gritaban presos de un frenesí pasota antinatural :

¡On pare más bolas killo! – Exclamaban mientras uno de ellos saltaba presa de una alegría incontestable.

Y tras este breve pero intenso espectáculo salieron corriendo de nuevo, como si la Guardia civil o el mismísimo diablo los persiguiese, no nos digirieron la palabra en ningún momento y ni siquiera nos miraron, supongo que iban en otra onda. Quiero además pensar que a día de hoy seguro que siguen recorriendo las calles de Jerez como entrenadores Pokémon de fortuna y tal vez si tiene usted un problema pueda contratarlos. Benditos años 90 y Chimo Bayo.

Tras ese conato de encuentro social me di cuenta que estaba ante un filón, una buena historia, extraña y ridícula con un poco de miedo y asco, como a mí me gusta; ahora solo tenía que dejar que las cosas fluyeran bajo los designios del gran imán para ver qué acontecía, seguir los caminos kármikos ya marcados por los hombres sabios y así, siguiendo esa ruta de pensamiento positivo, al poco tuvimos otro encuentro, aunque al contrario del anterior éste era demasiado desagradable, demasiado real y demasiado injusto, no teniendo nada que ver con los Pokémon, pero por principios y justicia debía ser contado.

Todo empezó a unos doscientos metros del videoclub, en una calle cualquiera, con un hombre o lo que quedaba de él rebuscando en la basura, aspecto desvalido, flaco, pantalones gastados después de muchos lavados, camisa rota, mirada perdida; las moscas y el calor se arremolinaban como un negro sudario de tan oscura estampa, rebuscaba entre cajas y bolsas frenéticamente buscando como si la vida le fuera en ello. Al acercarnos nos miró temeroso y terrible, una mirada como pintura negra de Goya, una mirada de perro maltratado. Carlos y Dani pasaron de largo sin ni siquiera mirarlo, absortos, toda su atención se centraba en el dichoso juego, como siempre la era de las comunicaciones nos volvía a alejar de la verdadera realidad que acontecía en nuestra triste ciudad; el hombre a nuestro paso se quedó quieto y vibrante en el silencio de su negrura, me di cuenta de que estaba temblando, y tras pasar nosotros se acercó a una casa donde empezó a gritar y a suplicar:

Mari, la ropa, ¿Dónde está la ropa? dame la ropa, la ropa, por favor, la ropa.

Sus súplicas eran como el aullido de un perro abandonado. Me paré, pues yo me reflejaba inmensamente en ese hombre como un espejo cóncavo, mientras tanto Dani y Carlos seguían adelante convirtiéndose en un punto cada vez más lejano, pero algo me decía que debía ver cómo acababa todo esto y ser testigo. En ese mismo instante el hombre que suplicaba quejumbroso, se estaba arrodillando, así estuvo un buen rato hasta de repente se abrió una ventana de un golpe de esa casa cualquiera y una mujer de aspecto grosero y rudo como salida de Poeta en Nueva York empezó a gritar que había llamado a la policía y que se fuera. De repente se empezaron a escuchar unas sirenas lejanas, entonces el hombre entró en pánico, volvió a los contenedores y cogió una bolsa con recuerdos de una vida mejor y huyó entre los callejones, entre sombras, rápidamente, como un toro de la vega, humillado, lanceado, doliente, cuya única salvación es la muerte que trae una lanza a manos de un animal descerebrado. Fría y triste estampa de una España que no tiene compasión ni con sus hijos, ni con sus animales. Cuando llegó la policía Dani había vuelto para ver qué estaba pasando, solo le movía el morbo y una curiosidad insana.

¿Qué coño ha pasado? – me preguntó Dani mientras veía como dos agentes de policía se bajaban de un auto con cierto aire de suficiencia.

Un sueño roto, una tragedia, salgamos de aquí – Le respondí.

Y le cogí de la mano arrastrándolo fuera de la escena. Él no pertenecía a ese sitio y dudo que pudiera entender lo que estaba pasando. Era el esperpento de Jerez, que si no destroza tu alma destroza tu corazón. Hacía tiempo ya que esta ciudad se había convertido en un estado mental cercano a la locura. En una ensoñación eclíptica de la que nadie podía ya escapar.

Mientras alcanzábamos a Carlos, yo andaba y reflexionaba mientras una congoja sobrecogía mi corazón y una tristeza y decepción infinitas abrumaban mis laxos sentidos. Esa escena la había visto ya muchas veces, siempre era el mismo esquema, el cual se repetía eternamente en un ciclo de amargura y depredación; el hombre se queda parado, el parado huele a cebolla como diría Cela, mientras su futura ex mujer piensa que ya no es atractivo, mis amigas me han dicho que debo disfrutar la vida, después de eso una de las partes (casi siempre la masculina) se da de bruces con la soledad, la frustración, la incomunicación y el egoísmo de su pareja, un egoísmo que impera y gobierna nuestra sociedad, y como vemos el único resultado que deja posible a esta situación, el que ya hemos visto. En definitiva un timo moral a toda regla. No había que entenderlo, ni comprenderlo, había que sentirlo y vivirlo para así ver lo que era la fatalidad de ser un solo hombre.

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Tras eso seguí andando en silencio, todo esto me había dejado la boca con un regusto metálico y salado. Dani y Carlos murmuraban a la pantalla, estaban en una extraña comunicación con el aparato, una liturgia cuasi mística con lo digital; cruzaban la calles casi sin mirar, pero no eran los únicos, cada vez más gente en la calle aparecía buscando Pokémons, una gran masa muda y silenciosa se dirigía al mismo lugar, al parque de la música, como una larga procesión, en grupos o individualmente entraban en las instalaciones. Algunos de ellos chocando entre sí, sin ver nada de lo que tenían delante, como pingüinos. Días más tarde un chaval de 15 años fallecería atropellado en ese mismo sitio, su pecado para tal cruel destino, estar cazando Pokémons en vez de mirar a la carretera; Darwin en estado puro.

Pero ahora hablemos del parque de la música, este era y es uno de esos parques que se construyeron en la época de bonanza a base de fondos europeos y de endeudar la ciudad para los próximos 200 años, cuando se inauguró hace ya algunos, tenía enormes fuentes que se regulaban con sistemas automáticos y se iluminaban con bombillas led de última generación, contaban con diferentes cascadas, riachuelos, puentes y zonas escénicas, más de 8 guardas se dedicaban en exclusiva a su mantenimiento pero además era el lugar ideal para hacerse fotos ya fuera por bodas, bautizos, comuniones o llevar a pasear a tu tía de Gerona, pero como ya he dicho esto sucedió en otro época. Ahora ya no queda nadie, algunas zonas se hallan cerradas indefinidamente, el suelo es seco y estéril, lleno de mierdas de perros y condones de fugaces momentos de placer, y salvo por algunas plantas todo parece muerto como una diapositiva velada por el sol; el agua estancada es de color verde y su olor putrefacto es lo único que queda de algunos riachuelos. Los gatos pasean a sus anchas y algún que otro mendigo ocasional, el cual aprovecha algún escondite secreto como refugio en los días de calor o lluvia. Pero nada de esa estampa sucia y decante parecía molestarle a la gente que en fila india y ordenada se paseaba recorriendo las Pokeparadas que allí moraban. Durante un instante me sentí como inmerso en un videoclip de Pink Floyd pues me estaba dando cuenta poco a poco que delante de mí estaba el famoso muro y que éste tenía la apariencia de una pantalla de móvil. La gente, de casi todas las edades, deambulaba frente a mí como zombis hambrientos de datos digitales, Carlos y Dani ya formaban parte de la manada nada más llegar y andaban siguiendo el camino marcado por la variopinta masa. Así que viendo el percal de la situación y el cariz que estaba tomado decidí darme una vuelta de modo independiente y evaluar los daños que la crisis había hecho al parque. Durante un buen rato estuve viendo pintadas, restos de pizzas, condones de todos los colores y litros allí abandonados hasta que Carlos vino a buscarme. Después de eso decidimos hacer una parada técnica para comer un menú joven en una pollería cercana, y por unos instantes la conversación volvió a fluir aunque ésta era monotemática y todo rondaba a que Dani no había cogido ningún Pokémon debido a que había agotado todos los datos de su móvil. A todas luces era un fracaso lógico y tecnológico pero necesario para dar por acabado el día. Así tras eso y unas cuantas cervezas a la luz de la luna, las cuales nos sirvieron para retomar lo que era una conversación decente, decidí volver a casa para empezar a escribir algo lo suficiente coherente como para poder presentarlo a tiempo, sin embargo días más tarde recibí otra llamada de Dani que destrozaría mis planes y haría que me volviera a replantear este artículo.

– Hola Jaime, ¿sabes dónde está la laguna Torrox?

– Sí, dime.

– Necesito que me lleves allí, es importante. Es urgente.

– Pero allí solo hay patos y una supercarmela. Es otra zona abandonada de Jerez.

– No, Jaime hay Pokémons, según la guía que han publicado en un el grupo de WhatsApp del equipo rojo allí hay muchas especies raras. Debo de ir ya.

– Y a mí que me cuentas, búscate la vida, no tenemos gobierno y ya hay gente muriendo en las calles.

– Te pagaré el desplazamiento.

– Tienes a tu hombre… sigue leyendo: La furia Pokémon golpea nuestra realidad (Parte III).

En Jerez de la Frontera, 4 de Septiembre de 2016

Absurdamente vuestro.

Jaime Morillo Caraballo

 

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