Del segundo idioma más hablado del mundo

Pedro J. Barrios Rodríguez

 

Del segundo idioma más hablado del mundo

Como más se debería saber, cuando otorgamos mayor importancia a los hechos que preceden o siguen a una persona que a nuestros falaces sentidos, demuéstrase que las apariencias van de la mano de estos últimos. Peinado y color del cabello, forma de vestir, tipos de complementos, tatuajes…; no son pocos los atributos que analizamos fugazmente para, acto seguido y con apabullante precisión pseudoempírica, poner uno u otro sambenito al desconocido que tenemos ante nosotros. Todos los anteriores son meros “quitaipones” (el último, bastante doloroso); pero existe otro atributo mucho más arraigado en nuestro ser, más visceral, del que es arduo —o directamente imposible— desprenderse; y no solo nos introduce en un saco determinado, sino que, además, desvela nuestros mismísimos orígenes geográficos y, lamentablemente, despierta los prejuicios que los acompañan: nuestro acento.

Somos capaces de reconocer la procedencia de nuestro interlocutor con pocas de sus palabras, esto es, de reconocer el dialecto del que se sirve. En ocasiones, resulta muy difícil establecer la frontera entre un idioma y un dialecto; generalmente, el primero goza de un renombre académico y social (organismos oficiales que lo regulan, uso en los medios de comunicación, enseñanza en los centros educativos, etc.) del que carece el segundo. Pero dentro del heterogéneo grupo de los dialectos, unos son vistos con buenos ojos, mientras que otros son relegados al desprestigio más absoluto e, incluso, son considerados formas de lenguaje totalmente vulgares, cómicas y dignas de escarnio. De esta manera, si preguntamos a cualquier hispanohablante de la Península cuál es, en su opinión, el dialecto más “incorrecto” de todos los que en ella se hablan, ¿cuál sería el desdichado ganador?…

Del segundo idioma más hablado del mundo

Desde siempre, el cine y la televisión —entre otros agentes— se han encargado de desprestigiar el habla andaluza. Así, es fácil encontrar películas dobladas al español en las que personajes pertenecientes a clases sociales bajas o muy bajas, personajes con poca o ninguna cultura, hablan en andaluz (señores directores de doblaje: ¿por qué?); y tampoco resulta muy complicado dar con películas españolas en las que esos mismos personajes son interpretados directamente por actores andaluces, quienes pueden verse incluso obligados a exagerar su pronunciación para hacer más leña del árbol caído, para conseguir que el público se dé cuenta en el acto de que el personaje en cuestión es, irremediablemente, un auténtico zote, contribuyendo de esta forma a la visión global de que los andaluces son un pueblo ignorante. En las series de televisión se produce exactamente el mismo fenómeno que en el cine, y también se puede observar que ciertos actores, presentadores, etc., de origen andaluz renuncian conscientemente (¿y voluntariamente?) a su acento en pro del acento “correcto”. Sin embargo, no existe en absoluto ningún motivo objetivo para considerar que el habla andaluza (ni ninguna otra) sea inferior en términos de corrección lingüística a las otras hablas de la Península; pero sí se puede afirmar, sin miedo a equivocarse, que es la más avanzada de todas ellas.

Los idiomas, como los dialectos, tienen tendencia a acortarse, a decir más con menos palabras, a ahorrar tiempo sin perjudicar la comprensión, y en eso el andaluz saca suma ventaja a los demás dialectos del español. Francés, catalán, italiano y portugués sufrieron este proceso de natural acortamiento a lo largo de sus respectivas evoluciones; pero el español lo hizo en menor grado. Así, de manera legítima, un francés puede decir “il t’a vu” por ‘él te ha visto’; un catalán, “mare” por ‘madre’; un italiano, “nel” por ‘en el’, y un portugués, “onde” por ‘donde’. ¿Por qué un andaluz, si quiere escudarse del sambenito de ignorante, no puede decir “él t’ha visto”, “mare”, “nel” ni “onde”?…

Tal vez, el hecho de no poseer el estatus oficial de idioma, es decir, de encontrarse bajo la atenta mirada de la Real Academia Española, organismo supremo que dicta las leyes de la corrección y la incorreción lingüísticas, sea lo que prende la mecha de la burla y del estigma. Si esa es la razón habrá que resignarse, pues, se mire por donde se mire, no se puede decir que el andaluz sea un idioma diferenciado del español. No obstante, y a pesar del desprestigio que sufre, no es menos cierto que el andaluz, en esencia al menos, sea la segunda “lengua” materna más hablada del mundo por detrás del mandarín. El español de América, donde mayor número de hispanohablantes se concentra, tiene profundas y robustas raíces en Andalucía, tierra de la que procedía el setenta por ciento de las mujeres que colonizaron dicho continente. La lengua materna recibe su nombre porque son las madres quienes la enseñan a sus hijos; por tanto, la variante del español que más se difundió —sangre y fuego aparte— por los territorios hispanoamericanos fue la andaluza, aunque, lógicamente, el tiempo se encargó de forjar las diferencias que hoy existen entre las hablas a uno y a otro lado del “charco”.

Se debe acabar de una vez por todas con la percepción arlequinada y lega del pueblo andaluz, así como con los clichés que nacen de ella. Muchísimos no se parten ninguna camisa, ni saben bailar por sevillanas. Muchísimos no saben tocar la guitarra, ni tienen la más remota idea de los palos del flamenco. Muchísimos no tienen gracia alguna contando un chiste, si es que alguno conocen. Y muchísimos no dejan conscientemente su acento en casa como si de cualquier “quitaipón” se tratara, sin miedo a los prejuicios, orgullosos de pertenecer a una tierra que ha visto nacer a los más grandes poetas de España y a no pocos intelectuales, como Séneca, Averroes o Maimónides; de pertenecer a la única tierra en la que, en toda la historia de la humanidad, cristianos, musulmanes y judíos convivieron largo tiempo en paz y armonía, por idéntico rasero, catapultando a Andalucía, con Córdoba por bandera, a la cima de la cultura y la ciencia en Europa.

Nacionalismos y curas de libros a un lado, Andalucía no es lo más grande del mundo: lo mejor del mundo es el mundo entero. Se trata solo de exigir respeto por esta soleada tierra, un respeto que siempre se le ha negado desde fuera por pura y sencilla ignorancia de la evolución natural del lenguaje, como si existiera una relación lógica y aplastante entre el acento y los conocimientos o la formación académica que posee una persona.

Parafraseando al gran Dumas cuando le recriminaron no tener en cuenta los hechos históricos en sus novelas, y pidiendo sincero perdón por la soeza en la expresión, terminaré diciendo que a los andaluces, con el diccionario en la mano, los pueden acusar de abusar de la lengua española… pero bien hermosas son las criaturas que le hacen.

Pedro J. Barrios Rodríguez

 

4 comentarios

    • Buen análisis. Mantengamos nuestra andaluza manera de hablar y olvidemos las imposiciones academicistas y tópicas que nos impiden sentirnos orgullosos de este dialecto andaluz, que como bien se dice en el artículo es el más avanzado de nuestra lengua.

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