Cuando la edad no pesa en absoluto

Natalia Lema Otero

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Leía por estos días de niebla empedernida “Memoria de mis putas tristes” del magnífico García Márquez. Sin poder evitarlo mientras la lectura transcurría con parsimonia fui reflexionando sobre varios temas. Uno de ellos fue la edad. En la sociedad en la que vivimos los cánones son sencillos: o eres viejo o eres joven, esa es la clasificación general. No obstante dicen los transgresores, aquellos que no se quedan en los fijados tópicos, que la edad se siente, no se tiene. Y quizás ahí reside nuestro error. Alzamos la voz muchas veces a la ligera para juzgar a aquellos que pese a su edad tardía buscan el amor.

El libro del que les hablo de manera tan escueta, versa sobre ello. El protagonista a la edad de noventa años empieza a recordar en un flashback sus años. Es entonces cuando descubre el peso de no haber amado con rotundidad y del esconderse vagamente en la comodidad que le proporcionaban las prostitutas. Y es ahí el quid de la cuestión. A sus noventa años, este sujeto no era el asexual y sedentario anciano en el que pensamos cuando imaginamos la vejez. Este individuo amó a esa edad y en ese corto lapsus de tiempo vivió más que en sus nueve décadas.

Ese es el paradigma del ser humano. Nos imponemos límites y fronteras ilusas que nos acortan la edad. Los sentimientos, los pensamientos y las ideologías no tienen edades. Hay viejos con mentalidad joven y jóvenes con ideas de sabiduría propias de la vejez.

Y sinceramente no había otro autor mejor que Gabriel García Márquez para evocar este asunto. Si algo caracterizó al colombiano en vida fue no tener ni prejuicios ni tapujos. Murió el hombre pero no el escritor en el 2014 y nos dejó una pretenciosa herencia: sus libros. Catalogado como la figura máxima de la literatura hispanoamericana tenía la hermosa cualidad de hacer reflexionar en los errores y las proezas de la Humanidad.

Y no todos son personajes masculinos, el Gabo nos habla de la niña, con la que conocemos los entresijos de la cruel prostitución, arraigada por desgracia en España también de una manera tan normalizada que asusta. En el blog literario Regina Irae dice que no hace justicia este libro a sus grandes realizaciones de antaño. Me disculparán pero discrepo. Como dicen algunos esta obra era el último adiós de Gabriel a sus lectores y está a la altura con creces.

Por todo ello “Memoria de mis putas tristes” no es la soledad ni la premonición de fatídicos finales, es la nostalgia de ayer combinada con los nuevos comienzos.

Natalia Lema Otero – Más artículos de Natalia

 

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