Gabriel García Márquez, o cuando los muros explotan

David Vázquez Baciero
Gabriel García Marquez, o cuando los muros explotan
Gabriel García Marquez – Fuente: José Lara

Cuando escribo estas líneas apenas han pasado unos pocos días desde que se cumplió el noventa aniversario del nacimiento de Gabriel García Márquez, “Gabo” para quienes lo trataban habitualmente y “Gabo” también para quienes no lo trataron en su vida ni de lejos, pero quieren hacernos pensar que si. Aunque al ritmo al que consigo emborronar un par de folios lo más probable es que estés leyendo esto en 2024 y que un Donald Trump biónico se haya proclamado Emperador del Universo (en España, no obstante, seguiremos votando en masa al PP: hay tradiciones que se conservarán por siempre), no quiero dejar de hacer mi pequeña aportación a pie de página entre los cientos, tal vez miles, de trabajos que se le han dedicado al escritor colombiano. Pienso que a García Márquez le pasará lo que a tantos otros: cuando un escritor y su obra son verdaderamente grandes nunca se termina de decir todo sobre ellos.

Este año, además, cualquier homenaje cobra aún más sentido si cabe debido a una noticia que ha pasado totalmente desapercibida, pero que explica muchas cosas. Después de meses volviendo locos a alumnos y profesores con los exámenes de acceso a la universidad (este año se llaman EVAU), los encargados de decidir en última instancia cómo han de ser dichos exámenes han decidido premiar la paciencia de la comunidad educativa recortando el temario. ¿Se ha suprimido la pregunta de Sintaxis, absurda desde el momento en el que la convertimos en un conocimiento meramente descriptivo basado en poner etiquetas? ¿Tal vez se suprime este año la Morfología, aún peor enseñada que la Sintaxis? ¿O, quizá, nos hemos librado por fin de la pregunta de comentario crítico de texto, que es cualquier cosa antes que “crítico”? Nada de eso, hasta ahí podíamos llegar. Se ha suprimido un tema de Literatura, como es natural. ¿Y qué tema de Literatura es más prescindible para nuestros jóvenes preuniversitarios? Literatura Hispanoamericana, por supuesto. Los profesores de Lengua y Literatura han recibido este año carta blanca para soltar a quienes un día serán el futuro del país sin hablarles una palabra de la literatura que se escribe más allá del charco. Hablamos de un grupo de escritores con dos premios Nobel y medio (todos sabemos que Borges se lo hubiese llevado también de no haber coqueteado con Pinochet). Nada en comparación con nuestro Azorín, alicantino pero tan burgués, tan castizo, tan castellano, tan español, tan nuestro. A pocos puede extrañar que ante un panorama tan alentador algunos jóvenes profesores nos batamos en retirada antes incluso de presentar batalla. Es lo que sucede cuando la Literatura Española viene a sustituir la asignatura de Espíritu Nacional: cimentamos los muros del mañana.

El caso es que nadie mejor que Rafael Reig, otro narrador maestro de la dinamita, para explicar lo que nos estamos perdiendo. En su ensayo/novela Manual de Literatura para caníbales II (leedlo, por favor), abre el capítulo que dedica al “Boom” con una imagen que vale por cien manuales convencionales que se hayan escrito sobre este fenómeno, tal vez irrepetible, de la novela saltando por los aires:

“El hombre del bigote y el pelo engominado conducía hacia el Sur. Se llamaba Carlos y era un tipo irritable […]. Era un almacén destartalado, mezcla de ferretería, bar y almoneda […]. Curioseó por el local. Sobre una mesa había cartuchos de dinamita, detonadores y varios metros de cobre.

-Booum – dijo mirando a la chica del mostrador -. Ha, ha…boom!”

No, no comienza hablando de Gabriel García Márquez, sino de Carlos Fuentes, escritor mexicano a quien Reig en su ensayo/ficción atribuye el mérito de haber comprado la dinamita. ¿Y en qué consistía esa dinamita? Básicamente, en seguir la estela de algunos escritores extranjeros que en la década de los 30, con mejor o peor fortuna, se estaban esforzando en romper los moldes expresivos de la novela. Hablamos de europeos como Kafka, Joyce o Virginia Woolf, pero también de estadounidenses como William Faulkner, que les pillaban más a mano.

¿Supuso esto para ellos perder su identidad? Creo que más bien al contrario. Para ncontrarnos a nosotros mismos es necesario mirar a nuestro alrededor, ir más allá, ampliar nuestros horizontes. Solo se llega a lo local a través de lo universal, nunca al revés. Curiosamente, la primera consecuencia que trajo consigo la lectura simultánea por parte de casi todos de aquellos escritores extranjeros fue que, por primera vez, los autores latinoamericanos comenzaron a leerse entre ellos. Cuentan las crónicas de quienes lo presenciaron que fue Álvaro Mutis, otro colombiano e íntimo amigo de García Márquez, quien arrojó sobre el escritorio de éste Pedro Páramo, del mexicano Juan Rulfo, al grito de “¡Lea esta vaina, carajo, para que aprenda!”. Ese libro y ese autor le dieron la clave para terminar de dar forma a una novela que ya llevaba mucho tiempo proyectando y escribiendo sin que el resultado le resultase nunca satisfactorio. Ahora entendía por qué: le faltaba el tiempo mítico, el lugar mítico, lo local a través de lo universal, la gran historia de América Latina, pero también de todos los hombres y mujeres de cualquier rincón del mundo. Faltaba Macondo.

Porque, además, Gabriel García Márquez no se limitó a contar una historia de América Latina, sino que contó la historia de los desposeídos, de los marginados, de los arrinconados por la Historia de los vencedores, que quisieron convertirlos en menos que nada. Un grito desgarrado en mitad del silencio reclamando justicia. Contó, por ejemplo, la matanza de huelguistas perpetrada por la United Fruit Company, que en diciembre de 1928 asesinó a sangre fría en una sola noche a miles de trabajadores que reclamaban que se cumplieran las escasas leyes que amparaban sus derechos. Tal y como narra en su biografía Vivir para contarla, conocía la historia como si la hubiese vivido de tantas veces que se la contó su abuelo, el coronel Nicolás Márquez, y gracias a testimonios valientes como el suyo, un “altercado” que en su día la United Fruit ventiló declarando que tan solo fallecieron 9 exaltados se conoce como La Masacre de las Bananeras.

Por cierto, sí: el coronel Nicolás Márquez fue quien le llevó por primera vez al trastero de la United Fruit a que conociese el hielo. Y sí: era su abuela, Tranquilina Iguarán, una colombiana llena de supersticiones, quien le contó de niño cientos de historias de espectros y prodigios.

Muchos años después, frente a los académicos, García Márquez recibía el Premio Nobel de Literatura. Lo hizo contando la verdad bajo una lluvia de flores amarillas en la que para muchos es la gran novela escrita en castellano del siglo XX, y que concluye así:

“Sin embargo, antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aurelio Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.”

No me resisto a desear que, con los últimos acontecimientos, con tantos muros levantándose y tan poca dinamita para todos ellos, no estemos obligando a las próximas generaciones y a nosotros mismos a 100 años más de soledad. Porque, en efecto, no tendremos una segunda oportunidad.

David Vázquez Baciero – @davidvazbaciero – Más artículos de David

 

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