Las Chicas Gilmore

María Díaz Moreno

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Diez años después del capítulo final de Las chicas Gilmore, Netflix estrena 4 episodios especiales que el fandom ha devorado, en parte por la paciencia que lo caracteriza (no todos los públicos son capaces de seguir una serie de 7 temporadas de 22 capítulos) y por la creciente gentrificación de la serie. Hace solo unos años Las chicas Gilmore era una “serie para chicas”, a pesar de pertenecer a la muy digna TCW, antigua TWD, el canal de los adolescentes con criterio y hogar de series como Buffy o la más reciente Crazy ex-girlfriend. Aunque la cadena tiene cierta tendencia al culebrón sentimental, como Everwood o Dawson crece, también es cierto que alimenta los argumentos de sus producciones con los conflictos propios del paso a la edad adulta consiguiendo resultados más que decentes en todos los ejemplos planteados. Sin ir más lejos, la mayoría de tramas de Las chicas Gilmore están marcadas por las relaciones sentimentales de las protagonistas. El pistoletazo de salida de la serie es, entre otras circunstancias como la admisión de Rory en Chilton, la entrada de la joven en la edad en la que puede tener “intereses románticos”.

La nueva temporada de la serie se envuelve en un aura de prestigio a causa del crecimiento de su público objetivo que ahora se puede permitir pagar por una plataforma como Netfilx, verdadero agente gentrificador de la serie y, en mi opinión, un obstáculo en la búsqueda del tono correcto. El aumento de presupuesto y el nuevo formato, 4 capítulos de hora y media que repasan a través de las estaciones el año de la familia, parecen ser responsables de dudosas decisiones de dirección, como la extravagante secuencia en la que reaparece la petardísima Brigada de la vida y la muerte. La serie muestra severas incongruencias al romantizar el modo de vida de estos adultos ricachones que se niegan a crecer solo porque pueden y, al mismo tiempo, mostrar con cierta crudeza las consecuencias que acarrea esta filosofía en la desastrosa Rory.

Porque uno de los puntos fuertes de esta temporada es el desarrollo del carácter impulsivo de Rory y cómo éste ha marcado su vida adulta, totalmente desestructurada. Para los espectadores menos atentos habrá sido un choque comprobar que Rory ya no es la perfecta niña estudiosa que se alimenta de pizza y libros. Sin embargo, todas las pautas de conducta perniciosas que han llevado a Rory a encontrarse perdida con 32 años ya se habían planteado con sutileza y maestría en las antiguas temporadas y es uno de los temas más interesantes de la serie. La niña prodigio crece bajo el amparo de todo un pueblo que lo único que hace es decirle qué inteligente es y qué buen cutis tiene y cuando la muchacha se tiene que enfrentar al deseo sexual, la lucha de clases o el mundo laboral, la nena no tiene ni idea de qué hacer. Es satisfactorio comprobar cómo personajes que han crecido sin arraigo o amor por parte de los adultos, como Paris o Jess, han sabido tener una vida plena, precisamente porque conocían desde niños la naturaleza de la adversidad.

Lorelai es harina de otro costal. Aburguesada a un nivel que a ella misma le costaría reconocer, Lorelai alcanza cierta estabilidad económica y emocional mientras arrastra, de manera pesada y casi ridícula para su edad, traumas familiares y un concepto de la amistad algo adolescente. Superada la búsqueda de pareja y sus problemáticos inicios económicos, Loreai se entrega sin culpa alguna a los patéticos conflictos de la clase media a través de medios aún más burgueses, como la terapia familiar o la incomunicación emocional. Sin embargo, se puede apreciar cómo ha madurado a través de sus intentos de mejorar como persona, una intención nunca antes vista en la serie ni en ella ni en su hija, cuando sus defectos siempre fueron justificados por su ingenio y encanto personal. El personaje mimado de esta temporada es Emily, que se reafirma y encuentra después de décadas de impostura social.

Quedan para el recuerdo la aparición del verdadero Paul Anka, “Stars Hollow: El Musical” (que yo vería encanta) y un final no tan abierto como pudiera parecer en un primer momento. Un círculo generacional cerrado, tanto el de los Gilmore, como saga y familia monoparental, como el de los seguidores de la serie.

María Díaz Moreno

 

Un comentario

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