No leas El Quijote

David Vázquez Baciero

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No. No le hagas eso a él. No te lo hagas a ti mismo. Por mucho que de cuando en cuando los noticiarios insistan en bombardearte con misiles nucleares de tópicos (“la obra cumbre de nuestras letras”, “nuestra obra más universal”) para limpiar su conciencia y, así, poder seguir lavando cerebros. Por mucho que en tu colegio o instituto tu profesor insistiera en la necesidad imperiosa de que lo hicieras para que tu vida tuviera algo de sentido. Incluso, a pesar de que en algún momento te obligaran a hacerlo a través de fragmentos seleccionados para, así, mejorar tu “destreza lectora”. Aunque ahora te sientas culpable de haber abandonado esas lecturas antes de llegar a la mitad del libro porque se te caía de las manos. Por favor, no lo hagas antes de entender algunas cosas.

La primera es que no es tu culpa. ¿Nunca te ha sucedido llegar nuevo a un grupo y forzarte a ti mismo a reír bromas que en realidad no entiendes? Por norma general, en situaciones así nos falta un contexto para entender las bromas internas de un grupo de personas que se conoce desde hace un tiempo. Pues El Quijote, más o menos, es eso. Un chiste muy largo que no tiene gracia si no hay cerca ninguna persona amable que nos lo explique, que lo contextualice. El Quijote es una parodia que, como hacen todas, dio fin precisamente a aquello que parodiaba. Después del Quijote, ya no se escribió ni una novela de caballerías más. ¿Para qué? ¿Acaso se ha vuelto a rodar otra película como Sé lo que hicisteis el último verano después del éxito de la primera Scary movie? Imposible. De haberlo hecho, hubiese venido a nuestra memoria la parodia y nos hubiésemos encontrado en el cine partiéndonos la caja con una película que pretendía exactamente lo contrario.

Lo segundo que habría que tener en cuenta es la madre de todas las preguntas y el motivo de los desvelos de los que nos dedicamos a esto: qué significó para el autor escribirlo y qué puede significar para ti leerlo. Para contestar tal vez convenga remontarnos a la intrahistoria de su publicación.

Aunque probablemente no lo recuerdes, en algún momento te contaron que lo que hoy entendemos como El Quijote en realidad son dos libros distintos: una primera parte de 1605 y una segunda de 1615. Diez años exactos entre una parte y otra. Podría tratarse de una casualidad, pero, como sabemos todos los que conocemos su obra, con Cervantes pocas cosas son una casualidad.

El hecho cierto es que, aprovechando el éxito rotundo que estaba teniendo el libro, un tal Alonso Fernández de Avellaneda publicó su propia segunda parte en 1614. Los libros de texto que, por suerte, ya habrás olvidado, nos dicen que la segunda parte escrita por Cervantes tan solo trata de contestar de algún modo la de Avellaneda.

Conviene recordar que hasta bien entrado el siglo XVII ni existían los derechos de autor ni, por supuesto, la propiedad intelectual (ambos invento de los ingleses, siempre pioneros cuando se trata de privatizar). Hasta entonces, copiar y traducir se consideraba una actividad creativa. No obstante, Cervantes se las había ingeniado para conseguir por parte de los aristócratas de la época permiso para explotar económicamente su obra durante diez años, pasados los cuales no recibiría nada de cada uno de los muchísimos ejemplares que se vendían año tras año. Diez años. Ni uno más, ni uno menos. Inteligente, ¿no?

No obstante, el meollo de la cuestión no está ahí, ni mucho menos. Muchos años antes, Cervantes había fracasado en todo lo que había intentado. Fue soldado y lo capturaron (con unos cuantos intentos de fuga frustrados). Intentó ser dramaturgo, pero sus obras se vieron eclipsadas en el Madrid de la época por un tal Lope de Vega, que venía a romper con todos y cada uno de los preceptos teatrales que Cervantes se empeñaba en cumplir escrupulosamente. Intentó escribir novela pastoril, pero le salió una cosa infumable que no leyó nadie. ¿Qué le quedaba entonces a un señor ya bastante mayor (casi tanto como anciano era nuestro Quijote cuando se empeñó en ser caballero andante) y de vuelta de todo? Fácil: hacer a todo el mundo una enorme y majestuosa peineta. La peineta más universal de la Historia de la Literatura. La Peineta con mayúscula.

Porque El Quijote, ante todo, es eso. El Quijote nace en el momento en el que Cervantes se encierra en su casa, arroja por la ventana todas las ideas que le habían transmitido sobre qué es y qué no es escribir bien y, tal vez por primera vez en su vida, decide que no va a hacer lo que todo el mundo espera que haga. Cuando El Quijote arremete contra los molinos de viento, si prestamos atención, aún podemos oír cómo resuena la voz del mismo Cervantes dándonos una lección que a él le costó aprender toda una vida.

¿No la oyes? Dice: “Lee el Quijote o no lo leas, eso da lo mismo. Pero, por favor, hagas lo que hagas, diviértete, coño”.

David Vázquez Baciero – @davidvazbaciero – Más artículos de David

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