Al Sol rogando…

Pedro J. Barrios Rodríguez

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Las familias se reunían, atemorizadas, por si el quién sabe. Los pudientes se refugiaban en búnkeres atómicos. La información, verídica o embustera, surcaba la red a toda prisa. Los novelistas hacían su agosto en la campaña de Navidad. Todos miraban al cielo o bajo sus pies a la resignada espera de asistir, en primerísima persona, a un espectáculo digno de Hollywood; tipo supervolcanes que despiertan de su letargo y expulsan al aire nubes de ceniza asesinas, terremotos cuya magnitud pulveriza todas las escalas conocidas y por conocer mientras reducen a añicos un continente entero, violentos tsunamis tan altos que llegan a tapar la luz del sol y arrasan con todo lo que encuentran a su paso, un meteorito del tamaño de una metrópolis europea en cuya trayectoria el planeta tuvo la mala suerte de interponerse…, en definitiva, el tipo de espectáculo que más vale contemplar, o sufrir, en el sofá de casa, a través de la pantalla y de la seguridad que otorga la mentira que es el cine.

En efecto, ya hace más de cuatro años del último fin del mundo, de aquel supuestamente nefasto 21 de diciembre de 2012. Es un acontecimiento bastante cercano en el tiempo como para que cada uno recuerde a la perfección qué hizo o dónde se encontraba aquel día; si estaba en casa esperando el fatal desenlace o si, acérrimo escéptico de antes ver para creer, vivió la jornada como si de otra fotocopia más se tratase.

¿Cuál fue el origen de semejante alarma, de semejante enajenación social? Todo nació de las observaciones astronómicas de la cultura maya, las cuales llegaron a nosotros malinterpretadas o deformadas con quién sabe qué arcano propósito. Pero no hay que dejar que el hecho de que no conocieran la pólvora nos confunda. Los mayas eran un pueblo ya bien consciente de que el Sol era el centro —valga la redundancia— del sistema solar mientras en Europa, cuna de la civilización y del desarrollo humanos por la gracia de Dios, se quemaba dichosamente a los herejes que se atrevían a afirmar semejante vesania. Los mayas, al igual que otras civilizaciones antiguas o directamente antediluvianas, eran astrónomos y matemáticos empedernidos, poseedores de conocimientos sobre el rinconcito del universo que habitamos que la ciencia no descubrió sino varias centurias después; y, sin indagar cómo demonios de Xibalbá es posible que lo supieran, la actividad solar, entre muchísimos otros, formaba parte de esos conocimientos.

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Como si de un ser vivo se tratase, el humor de nuestro astro rey sufre altibajos, en ciclos de once años de duración. En cierto momento de su ciclo, cuando ya no puede soportarlo, más o menos metafóricamente hablando, explota, enviando al espacio lo que se conoce como eyección de masa coronal; esto es, una potentísima onda electromagnética que, en función de la orientación de su campo magnético y si nuestro planeta tiene la desgracia de cruzarse en su camino, podría dejarnos algo más que hermosas auroras boreales… en el Ecuador. Una de estas tormentas solares pondría a la magnetosfera de la Tierra en inapelable jaque mate y, con ello, fin a todo aparato, máquina o dispositivo que se atreva a nutrirse de energía eléctrica, básicamente, casi todo cuanto nos rodea. Porque, debido a la velocidad a la que recorrería los insignificantes ciento cincuenta millones de kilómetros que separan nuestro planeta del Sol, no dispondríamos de tiempo suficiente para proteger debidamente los sistemas de producción, almacenamiento y distribución de la energía eléctrica; por no hablar de los satélites —y los astronautas— en órbita, que conocerían glorioso final chamuscados en el acto.

La Tierra ya sufrió las consecuencias de una de estas tormentas solares en el año 1859, lo que se conoce como el evento Carrington. Por entonces, la electricidad aún estaba dando sus primeros pasos, así que el mayor y prácticamente único impacto consistió en la destrucción de las líneas de telégrafo. Tal vez algún ejército destacado en algún lugar del globo no pudiera recibir las órdenes del general de turno, transmitidas por supuesto desde lugar seguro, y terminase por ello bajo las balas enemigas; o quizás un barco con esclavos rumbo a Estados Unidos perdiera comunicación con el puerto de destino, y la tripulación pensase que se quedarían sin sangre nueva con la que regar su árbol de la libertad. Sin embargo, en una época en la que Edison era vendedor ambulante y Tesla aún estaba aprendiendo a hablar, la cosa no fue a mayores.

Asusta y salta a la vista que si se repitiera un evento Carrington en el mundo tan tecnológico-dependiente en que vivimos en la actualidad, otro gallo cantaría… Nuestros medios de transporte, nuestros sistemas de comunicación, nuestros sistemas de distribución de agua, nuestros sistemas de producción, ¡qué demonios!, todos nuestros sistemas, y con ellos la existencia de la sociedad que conocemos, dependen totalmente de la electricidad; y en absoluto están protegidos contra la bofetada solar que nos podría devolver a la Edad de Piedra por los siglos de los siglos.

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Hablando de eternidades…

La inmensa mayoría de las religiones monoteístas adoran al Sol, y en las politeístas el dios del sol es el máximo protagonista; de ahí que todas las festividades religiosas importantes coincidan con fenómenos astronómicos destacados, como los solsticios y los equinoccios. Resulta lógico que estas religiones, las ya fenecidas y las que aún no lo han hecho, y las culturas que las abrazan veneren al Sol, ya que, sin necesidad de la tecnología que poseemos hoy día, todas han sido bien conscientes de que sin el sol no existiría la vida en nuestro planeta. Así, por ejemplo, la Biblia es una pura alegoría de los eventos que han acontecido y acontecen en nuestro sistema solar, en la que la figura de Jesucristo no es otra que nuestro astro. ¿Quién camina por el agua sino el sol cuando en ella se refleja? ¿Quién porta una corona de espinas sino el sol con sus rayos? ¿Quién va acompañado por doce discípulos sino el sol con los doce meses?… Por mencionar una de las festividades estrella de los católicos, en Navidad, el 25 de diciembre, se celebra el nacimiento del hijo de Dios, el nacimiento del salvador de la humanidad: no se celebra sino el (re)nacimiento del sol, es decir, el tercer día (“al tercer día resucitó de entre los muertos”) después del solsticio de invierno, cuando los días comienzan a ser más largos y la noche, las tinieblas, el Mal, comienza a retroceder ante el poder de nuestro redentor, que nos trae el Bien, la luz tan necesitada por los cultivos que nos dan alimento, que nos dan la vida.

Nuestro astro, con sus periódicas eyecciones de masa coronal, tiene más que suficiente capacidad para poner fin a la sociedad que existe en la actualidad. O si se prefiere en lenguaje alegórico, esa divinidad solar todopoderosa y venerada por todas las culturas —mayas incluidos— desde el origen de los tiempos podría dirigir un dedo acusador hacia nosotros, pecadores, y desatar el apocalipsis en el reino de los hombres. Quizás el dios sol esté exhausto de contemplar la corrupción que sufren sus hijos, y antes o después purgue con su ira divina la tierra para volver a empezar de cero, como ya ocurrió con el Diluvio bíblico o, metáforas aparte, la fundición de los glaciares de la última edad de hielo.

Sea como fuere, a Dios rogando y con el mazo dando. Recemos, en el sentido literal de la palabra, para que nada ocurra, a quien cada uno quiera rezar, faltaría más; pero, por si acaso, y solo por si acaso, más valdría estar preparados para el siguiente fin del mundo.

No vaya a ser que el siguiente termine siendo el último.

Pedro J. Barrios Rodríguez – Más artículos de Pedro J.

 

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