Navidad romántica en París

Inmaculada Latorre Hernández

 

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Era una postal navideña, pues se veía cómo nevaba copiosamente sobre los adornos de guirnaldas del escaparate, y la muchacha de la postal se resguardaba del frío entre la solapa del traje de su amado con un gesto dulce y en el fondo de la postal, en la lejanía más inmediata, aparecía el río Sena como un escenario de dos enamorados acurrucados bajo el farol de la calle que iluminaba el momento con una luz especial traducida en un punto amarillento sobre el centro del papel sucio y desgastado de lo que en tiempos pudo ser una fotografía. Hoy aquella fotografía se vendía como una postal con una imagen algo gastada pero todavía visible para colgar con gracia de aquel tenderete del kiosco que los parisinos llaman el bouquiniste. Me acerqué más al puesto de libros y comprobé que la postal parecía una reliquia de esas que merece la pena comprar para llevarla como souvenir y ese era un buen momento en mi vida para hacerme con un recuerdo así que inmortalizara mi navidad romántica en París. La postal era muy antigua, de eso no había duda, pero había algo en ella que me resultaba tan cercano como si fuera una instantánea de ese mismo lugar tomada a esa misma hora, en un momento tan mágico como el que contemplaba.

Que agradable se hacía pasear por el Sena a través de esos pequeños kioscos de vendedores de libros de segunda mano. En mi guía de viajes leía que los bouquinistes aparecieron en el siglo XVII en el Pont Neuf de París y pronto contaron con más de doscientos puestos situados en la Rive Droite y la Rive Gauche, dispuestos como una tradicional comparsa de pequeñas cajas verdes que rodean el Sena por ambos lados y cuya impronta forma parte del paisaje urbano parisino muy reconocido por los propios del lugar y admirado por los turistas que lo conocen por primera vez. Esos tenderetes de libros antiguos están expuestos al público que aprovecha el paseo de la tarde para tomar la senda que bordea el río. Allí se comparte a la vez el espacio y la afición con los turistas, con los amantes de la lectura, con los coleccionistas de libros antiguos, con las parejas de enamorados que siempre tiene París. Los bouquinistes exhiben los libros viejos que encuadran historias de antiguos dueños posando sus gastadas tapas sobre finas estanterías, a modo de cajoneras armadas en pequeños estantes que cuelgan en equilibrio perfecto sobre una pétrea barandilla que flanquea el río Sena. Pasear a su lado abre nuestra imaginación hasta trasformar el paseo en aventura. Entre estampas de ilustraciones que anunciaban actuaciones de teatro, grandes festejos del pasado o acontecimientos dignos de recordar, uno se va impregnando de algo más que imágenes sobre carteles, libros, folletos y postales. A cada imagen aflora un pensamiento, una leve meditación de lo que pudo acontecer en ese París de antaño cargado de fábula y de leyenda, de vidas por vivir, de ilusiones cuarteadas entre lo que pudo haber sido y no fue, entre las quimeras que cimentaron esas mentes y la dura realidad que les impuso la vida, entre risas y lágrimas que se agolparon allí, en esos pocos metros cuadrados en que subió el telón y los aplausos sonaron rotundos hasta extinguirse en un eco lejano entre candilejas tan vacías como los pequeños recovecos por donde se escapa la vida que no se supo vivir. La vida en rosa cantada por la desgarrada voz de Marlene Dietrich a son de un tango o en la coreografía de un cancán que terminó en pasodoble redoblando su paso ante el caché de un chotis bien bailado. Belleza y glamour por todos los píxeles convertidos en tinta de imagen que imprimieron esos carteles mientras, a mí alrededor, se cruzan las miradas transeúntes de la gente, retumba el murmullo de las escenas del tenderete al compás de nuestros pasos. Alzo mis ojos buscando otro rincón de aquel cajón de libros donde reubicar la vista para volver a soñar y allí, como telón de fondo de nuestra postal, el Sena, el impasible e inmortal Sena, el testigo ocioso de esos pasados que imaginamos, de estos presentes que vivimos y un hilo de voz clama desde sus aguas al paso de un barco mientras escucho un sutil susurro que me dice:

Mira esa balda vacía del estante, está guardada para ti. Ahí irá la postal que inmortalizará tu momento“.

Observo las caras de la gente a mí alrededor y mis ojos sólo atrapan miradas cómplices que también lo saben, sonrisas que parecen asentir que así será. Agito el guante contra mi cara para despertar del sueño y miro el cielo parisino que se abre sobre mí como un rompimiento de gloria con esa tenue luz que pintaba De la Tour iluminándolo todo desde un fino haz rosado saliendo del rostro. Tras unos instantes, levitando ese momento, todo se inunda de calma. El tumulto de la gente se plasma en una imagen que penetra en mi mente con la impasible atmósfera de un cuadro de Poussín. Me rozas la mano con tu dedo y yo reconozco ese gesto con el que siempre me preguntas “nos vamos”. Me acerco a ti y me resguardo del frío entre la solapa de tu traje con un gesto dulce y en el fondo del paseo, en la lejanía más inmediata, el Sena. Miro por última vez el estante vacío y ya no hay huecos en ninguna balda, tan sólo el Sena, el impasible e inmortal Sena, el testigo ocioso de esos pasados que imaginé, de ese presente que vivimos y del futuro que ya esta ahí.

Inmaculada Latorre Hernández – Más artículos de Inmaculada

 

Un comentario

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