The Last Dinasour: Adiós a mis antiguos barrios, adiós (Parte II)

Jaime Morillo Caraballo

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… continuación de The Last Dinasour: Adiós a mis antiguos barrios, adiós.

Era un época vibrante pero aún llena de valores y colores, en donde los niños aún esperábamos que nuestros abuelos o abuelas nos dieran una moneda furtivamente por hacerles un recado o acompañarles a hacer los mandados, la cual guardábamos celosamente para intentar hacer esa partida perfecta la cual nunca llegaba. En Jerez hubo dos salas de árcades muy famosas, la del Cobrero y la de la calle Porvera, ambas tenían su encanto y su fauna, mientras que el Cobreros tenía maquinas más modernas y mejores paintball, la de la Porvera tenía un regusto a años 80, a neón, a cuero y a humo de tabaco que me encandilaban pues entre sus cuatro paredes llenas de fotos de futbolistas e imágenes eróticas de Luis Royo me sentía mayor, o eso creía. En la puerta siempre se podía ver a su dueño, un hombre de aspecto desagradable con cara de colaboracionista alemán que siempre estaba fumando un puro entre las bicicletas y vespinos aparcados de sus clientes, los cuales se gastaban esas antiguas y deslustradas monedas de 25 pesetas entre tubos de cerveza los mas adultos y coca colas los más jóvenes.

En esos tiempos las discotecas habrían a las doce como muy tarde, aun no había llegado la absurda moda de abrir a las dos o tres de la mañana, los horarios como la lógica natural prevalecían y era curiosa la procesión de jóvenes que recorrían las calles a partir de las once para ir a cenar y tomarse sus primeras cervezas, en esos tiempos aun no existían los Telepizza, ni los McDonald, ni ninguna de esas americanadas. Era la época de las pollerías y los negocios particulares como el pollo dorado, el manila, el jeni o la pizzería Verona. Muchos de ellos aún existen y es de agradecer para la memoria ver a ciertas horas de la noche a un chaval en los bancos de una plaza cualquiera comerse un menú joven de una pollería cercana, cogiendo fuerza para una larga noche, como lo hacía su padre en ese mismo lugar, tal vez, hace unos 20 años. También estaban los chinos pero eso aún era un reto para los más audaces, ir a un chino implicaba romper algunas convicciones psicosociales pues durante mucho tiempo nuestras abuelas nos contaban extrañas historias de que ahí se comían ranas, pescado crudo y que una niña de un vecino había ido a comer y a la mañana siguiente había muerto o la habían secuestrado, ese final dependía de quien te contara la historia.

Pues como es lógico, eran tiempos de historias, de leyendas urbanas, de cuentos que se contaban en los patios de colegio o en una esquina de un polideportivo o debajo de una farola de una plaza en una fría noche de invierno. Los cuales creíamos como veraces y trasmitíamos a conocidos y extraños añadiendo a su vez matices y aspectos que engordaban la tradición de cada barrio. Las cuales estaban también ligadas a las modas, cada año había una moda diferente, los hulla –hop, las peonzas, los tirachinas, la mano loca, los coches teledirigidos…- las cuales duraban casi siempre muy poco aunque cada una de ellas siempre dejaba un rastro residual en el barrio. Me acuerdo de otro momento mágico, cuando una marca de bollería sacó unas pegatinas fosforescentes, entonces sin saber por qué en un extraño y estrecho callejón sin iluminación todos los niños de varios barrios fueron pegándolas en fila; me acuerdo que cuando caía al sol pedías ver cómo ese pasillo adquirió un aspecto fantasmagórico debido a las cientos de pegatinas que creaban un efecto misterioso y evocador, cada día que pasaba más pegatinas se sumaban y los niños jugaban por la noche a recorrelo corriendo entre risas y espavientos hasta que un día, una de esas vecinas, una de esas horribles mujeres que te pinchaban la pelota y te arrojaba meados de sus gatos cuando tú estabas debajo de su portal llamó al ayuntamiento y a los pocos días unos operarios del servicio de limpieza con unas mangueras a presión arrancaron todas las pegatinas. Y es que el mundo estaba cambiando pero no a ese futuro que tanto anhelábamos, pero aun así había tiempo para poder seguir soñando.

Y los cambios llegaron, en los barrios aparecieron los primeros videoclub y tiendas de todo a 100, en los primeros los niños más listos buscaban la zona de adultos y cuando no había nadie y el encargado no miraba se metían detrás de la cortina para ver las carátulas de películas con títulos tan sugerentes como monjas mojadas, erecciones brutales 5 o chico de campo busca mujer anal. Siempre había en la puerta de un videoclub un chaval de 18 años que por 100 pesetas te alquilaba una de adultos o en su caso un primo o el hermano mayor de un amigo, el cual si le invitabas a una cerveza te dejaba verla en su casa. Me acuerdo que mi primer acercamiento a lo que era el sexo real, no a la mierda que te intentaban enseñar en los libros de esa época, fue en la casa de un amigo viendo una película porno de romanos entre coca colas y gusanitos. Otro truco que solo podías aprender en la calle para pillar porno era aprovechar las horas puntas de los videoclub y mientras en el mostrador se acumulaba la gente te ponías al lado de un señor mayor y cogías tres películas, una de dibujos, una normal y una porno y ponías el carnet y el dinero encima, si el encargado estaba ocupado ni miraba el carnet pensaba que era un padre y su hijo y ponía las películas en una bolsa, en ese momento cuando la dejaba debías cogerlas muy rápido y salir corriendo. Sino lo único que pasaba es que dependiendo del carácter del dependiente te dijeran que no o en el peor de los casos llamaran a tus padres. En esa época ésta era la única maldad que podrías encontrar en la chavalería común, la navaja en la sombra, el bullying y todas esas mierdas eran cosas que aún no habíamos oído.

Y qué podemos decir de las primeras tiendas de todo a 100, en ellas podrías encontrar las primeras réplicas baratas de Robocop y sobre todo muchos ninjas y robots, de todas clases y colores. Eran sitios en donde te podrías encontrar desde un machete hasta un cenicero que era un ataúd. Era mi sitio para buscar regalos para días como el de la madre o el santo de alguien. En Jerez hubo una calle con mas 10 negocios uno al lado de otro, incluso se llegó a crear un ruta de los todos a 100 que las sufridas amas de casa recorrían buscando esas medias, ese jarrón o ese taper que tanto necesitaban. Aún no creíamos que los chinos vendrían a devorar como un dragón hambriento parte de nuestro tejido empresarial, como ya he dicho las cosas malvadas que destruirían este futuro perfecto que tanto anhelamos se veían lejanas, empequeñecidas por el prisma de nuestra ignorancia, inocencia y nuestra incapacidad de combatirlo por una bondad que en el fondo no trajo nada bueno y ahora al echar la vista atrás solo quedan escombros de este pasado mágico y maravilloso pues después de toda esa calma nos llegó nuestra tormenta, nuestro despertar.

El primer trueno fue y es la imagen de un avión estrellándose en una de las torres gemelas, allí, en ese 11S nuestra generación perdió la verdadera inocencia y empezó un camino a ese amargo despertar del cual jamás nos recuperamos ni como personas, ni como sociedad, los tiempos oscuros empezaron ahí. Más tarde vino la Europa de la fronteras abiertas, de la deslocalización y del euro, de cómo nos engañaron y mintieron, de cómo cambiaron nuestras preciadas pesetas por los malditos euros con la promesa de que nada cambiaría, sin embargo no pasaron ni tres años y todo lo que valía 100 pesetas se puso a un euro y desde ese momento todo ha subido. Después de eso la aparición de centros comerciales y de cómo las calles se quedaron vacías de negocios, una era en donde los barrios y su gente han perdido su identidad llevándonos al largo camino de la fealdad y fracaso, en donde la buena gente fue desapareciendo o peor fue cambiando hasta que solo quedaron los salvajes y los atemorizados. Y ahora muchos de esos hombres que recorrieron esas calles se ven recorriendo la avenida de los sueños rotos preguntándose el porqué de tanta desdicha, el porqué de tanta miseria, el porqué de tanta injusticia viendo que toda la esperanza que tenían ha sido vendida por un móvil, una tableta o un ordenador que lo único que hace es alejarte más aún de la realidad. Ya para finalizar, el mundo, como los barrios, se ha vuelto extraño y amenazador.

Y ahora yo, como peregrino eterno aún recorro sus antiguas calles, sus plazas, sus callejones, sus negocios, mirando a los ojos a su gente, buscando con anhelo y esperanza, ese lugar, ese momento que me devuelva a esa época y a ser el hombre que una vez fui. Así que si un día van a Icovesa y ven que un hombre de extraño comportamiento, tal vez demasiado humano para ser cierto, y éste les saluda amablemente, como si les conociera de toda la vida, hagan el favor de devolverle el saludo y recen por él, aunque no crean, simplemente recen, recen por todos nosotros.

Jaime Morillo Caraballo

 

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