Narrativa del siglo XVIII y cambios de paradigmas teórico-literarios

Alfredo Vargas Ramírez

Narrativa del siglo XVIII y cambios de paradigmas teórico-literarios

Estamos en un siglo de superficialidad. Oigo llamarle por todas partes siglo de la razón, siglo de luces, siglo ilustrado, siglo de la filosofía. Y yo le llamaría mejor siglo de ensayos, siglo de diccionarios, siglo de impiedad, siglo hablador, siglo charlatán. (Juan Pablo Forner)

A comienzos del siglo XVIII se provocó un gran descenso en la producción y recepción de novelas. Esto es, en gran medida, debido al auge del ensayo (por su carácter didáctico, de gran interés para las corrientes de pensamiento del poder) que le otorgaba una situación de superioridad indiscutible frente a la triste realidad novelística, todavía en construcción hasta el resultado (también cambiante) que tenemos hoy. Junto a esta nueva tendencia utilitaria en la que predomina el mensaje (en la dicotomía antigua de forma-contenido), y como siempre sucede en los cambios de paradigma, pervivieron reductos del barroco del siglo precedente, participantes de la complejidad formal o estilística, quedando vacío el interior de esas cajas preciosas y preciosistas.

Así, nos encontramos realidades tan indiscutibles como la de Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), encarnación derivada de la verdadera luz de origen francés (que llegó tras estar casi medio siglo rebotando en los espejos de camino), en la que predominan razón, lógica y ciencia vs imaginación, emoción e intuición. Bajo la concepción de ‘‘era igual de literato el poeta que el filósofo’’, enmarcamos la empresa desengañadora feijoniana plasmada en su Teatro Crítico Universal. Lo escribe sin la rigidez de un tratado, saltando de razonamiento en razonamiento, siendo la base de la crítica pensamientos arcaicos pertenecientes o relativos a la tradición asimilada por el pueblo. Para hacer ver a la población la verdadera realidad, somete esas creencias al filtro de la razón para desmentirlas con su precisión intachable, con la experiencia y las citas de autoridad (para desmentir o añadir algo de ellas) como defensa previa a futuras refutaciones. Su obra está en la línea de la de Francis Bacon (1561-1626), familiar cercano del empirismo filosófico y científico, que se manifiesta en su lucha contra los prejuicios en sus Ensayos sobre moral y política, y éstos, a su vez, están en la onda gravitatoria de Montaigne (1533-1592) y sus Essays. No obstante, entre estas relaciones se hallan pequeñas personalidades que tienden los puentes que olvidamos luego, pero resultan necesarios igualmente.

En la segunda mitad de siglo revitaliza la narrativa, en base a las influencias extranjeras, tardías por las prohibiciones de su circulación y lectura individual (esto era una gran estrategia de control cultural, pero olía mal desde fuera, ahora, en cambio, nos dan demasiada información, absolutamente toda lo que queramos, y la que no también, para que, sobreexplotados y rebosantes, no hagamos nada ante la multiopcionalidad). Un gran referente en la Francia Ilustrada fue Montesquieu (1689-1755) y sus Cartas Persas, que actuaron como influencia centrífuga por Europa. En una matización o en una vuelta de la imagen dada por el espejo, surge en España Cartas Marruecas, de José Cadalso (1741-1782). Calificado de ‘‘protorromántico’’, y, sabiendo que románticos ha habido siempre pues es una actitud universal, podemos afirmar que era defensor de sí mismo antes que de las ideas ilustradas. De este modo, pese a que la obra citada es un ensayo en cuanto a radiografía de la realidad, éste adquiere tonos literarios de las más diversas procedencias. Montesquieu juega: con un elenco mayor de personajes; dentro de un marco ficcional lejano, para derivar al lector al extrañamiento (como es la cultura persa, totalmente desconocida en Occidente); con una situación de choque de culturas que permite ridiculizar los rasgos propios frente a la comparación de ambos. Cadalso es más simple en cuanto a complejidad estructural y cercanía de la vista que observa la cultura a criticar o a describir (estando Marruecos cerca de España). Podríamos hablar de una novela capitulada en cartas o de cartas hiladas desde el mismo ovillo, sin más trama unitaria que la autocrítica tintada del tono medio y sin saltos propio de Cadalso. Dirán de la obra que es ‘‘una copia mala del buen modelo de Montesquieu’’, pero, personalmente, no sería tan tajante y extremista como afirma Marichal.

Diego de Torres Villarroel (1693-1770) sería la última figura a tratar de este siglo en este orden propuesto. En cuanto a la clasificación de su obra Vida, son varios los problemas que nos saltan al camino. En primer lugar, fue leída en su época como una novela picaresca íntegra, cuando no pertenecía completamente a ella (¿cuál lo hace?). Las clasificaciones que se venían haciendo de la literatura giraban en torno a realidades visibles que la escritura evocaba, como sus ambientes (literatura de viajes o de caballerías), la realidad psicológica (literatura de aprendizaje), los temas que en ella se representaban (elegía, romance)… En cambio, desde el punto de vista del estudio actual, se tiene en cuenta el propio acto de escribir/la escritura en sí misma (y su relación con el autor), y por lo tanto las ramificaciones de la literatura son de un aspecto ficcional – no ficcional, siendo escribir el cajón de confluencia de ambas ramas, la real (la persona que escribe) y la irreal (lo escrito). Analizando ahora la obra, las discusiones surgen en torno al carácter autobiográfico de la novela. La vida del escritor siempre estuvo rodeada de misterios, pese a que quizá fueron provocados por el carácter carnavalesco de su vida pública, que abarcaba casi toda la personal. Emplea la obra para justificar unos actos, desmentir otros tantos y dejar abiertos ciertos temas, para que siguiera la especulación susurrante en torno a su figura (o quién sabe). Aquí está el segundo problema para la crítica: no saber qué elementos son reales y cuáles son adorno necesario para salir del paso, lo que lleva al diálogo acerca de la autobiografía, que, en suma y resumen de las teorías leídas, no es decir la verdad de tu vida en una novela, sino decir que la dices, para que el lector la lea como tal, sin elementos de ficción. La memoria es un artilugio de doble filo, pues posee recuerdos que fueron reales pero ya no lo son (pues un recuerdo no es una caricia), son un tanto mentirosos, y cuando el autor acude a la memoria para escribir un relato sobre su vida, al elegir a unos recuerdos y no otros ya está haciendo ficción. Y al escribirlos más ficción todavía. Y todo lo escrito es autobiográfico, menos una escritora, que afirmó de su novela ser un 17% autobiográfica (no recuerdo ni la autora ni la cifra, porque quizás no existan).

Alfredo Vargas Ramírez

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s