Entre el Bien y el Mal. En tierra de nadie

Inmaculada Latorre Hernández

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Eran otros tiempos en otras latitudes con otras mentes cavilando los avatares del momento pero se respiraba la misma carga de incertidumbre que merodea en nuestros días quitándonos el sueño y hasta la esperanza en la raza humana como poseedora de alguna mente que pueda pensar con ese arte de razonar lo que se medita hasta el punto de llegar a alguna solución, sino óptima para todos, al menos razonable y coherente con el lema de un futuro mejor lleno de esperanza.

En el pasado medieval la trama del drama social estaba enredada entre causas que contraponían intereses entre personajes de sangre real, descendientes bastardos, princesas aspirantes a reinas y esas promesas matrimoniales aptas para cualquier tratado que sacrificara toda pasión carnal en aras de unir las herencias al trono real. Y entre tanto entresijo de intereses los poderes también andaban contrapuestos y mezclados.

El señor medieval no era nadie sin la custodia de un terreno que le rindiera vasallaje con las vidas de sus gentes, y esas gentes, estaban abocadas a extinguirse sin un señor que las defendiera, y así, con esta idea del apoyo mutuo, del hoy por ti y mañana por mí, se fraguaba la necesidad de unión entre señoríos que rindieran pleitesía a un rey, defensor implacable de todos y fiel vencedor ante las múltiples guerras y reyertas que se sucedían con el acontecer cotidiano. La dramática inmundicia en la convivencia social de esos momentos de la historia medieval llegó a tal punto que se fijó el año 1000 como tiempo límite de la existencia de la especie humana. Cumplida esa fecha, los vaticinios apocalípticos habían dictado la sentencia de que el mundo desaparecería o bien con todos sus pecados tragados por las llamas del infierno o sucumbiendo bajo las aguas que inundarían toda la barbarie que el hombre había sembrado de generación en generación.

La desdicha no se cumplió, pues muestra de ello es cómo siguen nuestras generaciones tomando el relevo, pero la saga del bien y del mal, tal como la cuentan muchos autores en sus libros del pasado, continúa. La Biblia con Caín y Abel, parte el mundo en dos especies humanas, los buenos y malos, que se irán reproduciendo de generación en generación, según su especie, hasta llegar a no tener cabida ambas en el mismo mundo y es cuando San Agustín escribe su libro “La ciudad de Dios” donde divide a ambas razas pues las cree tan diferentes que deben de estar separadas para que los malos no terminen aniquilando a los buenos. El periplo de esta historia se va ratificando con las guerras que se suceden a lo largo de los siglos desde las invasiones bárbaras hasta la Primera Guerra Mundial, luego la segunda (el periodo de entreguerras se puede contar como otra guerra fría disimulada con descaro por la sociedad de entonces) y en el tiempo más cercano a nosotros, qué les puedo contar que no conozcan en vivo y en directo…

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Imagen: Banksy

Razas o especies, mundos del bien y del mal, motivos varios por los que el hombre ya era así o llegó a ser así, son hipótesis que confunden más que aclaran la solución al problema de la convivencia. Soy partidaria de buscar esa causa del bien y del mal, más que fuera de nosotros o nuestro entorno, dentro de nosotros, en nuestro interior. Recuerdo los dibujos animados que ilustraban muy bien esa causa interior que todos tenemos cuando el gato Jinks intentaba comerse a los ratoncitos Pixie y Dixie y dos minúsculos personajillos aparecían sobre sus hombros, uno en forma de ángel susurrándole clemencia para los inocentes ratoncitos y otro en forma de diablillo pidiéndole que se los comiera de una vez. La moraleja de todo esto… el hombre ni bueno ni malo. El hombre libre para decidir si elige ir hacia el bien o hacia el mal y después de esa elección que uno cargue justamente con sus consecuencias y no nos eche la culpa a los demás o a las circunstancias, eso puede ser un atenuante o agravante a su acción pero con eso nunca justificará sus intenciones y elecciones porque es un ser LIBRE y decidió algo que fue la causa de esos efectos que luego se arrepiente quejándose amargamente y buscando culpables que le den a él la impunidad. Lo más difícil todavía del asunto y la clave de todo esto: discernir dónde está ese bien o ese mal… eso lo dejamos para los próximos capítulos.

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