El Banco de Dios

Fernando Nieto

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Cuando buscamos información sobre las finanzas vaticanas irremediablemente tenemos que indagar en la entidad bancaria que las gestiona y en una historia cuyo primer capítulo comienza en el año 1929, cuando el líder fascista italiano Benito Mussolini negocia con el Papa Pío XI un texto conocido como “Pactos de Letran”. En este acuerdo – entre otros favores – se compromete el pago de 1,750 millones de liras por parte del estado italiano a la Iglesia. Trece años después Pío XI crea el IOR (Instituto para las Obras de Religión), más conocido como Banco Vaticano, hoy día uno de los más poderosos e influyentes del mundo.

Además de por los beneficios de sus inversiones en el mundo de los negocios, se financia con los ingresos generados por los más de 1100 millones de creyentes que pagan o hacen donativos al bautizar a sus hijos, cuando reciben la comunión, al casarse… al morir. Personas que tras toda una vida de contribuciones puntuales a la iglesia suponen un gran negocio para el IOR.

Un ejemplo cercano es el arzobispado de Granada (España) que cuenta con 267 parroquias. Durante el año 2011 percibió trescientos setenta y dos mil euros por el alquiler de sus inmuebles e ingresó más de dos millones de euros en colectas y donaciones. Gastó 1.433.000 euros en el funcionamiento del obispado. Obtuvo más de 940.000 € de beneficio.

El Banco Vaticano es una entidad opaca que selecciona escrupulosamente a sus clientes. El postulante debe contar con la recomendación de alguna de las altas instituciones de la Curia (conjunto de órganos de gobierno de la Santa Sede), como por ejemplo la Secretaría de Estado o los Consejos Pontificios.

Esto es debido a que solo los residentes en la Ciudad del Vaticano y los miembros de la Iglesia pueden abrir cuentas. Al menos en teoría. Algunos expertos en el Banco Vaticano como Gerald Posner, periodista norteamericano nominado al Premio Pulitzer de Historia y autor tras una década de exhaustiva investigación del libro “Banqueros de Dios: una historia de dinero y poder en el Vaticano” aseguran que frecuentemente también han sido concedidos a altos funcionarios italianos. De cualquier manera el control sobre el banco y sus clientes es férreo.

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El IOR administra recursos provenientes de 150 países de los 5 continentes. En 2010 un 77% de sus clientes eran de Europa (un 7% de El Vaticano), un 6,3% de África, un 4,1% de Sudamérica. El 5% restante eran de América del Norte, de Asia y de Oceanía.

España es por ejemplo, uno de los países que aportan a través de subvenciones directas y exención de impuestos dinero al Vaticano. Según la plataforma “Europa Laica” unos 11.000 millones de euros al año, algo más del 1% del PIB del país. De esta cifra, a cada español – sea o no creyente – le corresponden 240€. Además, entre otros privilegios la Iglesia católica, que tiene en este país unos 100.000 inmuebles, no paga el IBI en virtud de los Acuerdos de 1979 entre el Estado Español y la Santa Sede. No pagar este impuesto supone para la Iglesia un ahorro de 5 millones de euros anuales. Y este es solo uno de los 172 Concordatos que han sido firmados con naciones soberanas otorgando a la institución del Vaticano privilegios especiales.

La sede del IOR se encuentra dentro del territorio Vaticano, en el Torreón de Nicolás V (antigua cárcel de los estados pontificios) y está protegida por la Guardia Suiza. En el año 2015 y tras cerrar más de 4.000 cuentas comprometedoras en su proceso de “lucha contra la corrupción” la entidad contaba según el resumen público de su estado financiero con otras 33.400 cuentas abiertas, que correspondían a unas 25.000 entidades financieras diferentes.

Una de las cuentas cerradas – abierta a petición de monseñor Donato de Bonis – pertenecía a Giulio Andreotti, siete veces primer ministro de Italia. A través de ella realizó operaciones ilegales con amigos y mecenas políticos por un montante de 60 millones de dólares.

Los clientes del Banco Vaticano (BV a partir de ahora) gozan de una absoluta discreción y sus transacciones son opacas, lo que les permite una autonomía operativa impensable en otros bancos. La ley impide que los teléfonos del Instituto para las Obras de Religión puedan ser pinchados por orden de ningún juez o su sede registrada. Sus 112 empleados – 6 de los cuales dirigen la institución – no pueden ser citados para declarar ni ser interrogados por instancia alguna. Sus operaciones financieras están al margen del control de las agencias reguladoras internacionales. Esta situación de “carta blanca” lo equipara a bancos de paraísos fiscales como Luxemburgo o las Islas Caimán.

El Estado Vaticano no ratificó en 1978 el “Protocolo en Materia Penal de Estrasburgo” y jamás ha firmado un tratado sobre asistencia judicial, como sí han hecho el resto de países europeos. Tampoco adoptó a pesar del intento del Papa Juan Pablo II en 1978, los principios del FATF, un grupo de acción financiera – formado por 34 países – contra el blanqueo de capitales y la financiación del terrorismo.

Son muchos los casos de corrupción que al amparo y a pesar del secretismo que rodea a la entidad han acabado siendo de dominio público. El más mediático sin duda (año 1982) fue el del Banco Ambrosiano, cuyo mayor accionista a través del IOR era el Estado Vaticano. De hecho, el arzobispo Marcinkus se sentaba en el Consejo de Administración de la filial que el banco tenía en las Bahamas.

La auditoría que se realizó durante la investigación destapó deudas millonarias, créditos sin ningún tipo de aval a partidos y a políticos de toda ideología, fraude en los planes de pensiones, manipulación de documentos financieros, fraude fiscal, evasión de capitales, inversiones de alto riesgo sin garantías etc…

En esta trama, digna de la más intrincada novela negra, tuvo un papel relevante Michele Sindona, al que las autoridades norteamericanas investigaban por su relación con la mafia, el tráfico de drogas y el lavado de dinero. Murió envenenado con cianuro cuando estaba en prisión. Roberto Calvi, presidente del Banco Ambrosiano, vinculado con el grupo masón “Propaganda Due” y con el mafioso Umberto Ortolani, fue estrangulado y después ahorcado bajo un puente londinense con 5 ladrillos en los bolsillos, al más puro estilo mafioso. Graziella Corrocher, su secretaria, “se lanzó” unas horas después desde el cuarto piso de la sede central del banco escribiendo antes una sospechosa nota de suicidio. También estuvo involucrado el fascista italiano Licio Gelli, agente de la CIA, masón de la Logia P2, y según muchos investigadores uno de los principales actores de la “Operación Gladio” (operativo clandestino anticomunista organizado por la CIA y la OTAN durante la Guerra Fría).

El Vaticano terminó gastando 258 millones de dólares para eludir toda una avalancha de denuncias judiciales a nivel internacional.

Los escándalos económicos del BV han seguido siendo portada de los periódicos con cierta regularidad.

A principios de 2012 llegó el caso “VatiLeaks”. Una cadena de televisión italiana hizo públicas una serie de cartas firmadas por Carlo María Viganó, ex secretario general del Governatorato de la Ciudad del Vaticano (conjunto de órganos destinados a ejercer el poder ejecutivo). Estaban dirigidas al papa benemérito Benedicto XVI y en ellas lamentaba “las corruptelas y privilegios” que había visto tras asumir el cargo y denunciaba la “corrupción, prevaricación y mala gestión” en la administración vaticana.

Hubo consecuencias. Viganó fue apartado de su cargo y destinado a EEUU como Nuncio (embajador). Ettore Gotti Tedeschi, presidente del BV (que estaba siendo investigado desde 2010 por no ser capaz de justificar a la fiscalía romana la procedencia de 23 millones de euros transferidos a cuentas de otras entidades) fue destituido. En un registro de su casa la policía italiana encontró documentos dirigidos a personas de su círculo más cercano en los que les decía “Si me asesinan, buscad en estas cartas información sobre importantes personajes de la Santa Sede”. Entre otros, se refería mencionándolos a Georg Gänswein, secretario particular de Benedicto XVI y al Cardenal Tarcisio Bertone, Secretario de Estado del Vaticano (cuyo ático cuando se jubiló fue reformado desviando fondos provenientes de la Fundación Niño Jesús, creada para ayudar al hospital pediátrico que gestiona el Vaticano).

Las aguas parecían volver a su cauce, pero en marzo de 2012 la filial italiana del banco norteamericano JP Morgan canceló la cuenta Nº 1365 cuyo titular era el BV por sospechar que estaba siendo utilizada para el blanqueo de dinero. Ese mismo mes el Departamento de Estado de EUU incluyó en su Informe anual sobre la Estrategia Internacional de Control de Narcóticos, a la Santa Sede junto a países como Honduras y Siria, mencionándola como una “jurisdicción de preocupación” para el blanqueo de dinero negro.

En enero de 2013, por recomendación de Moneyval (Comité de expertos en la evaluación de medidas contra el lavado de dinero y la financiación del terrorismo) el Banco Central de Italia bloqueó el uso de tarjetas de crédito dentro del Vaticano.

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Tras la detención el 28 de junio del prelado Nunzio Scarano, acusado de fraude y corrupción por blanqueo de dinero en un caso de donaciones con cheques por un total de 580.000 €, el director general del IOR, Paolo Cipriani, y el vicedirector, Massimo Tulli, dimiten el día 1 de julio.

Unos días más tarde, este mismo organismo señaló en un informe que el Vaticano incumplía en 7 de 16 áreas consideradas esenciales, los requisitos básicos para la lucha contra el blanqueo de capitales. Afortunadamente, esta situación se está revirtiendo y actualmente Moneyval, aunque pide resultados de las investigaciones y condenas alaba las mejoras anti lavado del Vaticano.

A pesar de ello, en diciembre de 2015 el portavoz de la santa Sede Federico Lombardi confirmó a través de una nota de prensa el descubrimiento en el BV de varios cientos de millones de euros no contabilizados hasta esa fecha y cuyo origen se desconoce. Lo hizo al hilo de unas declaraciones realizadas en un programa de televisión por el cardenal George Pell, responsable de Economía en el Vaticano e involucrado con casos de pederastia, en las que sacaba a la luz esta información.

El IOR es por su naturaleza un banco peculiar y debería tratar de ser ejemplar por ser el banco de la Iglesia Católica. Una institución que posee alrededor de 8.000 millones de dólares en activos y cuyos fines espirituales deberían, guardando el equilibrio preciso, primar sobre las consideraciones materiales.

Jesús, que ya expulsó a los mercaderes del templo en una ocasión, dijo a sus discípulos (Evangelio según San Mateo):

No acumulen para sí tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido destruyen, y donde los ladrones se meten a robar. Más bien, acumulen para sí tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el óxido carcomen, ni los ladrones se meten a robar. Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón.

Es obvio que los dirigentes del Banco Vaticano no están a la altura, pero dada la complejidad financiera del entramado económico ¿existe una solución? Mientras, a costa de muchos y para beneficio de pocos, el negocio sigue funcionando.

Fernando Nieto

 

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