Español, clérigo y putero: el autor menos conocido del Siglo de Oro

Martín Sacristán

Español, clérigo y putero

Francisco Delicado fue un bestseller de su tiempo, pero no por la obra literaria por la que hoy le conocemos, sino por un manual llamado “Método para usar el palo de indias”. En él describía un supuesto remedio para curar la sífilis, llamado, según quien lo nombrara, mal francés, mal genovés, mal español… Y ello debido a que cada ejército que pisaba Italia lo contraía y propagaba, así que según la nacionalidad que estuviera de paso, la sífilis tomaba su nombre. Delicado, gran aficionado a la prostitución romana, con esa doble moral renacentista de los hombres de Iglesia, contrajo este mal. Pero como español supo también de las propiedades del palosanto, el árbol originario de Paraguay que los indios del país usaban para curar sus llagas. Ciertamente el aceite de su madera tenía ese uso, y cerraba las llagas sifilíticas, aunque la enfermedad siguiera su curso en silencio.

Pero si el nombre de Delicado ha perdurado, es gracias a su novela “La lozana andaluza”. Un delirante tratado pornográfico, conducido por Aldonza, su protagonista, puta profesional, y su criado Ramplín, conseguidor, chulo, y hasta mamporrero. La picaresca del Lazarillo de Tormes y la picardía de La Celestina corren por sus páginas, aunque su sexo explícito y la abundancia de italianismos y andalucismos que dificultan su lectura no la hacen figurar en los libros obligatorios del Siglo de Oro que leer en el colegio. Aunque probablemente sean frases como “desde chiquitita me comía lo mío, y en ver hombre se me desperezaba”. Son palabras de la protagonista, y creo que no necesitan aclaración.

Pero más allá del valor literario, lo que nos proporciona “La lozana andaluza” es un verdadero tratado de cómo usar la prostitución en la Roma renacentista, qué tipos de prostitutas existen, dónde encontrarlas, cómo reconocer si tienen sífilis, sus precios, y los métodos más habituales para engañarlas, y evitar ser engañados por ellas. No hay que olvidar que Delicado vivió en la ciudad papal entre 1523 y 1527, una época de esplendor y de relajación de costumbres, que cortó de raíz el Saco de Roma, cuando los ejércitos combinados de españoles y germanos, los Tercios y los Lansquenetes, entraron a sangre y fuego matando, violando y robando a cuanta persona se moviera por allí.

Español, clérigo y putero - La lozana andaluza

La prostitución era una fuente ingente de riqueza para los papas, porque además de líderes religiosos eran los dueños de un gran territorio en la Italia central, con capital en Roma, y recibían los impuestos cobrados a sus habitantes. La actividad de las prostitutas, como cualquier otra labor comercial, estaba tasada. Los recaudadores eran la policía romana, una especie de cuerpo de alguaciles encargados de las cárceles y de apresar a los condenados por la justicia. Por ello las meretrices pagaban sus tasas, anualmente, en la Torre Nona, que era la cárcel principal de Roma en aquél tiempo.

Pero había negocios alrededor de ellas que fomentaban la riqueza económica de la ciudad. Delicado nos habla en especial de Pozo Blanco, barrio romano poblado por judíos expulsados de España y españoles emigrados, donde se venden todo tipo de afeites -maquillaje-, perfumes, vestidos, y útiles para el arreglo del cuerpo. Curiosamente, una de las características que nuestro autor nos describe es el interés de las mujeres públicas en ir muy depiladas, tanto en sobacos como en el pubis. No es sólo una medida estética, sino el intento de evitar a toda la proliferación de ladillas. Incluso las cejas se quitan, completamente, para pintárselas luego. Las prostitutas viejas que ya no pueden vender sus cuerpos van de casa en casa de las profesionales ofreciendo sus servicios de depilación, que realizan con pinzas e incluso a la cera. En un divertido pasaje, una de ellas es prácticamente abrasada en sus partes por esta técnica, mal aplicada.

El alquiler de casas es otro de los ejemplos de fomento económico en Roma por las prostitutas. Según su rango y posición las tienen de menor o mayor tamaño, y es allí donde reciben a sus amantes. Si son muy conocidas no necesitan poner señal alguna de a qué se dedican. Pero si lo son, encienden una vela al anochecer detrás de la ventana, cubierta por celosías, de tal modo que el hombre que pasea por un barrio y ve esa lucecita sabe que allí hay una mujer disponible. Este tipo de prostituta es de bajo rango, y barata, denominada “chica de la candela”. En el extremo opuesto está la cortesana que seduce a un hombre y lo tiene por único cliente, o compaginándolo con un máximo de dos más, hasta que lo deja sin dinero. Pero la más barata de todas es la murallera, que ejerce su oficio al aire libre, junto a la muralla de la ciudad. Habitualmente es vieja o está deformada por la sífilis, pero sus servicios son muy baratos. Amparada en la oscuridad, suele levantarse las faldas y ofrecerse por detrás, para que el cliente no padezca la visión de su rostro. Es la preferida por soldados y jóvenes sin fortuna.

a027-02 Español, clérigo y putero

Delicado nos habla también de los ingenuos que no identifican el oficio de la mujer, y que seducidos por ellas pierden el pequeño capital con que han sido enviados a la ciudad por sus padres para hacer fortuna. Habitualmente muchachos en sus veinte años. Naturalmente, existe el hombre contrario, el viejo con problemas en la erección, que exige esforzarse mucho a las trabajadoras del amor, pero que usa todo tipo de triquiñuelas para no pagarlas. Las descripciones sobre su aspecto físico, o cómo la piel se les ha arrugado y tienen sus partes colgando son de auténtica carcajada. Hay incluso clérigos que están empleados por prostitutas de clase alta, a fin de servirles de mayordomos y contables. Delicado los describe en un punto medio entre el chulo y el criado, pero dejando claro que se enriquecen con ello. Y no falta el alcahuete, el celestino, que comparte oficio con su equivalente femenino, pero dirigiéndose a los hombres, para hacerles saber las virtudes amatorias de sus señoras. Rampín, el amante y criado de Aldonza, se dedica a esto a lo largo de toda la novela.

El final del libro es un poco emulación del Saco de Roma, que Delicado vio en persona, y sobre el que escribiría más tarde. Rampín, Aldonza, y algunos más huyen en un barco de la ciudad, componiendo un risible espectáculo de sifilíticos y avejentados personajes, que con sus ganancias se van a un retiro seguro, y ya sin los vaivenes del sexo. El autor hizo algo parecido, pues en Venecia, donde halló refugio, se convirtió en editor y librero, publicando el Amadís de Gaula, así como obras propias y ajenas. Había sido discípulo de Antonio de Nebrija, el compilador de la primera gramática del español, y en su nueva ciudad conoció al humanista, escritor y político veneciano Andrea Navagero, lo que le permitió hacer fortuna. La vejez y la sífilis acabaron llevándolo al otro mundo, a los sesenta años, lo cual era, para la época, una edad más que avanzada. No sabemos qué pusieron en su epitafio, pero desde luego no sería la frase de “fue un santo varón, que no conoció mujer”.

Martín Sacristán – Más artículos de Martín.

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s