El arte de crear en el metro

Inmaculada Latorre Hernández

El arte de crear en el metro

El arte de crear es el arte de saber capturar una idea a tiempo entre ese instante del pensamiento que suscita una imagen y ese momento donde el intelecto la desarrolla y es entonces cuando surge la acción. La mano del artista toma el utensilio más afín a su destreza y sobre la materia elegida da vida a lo pensado y es ahí donde comienza el espectáculo de lo nunca visto, lo impactante de la mente humana cuando antes de ella era tan solo el caos y luego se hizo la luz, se ordenaron las ideas y algo surgió como de repente, algo que cobra vida entre la materia y la técnica que eligió el artita para expresar su arte.

En el arte de crear, las formas del pensamiento se convierten en una imagen tangible a la vista, algo se va creando, se va transmitiendo, se va diluyendo desde la imaginación hacia la realidad y el que es digno de contemplar ese proceso creativo se lleva con esa experiencia un regalo divino de tal calibre como es el contemplar la obra de un creador allí mismo, en vivo y en directo, sin más intermediarios, captando con todo detalle cómo crea un artista su obra en plena vorágine del fluir de su genio artístico, cuando las Parcas griegas han ido a visitarlo y llamando a la puerta de su ingenio éste la abre y contesta con un “aquí esta el artista, dispuesto a transformar vuestra inspiración en acción creadora”.

Es en el arte de crear donde el artista encuentra esos pequeños momentos estelares que resucitan un alma de la normalidad de la vida y la devuelven al mundo encantado de los cinco sentidos para ponerlos a disposición de admirar lo creado.

El arte de crear puede surgir en los sitios más insospechados, yo lo descubrí en el metro de Madrid. Fue en un día tortuosamente cansado y desalentador entre el cambio de anden y la ajetreada rutina de la vida, entre pasos y contrapasos que remarcan un mismo sendero por donde discurre la semana con los quehaceres cotidianos marcando obligaciones, con las meditaciones de horarios que encajen las listas de cosas por hacer, con la perspectiva del tiempo rescatada de mí agenda y recompuesta ante los nuevos imprevistos surgidos en cada comienzo de un nuevo día de la semana, con el sin fin de minutos de espera agolpados en el trayecto que separan las acciones del día, dilapidando mi paciencia. Exhausta y casi sin aliento, tras un sprint de atleta para coger ese metro que se iba, llegué al último vagón y en un salto, casi de contorsionista, me colé por el estrecho hueco que quedaba en la puerta que se cerraba, y allí estaba él.

El arte de crear estaba sentado entre el tumulto de la gente que comprimía el vagón, con escasos centímetros donde maniobrar sus destrezas y reencarnado en ese muchacho que dibujaba sin parar. Javier, el muchacho de aquel vagón, me llamó enseguida la atención, estaba como poseído en su tarea, libreta en una mano, portaminas de profesional en la otra, sentado en la última fila de una hilera de asientos, apoyaba a duras penas su libreta sobre la barra vertical que delimitaba su espacio mientras garabateaba las hojas a base de ralladuras de lápiz con movimientos rítmicos, acompasados con las leves y repentinas miradas furtivas que lanzaba de cuando en cuando a la muchacha que tenía en frente. Algo le pasaba a ese muchacho, era evidente. Miré a mi alrededor y presencié el mismo panorama de todos los días, posturas adaptadas al mínimo movimiento, miradas huidizas, perdidas o cabizbajas, caras de cansancio, algún gesto de atención en la lectura de un libro, alguna conversación entre amigos, pero lo de Javier, era diferente. Su atención era impoluta para estar atento tan sólo a sus actos y, como si resto del vagón hubiera desaparecido por encanto, su mirada iba desbocada, rauda y veloz entre la muchacha sentada en frente y su libreta. Algo en mi pensamiento sonaba a que esa escena tenía que ver con el arte de crear. Un sitio a su lado quedó libre y me abalancé hacia él para descubrir qué pasaba. Cuando me senté lo comprendí todo. Javier Castro era un artista y ese era su momento de crear. Podía sentir la presencia de las Parcas allí mismo a mi lado. Junto a ese asiento donde él estaba sentado algo fluía en el ambiente y lo llenaba de una magia especial. Me quedé observando lo que dibujaba y estaba esbozando retratos de todos los rostros que podía secuestrar como modelos para su ensimismada tarea de ilustrar poses, gestos y movimientos de personajes al azar, de personas que él mismo elegía y convertía en musas de su inspiración sin levantar la mínima sospecha ante ellas, sin reparar en nada más allá que el momento álgido de su mimesis ante cualquier rostro humano que pudiera darle lo que tanto ansía un artista, esa inspiración para el arte de crear. Y una vez la inspiración entraba en él, o salía de él, su mano comenzaba a dar pequeños giros de muñeca y el portaminas que sus dedos mantenían en tensión corría sobre unas líneas cortas creadas a base de retoques y marcas sobre marcas acompasando la composición del dibujo con un frenesí creativo a la gracia y a la “maniera” de Vasari, en clave de “imitazione” y al modo del lenguaje que usaban los artistas manieristas cuando copiaban las escayolas de esculturas griegas en las primeras academias de Bellas artes.

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Antes muerta que callada ante tanta gracia y destreza divina, ante el arte de crear que contemplaba, y disfrutando del momento tanto o más que el propio artista que veía ante mí, comencé a preguntarle a Javier sobre su arte y su momento y él me explicó por qué hacía eso. Para él, me dijo, era sencillo crear así, entre vagones y a ritmo de andenes, y por eso el metro era ideal para ello. Lo hacía porque le gustaba el retrato, evidentemente, la caricatura, el mundillo en general y en el metro estaban los mejores modelos del mundo y pese a que los dibujaba muy rápido le satisfacía mucho dibujar de aquella manera, tanto como los resultados. Me confesó que además era una manera de pasar el tiempo evitando la rutina de ir mirando un móvil como un autómata aunque las personas encandiladas con sus móviles eran sus mejores víctimas como modelos a retratar, las que más quietecitas se estaban y mejor se les podía observar, pues a Javier, dotado de esa impronta de sensibilidad a flor de piel que tiene todo artista, no le salían bien sus dibujos cuando alguien descubría que estaba siendo retratado. Sus palabras se clavaban en mis pensamientos y entonces ya no veía a Javier sino que era Daumier, quien me hablaba de el arte de crear ante esas caricaturas de rostros con facciones desproporcionadas al azar, improvisando lo absurdo y ridículo de la realidad como suele ser habitual en el exquisito humor irónico del estilo francés.

Javier se levantó del asiento del vagón y me dijo que se apeaba en la próxima parada. Nos despedimos y yo le prometí que contaría el arte de crear tal como él me lo había mostrado y es eso lo que hago a través de este relato. ¿Por qué lo hago? Porque el arte de crear, en cualquier dimensión donde se presente, es digno de contarlo, de admirarlo y de vivirlo. Con este gesto inmortalizo también ese momento estelar de un artista cuando entra en su trance y el arte de crear sale a borbotones por todos los confines de su mente y su cuerpo toma la iniciativa de expresar lo que lleva dentro y así, ese momento estelar que surgió una vez ante mí, puede seguir surgiendo y llegando a todos los que no lo contemplaron, in situ, pero que son capaces de sentirlo a través de este relato (totalmente verídico) y es así como el arte de crear siempre estará vivo entre esas mentes que saben encontrarlo y esos artistas que saben trasmitirlo a través de sus pequeños “Carpe Diem creativos” donde por un momento se trasforma lo cotidiano en el arte de crear de la manera más improvisada y en el lugar menos imaginado para ello.

Inmaculada Latorre Hernández – Más artículos de Inmaculada

 

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