Minería de sangre

Virginia García Franco

Minería de sangre

En una entrevista publicada en el digital de ABC a principios de febrero a Dieudonné Nzapalainga, arzobispo de Bangui, y Kobine Layama, imán de la mezquita central, con motivo de la concesión Premio Mundo Negro a la Fraternidad 2016 por la valentía que ambos demostraron en los días más aciagos de la guerra de religión que sufrió la República Centroafricana en 2013, ambos confiesan que el odio entre cristianos y musulmanes oculta la explotación de los llamados “diamantes de sangre”. Mientras que el imán Kobine Layama afirma que estos minerales se utilizan para comprar armas sin especificar quienes son los vendedores de las mismas, el cardenal Dieudonné Nzapalinga señala que son los jóvenes rebeldes los que explotan los diamantes ilegalmente y no quieren que la guerra termine. La religión, reconoce este último, ha sido la máscara para tapar la realidad.

Aunque cueste creerlo, el país africano, considerado como separador entre el norte del continente negro, musulmán, y el sur, cristiano, sigue en guerra. Asesinatos sumarios, violencia desgarradora y más de un millón de población desplazada lo constataban en 2015. Igualmente, dentro de sus fronteras, el norte del país es feudo musulmán -los musulmanes constituyen el 10% de la población- y el sur, cristiano. En marzo del 2013, un grupo armado de mayoría musulmana conocido como Sélekas perpetró un golpe de Estado que sacó del poder al presidente François Bozize con el argumento de estar incumpliendo los acuerdos de paz que pusieron fin a la guerra civil (2004-2007). A finales del mismo año, nacían las milicias antibalaka, que no son otra cosa que milicianos cristianos dispuestos a recuperar el poder. Ambos bandos dieron rienda suelta, por igual, a toda serie de atrocidades durante tres años.

En mayo del 2015, se firmaba un acuerdo de paz que llevaba implícito el desarme de milicianos de ambos bandos y su integración en distintos cuerpos de seguridad. Pero la sangre sigue derramándose en la República Centroafricana, uno de los países más pobres y violentos del planeta a pesar de poseer recursos naturales como oro, diamantes y uranio. En este contexto, y como recuerda la película Diamante de sangre, protagonizada por Leonardo DiCaprio, tener tantos de estos minerales no convirtió al país en un territorio próspero, sino en uno de los más pobres y más desgraciados del mundo. El título de la película da nombre a aquellos brillantes que “proceden de países productores inmersos en conflictos bélicos, y donde la extracción y comercialización de diamantes se realiza en flagrante violación de los derechos humanos más fundamentales, y con el propósito de financiar los costes de la guerra”, como señala el Instituto Gemológico Español.

Minería de sangre - Diamante de sangre

Según el Cardenal Nzapalainga, es conocido que el comercio de diamantes pasa por Chad hasta Sudán desde donde va a los Emiratos Árabes y otros países de la región, quedando la riqueza del país fuera de sus fronteras. Amnistía Internacional revelaba en 2015 cómo las grandes empresas mineras (y cita a las belgas Sodiam y Badica/Kardiam) han alimentado los mercados de joyería de Amberes y Dubai, por valor de varios millones de euros, con este tipo de joyas. Su extracción y venta estaba prohibida por la guerra desde mayo de 2013 ya que contribuyen a financiar el conflicto, pero ahora se obtienen más diamantes de sangre que nunca.

Estos grupos armados han obtenido grandes beneficios de este tráfico de diamantes al exigir tasas o protección a mineros y empresas de extracción. En República Centroafricana, estos depósitos de gemas preciosas se encuentran en los ríos Kotto, Mambéré y Lobaye, y se extrae de manera artesanal, en agujeros en los que, a veces, sólo cabe un minero. Cuando encuentran un diamante se lo llevan a un “collecteur” (el traficante) que lo pone en manos de compañías camino de algún aeropuerto. Las empresas con pocos escrúpulos y saqueadores de la más diversa índole, según Amnistía Internacional, no tienen problemas en seguir exportando oro y diamantes pagando a estos señores de la guerra o saltándose cualquier auditoría, como el Proceso Kimberly, el programa internacional que lucha contra la exportación y venta de diamantes de sangre.

A todo esto se une la nueva normativa de la Administración Trump al respecto. En su afán por “hacer de nuevo grande a América”, la nueva Administración norteamericana ha elaborado un borrador de orden ejecutiva que acabará con la norma legal que obligaba a las compañías de su país a controlar el origen de materias primas como el oro, los diamantes, el estaño, el tungsteno, el cobalto y el tantalio, materiales de alto valor añadido pues se utilizan en la industria aeroespacial y militar, la electrónica, la informática, la telefonía móvil y la alta joyería.

Minería de sangre trump

El objetivo de la norma en cuestión, la disposición 1502 de la ley Dodd-Frank, es que las compañías norteamericanas no compren los “minerales de conflicto”, procedentes de Congo y sus países vecinos; es decir, aquellos que han servido para financiar el conflicto bélico en la zona de los Grandes Lagos de África. En virtud de esta ley, que empezó a aplicarse en 2014, las empresas tienen que investigar de dónde vienen los minerales y declarar si proceden de África central en un informe anual a la Comisión de Seguridad de las Transacciones.

Si el lobby industrial norteamericano seguramente ha acogido con alborozo la filtración del borrador de Trump, las organizaciones de derechos humanos no se han mostrado tan entusiasmadas, pues temen el impacto que la anulación de la legislación sobre los minerales de sangre pueda tener en el conflicto congoleño y en las vidas de los habitantes del país africano; a pesar de que la norma no es santo de la devoción de todas las partes interesadas en la compra-venta de los minerales.

Puede que en la República Centroafricana hayan tenido lugar unas elecciones parece ser que libres, transparentes y respetadas por todos, pero el país sigue en manos de altos cargos políticos con un papel figurativo y no real, donde las milicias siguen poseyendo las armas, son vendedoras de los diamantes y recaudan los impuestos. Los rebeldes se saltan la oficialidad política y continúan con una guerra y un mercado que no hace sino favorecer sus intereses.

Virginia García Franco

 

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