Nápoles, un caos ordenado

Inmaculada Latorre Hernández

a006-13 Nápoles, un caos ordenado

Existen momentos en la vida que pasan como por encanto, momentos donde uno pierde la noción del tiempo y el espacio se reduce a una simple acción que llena tanto ese instante como para hacernos olvidar que estamos en este mundo. Es la sensación que tuve al ver la vista del Vesubio oteando el horizonte al acercarme a la orilla del mar mediterráneo, en el paseo marítimo de Nápoles. Nadie lo hubiera imaginado antes.

De Nápoles me lo habían contado todo a través de las guías y con los consejos de mis amigos saqué la moraleja que iba a visitar una ciudad anarquía y densa en población con un tráfico donde a cada metro de la calle se formaba un atasco y donde el ruido sureño invadía el ambiente a modo de folclore popular teñido de desorden y caos.

Al llegar a Nápoles a punto estuve de afirmar todo lo que me dijeron en sus descripciones y añadir algunas quejas más. Todavía con un pie en el autobús y otro en la calzada tuve que pelear por un trocito de acera para comenzar a andar mientras me invadía una extraña sensación de acoso, de esas que le entran a una cuando no percibe espacio donde estar ni real ni ficticio.

Arrastrar una maleta por Nápoles no es ir a la aventura de la improvisación, sino a la deriva del que te viene de frente, como Tom Cruise en “Misión imposible”. Pero, al final, nunca es tanto ni tan descarnado como nuestros prejuicios pintan y nuestra mente recrea estirando las desgracias. Por la Vía Toledo se llega a la Plaza del Plebiscito y allí se halla otra imagen del Nápoles escenográfico de plazas anchas abiertas a un cielo azul que lo invade todo, como sólo se encuentran en Italia, al calor de un orden y espacio renacentista estratégicamente diseñado (y en eso y en muchas más cosas) hay que reconocer que Italia es única.

Recuerdo los arcos de triunfo romanos, ideados para que el victorioso general pasara por ellos al rendirle honores por su batalla vencida con todo tipo de detalles incluidos en la comparsa, como el súbdito que lo acompañaba a su paso sosteniendo una corona de laurel sobre su cabeza mientras le iba repitiendo al son de su amarrado ego “recuerda que eres mortal”. Toda una filosofía de vida para saber hasta dónde es bueno alzar nuestra proeza y bajar la mirada a la realidad de este mundo. Lo mismo que esas plazas amplias con perspectivas que atrapan la vista hacia un punto lejano en el horizonte donde el arquitecto italiano, fiel humanista al servicio de su arte, sabía lo que hacía. Esa es la sensación que tiene una cuando pone el pie en Italia, Norte o Sur, Este u Oeste, algo común fluye en el ambiente italiano. Algo mágico, distante del resto del mundo, nos narra que allí hubo una cultura, muy culta, una vida, que supo ser vivida, una filosofía de vida, que jamás abandonara al hombre.

En lo culinario se dice muchas veces, con algo de ironía, que la comida italiana sólo tiene dos variedades de alimentos, la pasta y la pizza, pero al segundo día de estar en Nápoles cambió el gusto de mi paladar por toda una experiencia de formas y sabores. Lo llaman el arte blanco y se les reconoce a los napolitanos al inventar la receta secreta de la autentica pasta italiana patentada en estas tierras sureñas (agua, harina y sol del golfo). Pasado el tiempo, la pasta napolitana casera y artesanal no pudo competir con la pasta industrializada del norte de Italia y perdió protagonismo pero para mí el prestigio sigue en alza y para comprobarlo sólo hay que pasearse por la Via San Biagio dei Librai. Quien entra a esta calle napolitana corre el riesgo de no querer salir nunca atrapado en sus tiendas y bares cargados con escaparates rebosantes de paquetes de pasta de todas formas, colores y sabores. Pero donde la oferta culinaria se eleva a cotas insospechadas de vicio es en la bollería y repostería napolitana. Si has probado alguna vez un panettone, en sus variedades de pepitas de chocolate o frutas confitadas con pasas, no debes irte de Nápoles sin probar un baba (pequeño bizcocho esponjoso mojado con limoncello o ron) un placer que te eleva el ánimo y el alma para continuar con la ruta culinaria entre esas pequeñas cafeterías con sus suculentos capuchinos espumosos e impregnados de polvos de cacao con los que el gourmet pastelero dibuja formas sugerentes sobre la espuma blanca de la taza. Una verdadera obra de arte impresionista ante nosotros como desayuno, el mío fue la capilla sixtina en capuchino (digno de inmortalizar en esa foto).

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La aventura napolitana puede ampliarse hasta la Vía Toledo, allí todo se comparte, colores, sabores, olores. Mezcolanza de tonos de paisaje marino del mar mediterráneo con el Vesubio en la lejanía brumosa y azulada, al modo como Durero interpretaba el espacio en sus cuadros. Nápoles es una ciudad de leyendas amparadas en sus hechos históricos consumados en un pasado glorioso, como testimonia su arquitectura palaciega. Otra imagen más mundana la da el Barrio de los Españoles, con sus casas algo desgastadas flanqueando las calles estrechas y llenas de tenderetes, de ropa tendida, de enseres que se apoyan por las paredes como pequeños trasteros al aire libre. Es la estampa pintoresca y popular de Nápoles, afín al carácter de sus gentes y que no pasa de moda. Un caos ordenado es el de Nápoles frente al orden caótico de nuestras grandes ciudades en horas puntas al que quizá estamos más acostumbrados.

Lo que más me impactó de Nápoles, además de su pizza frita, (todo un pecado no probarla en “Zia Esterina Sorbillo”) es esa ciudad sin ley que parece crecer y desarrollarse afín a una extraña libertad en sus gentes incapaces de respetar carriles de tráfico, ni semáforos, ni pasos de cebra. De esa primera impresión, cuando pasan los días, una empieza a percibir otro sentido del orden dentro de ese caos y otra impronta en esa calma pasiva del sur italiano donde la vida discurre tal vez con un sentido más bohemio y soñador para la perfección que exige el progreso pero con el auténtico sentido que se busca cuando una hace balance de su vida y debe elegir los mejores momentos que hubo en ella.

Inmaculada Latorre Hernández – Más artículos de Inmaculada

 

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