Life on Mars? O un Hombre absurda y terriblemente desesperado en Navidad

Jaime Morillo Caraballo

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“La libertad es el derecho de decir a la gente aquello que no quiere oír”. George Orwell.

Extraño territorio, extraños tiempos y extraños acontecimientos son los que nos han tocado vivir. Era Navidad y me hallaba delante de otra duda existencial cuya circunstancias derivaban del repentino encuentro de cinco euros en el portal de piso de mi escalera, mi primer impulso fue el devolverlos, poner un cartel o algo así para avisar al que lo hubiera perdido, pero tras pensarlo un momento me pudo la necesidad y el pensamiento de que la vida me había quitado ya demasiadas cosas a día de hoy y tal vez, solo tal vez, ya era hora de que me devolviera algo, aunque fueran cinco euros y que esta vez fueran los demás los que se jodieran.

Además también cabía la posibilidad de que el destino abusara de mi buena voluntad y que tras poner ese cartel viniera un cara o un listo a reclamármelo, para que después en un giro de los acontecimientos apareciera su verdadero dueño y así lo que a primera vista solo era un simple problema de pérdida, derivara en hurto, latrocinio, malas palabras incluida la sodomía verbal y posibles problemas en un futuro que ya de por si era bastante oscuro, así que la única conclusión era callarme y seguir a adelante. La confianza es un bien escaso en estos tiempos y más entre animales bípedos.

Salí a la calle, al frío del invierno. La conciencia aún me tentaba con la santidad y me martilleaba desde dentro mientras me acercaba al centro comercial. Mi objetivo era simple, un plan sin fisuras, gastarlo en alimento de primera necesidad, sin embargo las luces, el oropel y la música de estas cercanas fiestas distrajeron mi sensatez y pensé por unos momentos que tal vez todo esto era un regalo de Navidad y que a lo mejor ya era hora de comprarme un nuevo libro.

Sin embargo poco a poco todas las sensaciones de culpa, esperanza y contenida alegría fueron siendo remplazadas por un agobio y aprensión al encontrarme de frente con la manada consumista la cual, como una gran ola, barría el centro comercial. Y allí, para asombro mío, entre todo ese gentío había decenas de personas que destacaban singularmente, éstas llevaban chaquetas, abrigos, sombreros y gafas de sol sacadas de la revistas de moda aunque esto no era lo que les hacía especiales, eran criaturas extrañas, brillantes a la más simple observación, las cuales te dabas cuenta al momento de que no pertenecían a este momento, pues el rasgo más distintivo eran sus caras, en sus caras tenían la firme expresión de haber escapado de la opresión cotidiana de existir en esta realidad. Daban la firme sensación de que nunca habían sido víctimas de estos tiempos y que nunca lo serían y aunque yo por mi aspecto taciturno y encorvado por el peso de la vida no existía para ellos, durante un instante quería y sentía la fuerte necesidad de huir pues yo sabía que no pertenecía a su mundo, pero también tenía la necesidad de observarlos, mirar sus gestos, sentir esas extrañas vibraciones que emanaban mientras paseaban al lado de gente que por sus caras, miradas marchitas y grises, eran más afines a mí.

Así que mientras más los observaba en mi cabeza surgió la necesidad de entender el secreto de su éxito, el porqué de su estatus y sus maravillosas posibilidades vitales, qué misterioso pacto con el diablo habrían hecho para llegar a ese estado, o solo era suerte, ¿casualidad o circunstancias? ¿Qué opinaría Darwin o Freud de todo esto? Sin embargo la fuerte sensación de diferencia en la que me hallaba sumido me hacía sentir que si tocaba algunos solo con la punta de mis dedos haría que mi suerte cambiara y tal vez me convertiría en uno de ellos, feliz y pleno, e incluso tal vez pudiera reclamar mi tierra prometida. En fin, pensamientos necios de un hombre absurdamente y terriblemente desesperado en Navidad.

Oh y créanme si les digo que estas personas existen, usted debe conocer alguna o por lo menos haberla visto, estas son las mismas que te lo podrían encontrar en cualquier día laboral montado en una bici con un maillot fosforito pasando entremedio de los camiones a las 10 de la mañana, mientras uno se pregunta de qué trabajarán, son los mismos que dejan a sus hijos en la puerta del colegio en un gran coche a las 9 de la mañana cuando ya todos los currelas han soltado a sus hijos ya hace una hora, para más tarde ir a paso de huevo causando atascos monumentales y jodiendo así a los pobrecitos mensajeros, los cuales llegan tarde a hacer sus entregas y son despedidos al día siguiente por jefes sin alma. Y es que en esta sociedad que nos ha tocado vivir un ganador siempre origina una legión de perdedores y más por estos lares. Son los mismos de siempre, los que te encuentras en bares y restaurantes un miércoles por la mañana tomándose una tapa a la una de la tarde o los domingos bebiendo cubatas a 15 € la copa sin la menor preocupación por el angustioso lunes que viene, ni por su cartera. Extraña gente y más en esta época de padecimientos y explotación del género humano.

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Y es verdad que los tiempos han cambiando pero a diferencia de lo que diga el bueno de Bob Dylan, estos son terribles; la única inocencia que nos queda a los adultos va a parar a la gente que aún cree que las leyes están hechas para protegerles, e incluso algunos en este sumun de inocencia o ignorancia las defienden creyendo en la virtud del conjunto del estado, defendiendo un sistema que ya hace mucho tiempo se olvidó de todos nosotros, los desgraciados.

Este sistema, aun en estas fiestas escribe, redacta e instaura leyes para defender a esos entes extraños llamados mercados. Así que mientras se aprueba la subida de gastos e impuestos, la deuda sube y ya de vez en cuando alguna que otra mísera ayuda cae de sus mesas para que la gente no estalle, aun en la calle, en la realidad diaria que nos toca vivir, hay abuelos que mueren por alumbrarse con velas, hay gente que lo ha perdido todo, gente que vive y muere en la calle por el frío, que se mata por no poder soportar este horror, hay gente que es explotada, trabajando 15 horas en trabajos que los destrozan mental y físicamente hasta convertirlos en entes babeantes y sumisos de este sistema mientras repiten que tienen suerte de no estar parados. Casi todos somos esclavos y víctimas de un sistema que no nos deja avanzar, que no nos deja respirar ni disfrutar de la vida o lo de lo que debería ser, salvo a aquellos que como ya he dicho al comienzo parece ser que se hayan fuera de todo esto, por una extraña razón o un misterioso giro de los acontecimientos cósmicos.

Y nos hace falta una visión global, lúcida y verdadera del conjunto de nuestra miseria para poder hallar una solución como sociedad o por lo menos desvelar las mentiras que ocultan la verdad de lo que somos y los que nos han convertido. Y es que solo hay que darse un vuelta por internet en diferentes foros para ver post a diario con títulos tan brutales y reveladores como: mi mujer se ha suicidado, o lo he perdido todo y me voy a matar, o no soporto trabajar 15 horas diarias de lunes a sábado por 800€ o ver las tristes historias de jóvenes que han emprendido solo para perderlo todo. Todos estos mensajes, lanzados en el mar digital dan en conjunto, esa perfecta visión, clara y manifiesta del atolladero social en que nos hallamos inmersos y no queremos ver, es esa la gente de las miradas perdidas y vacías que te encuentras a diario en la parada del bus, en la cola del supermercado, a las 6 de la mañana marchando al trabajo, es aquella misma que a día de hoy se está preguntando si esto es la vida, si estas son sus fantásticas posibilidades, las que nos vendieron, y si todo esto es el fruto de sus esfuerzos y sacrificio de estos 10 años de crisis.

10 años. ¡Y qué 10 años¡ una condena que los mercados nos impusieron por su avaricia y codicia, la cual hemos pagado con creces. Personalmente hay días que me siento como si estuviera en una cárcel, pues no me hallo, no encuentro al hombre que alguna vez fui, recuerdo que antes sonreía y tenía esperanza ¿Dónde está ese hombre?, ¿Quién es el extraño que se haya delante del espejo ahora?, esa triste figura no la reconozco, pues es el rostro de un hombre que a donde quiera que haya ido siempre ha visto el rastro de la ruina de estos tiempos: el hombre pidiendo, el grito del desahuciado, la cola del paro, la carta del suicida, y en conjunto, esas caras, esa horribles caras llenas de tristeza y aflicción. Esas caras son el triste muro que conforma a día de hoy nuestra realidad.

Y así vivimos encarcelados en diferentes cárceles sean éstas de papel o la que hay detrás de la pantalla del teléfono móvil o de un televisor, o la del trabajo que te consume, mientras tanto en Ibiza hay jóvenes y no tan jóvenes que se gastan en un fin de semana tu trabajo de un año con total indiferencia en licores y vicio. ¿Cómo el mundo puede estar tan mal repartido?, cómo puede ver gente que esté trabajando en nuestro país más de 15 horas diarias solamente para pagar cosas tan básicas como la luz, el agua y el gas mientras otras tantas no pueden acceder a un puesto de trabajo. En qué locura nos hallamos inmersos que ya ni podemos gritar libremente lo que todo el mundo sabe ya, que este sistema, no que este mundo, se va a la mierda y más en estas fiestas. Pues es el reflejo de en lo que nos hemos convertido.

Detesto la Navidad, o mejor, desteto en lo que se ha convertido, tenemos la extraña costumbre de convertir cualquier tradición en una excusa para beber y comer, el otro día estaba en un bar tomándome un café y vi a un grupo de mujeres mayores devorando platos de gambas sin parar, había algunas víctimas de la gula que ya ni siquiera las pelaban, se las echaban directamente a la boca y ahí las masticaban entre ruidos agónicos mientras las regaban con copas y más copas de vino blanco, pero no solo era ellas, el resto de las mesas eran iguales, la piara humana, no hacía falta ser poeta en New York para ver el horror que se encontraba delante de mí. No existe nada de espíritu navideño, de esas hermosas mentiras que antes traía, cosas como piedad, caridad, compañerismo o familia. Las cosas que nos acercan al ángel que podríamos ser y nos alejan del mono que fuimos.

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Hay gente, demasiada gente por todos lados, demasiada gente vacía y egoísta que ve sin mirar, que oye sin escuchar y que habla sin decir. Gente comprando mierda que muchas veces no necesitan, intentado llenar sus vacíos, intentando cerrar ese agujero que nunca se cierra, gente que se golpea por comprar ese juguete, ese teléfono móvil o ese bolso que después se romperá, se quedará antiguo o pasará de moda, es que no os dais cuenta de que todo es finito. Estamos tan vacíos que solo queremos tener todo e inculcamos a las futuras generaciones este consumismo, esta nada, esta larga espera a Godot.

Y ahora después de este grito volvamos al momento, a ese centro comercial; Tras observar a esa gente durante un breve rato pensé en tocar a uno de ellos, pero yo ya sabía que nada cambiaría, nada de lo que pudiera pasar cambiaría un sino ya marcado por 33 años en caída constante, y aunque había esperado mucho para que mi suerte estuviera a mi favor, los años, las experiencias y los vivencias siempre daban el mismo y oscuro resultado, la senda del perdedor, siempre peleando a la contra, además a unos metros más adelante había un hombre pidiendo, no era un refugiado, solo otro perdedor más como yo, sentí piedad, la misma piedad de un hombre que ve delante suya a sus semejantes pasarlo mal y sabe que ese hombre puede ser el mismo, además hacía frío, un frío que llegaba hasta los huesos, así cogí los 5 euros entre mis manos y tras dudar un poco se los dejé en una grasienta gorra que tenía en el suelo con unos pocos céntimos.

-Tome feliz Navidad, tómese algo caliente le dije.

-El hombre tras mirar el billete sin mucha ilusión levantó la cabeza y tras un breve silencio me dijo:

– Pues me lo pienso gastar en vino y tras eso cogió el billete y se lo guardó en un bolsillo. Como el que se guarda un cupón no premiado.

Al final será verdad que tenemos lo que nos merecemos – pensé. Debería habérmelo gastado yo en vino o en el libro, y me volví a mi barrio, a mi casa, en soledad y hastió; y es que al final de este camino no importaba estar en el espacio infinito, en un desierto o en el centro comercial más poblado de una gran ciudad para saber que estás solo, que no tienes nada que ver con los demás y que no formas partes de nada, que eres una simple mota en el cosmos y que al final todos somos el comandante John de David Bowie y así mientras la gente pasa, las luces se apagan, el silencio crece y un viento frío viene del norte seguiremos viviendo en Marte.

Duelen esos besos marchitos de un tiempo que fue feliz.

Duelen esos grandes amigos que ya no están aquí.

Sin oportunidades no se puede vivir, ¿Acaso esto es existir?

Duele, por nada hay aquí, para ti.

Jaime Morillo Caraballo

 

Un comentario

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