La gloria del intento

David Vázquez Baciero

a030-03 La gloria del intento

Lamento de verdad no recordar su nombre. Teniendo apenas veinte años a los de Filología Hispánica (me niego a llamarlo “Grado de Español”) nos obligaron a asistir a unos seminarios que se impartían en la facultad sobre Rubén Darío. La idea era estupenda. Estupenda para la profesora, quiero decir. Evitaba tener que explicar al autor con más bibliografía escrita de su asignatura al tiempo que cubría las espaldas a algún colega temeroso de encontrar el aula vacía en unas charlas que había costado organizar tiempo y dinero. Favor por favor, pólvora del rey, cosas de universidad, qué te voy a contar que no sepas.

El caso es que, transcurridas unas cuantas jornadas y tras infinitas horas de aburrimiento, tomó la palabra un señor bajito, calvo, gordo y con gafas (todos los seminarios tienen uno), con pinta de estar dispuesto a prolongar nuestra lenta agonía un par de horas más. Sin embargo, se inclinó hacia delante, nos miró uno a uno por encima de las gafas y, con el aire resuelto y cansado de quien está de vuelta de todo, confesó:

-No os voy a engañar. Yo, como todos, empecé a estudiar a fondo la literatura porque me falta talento. Me especialicé en Rubén Darío porque me gustaría escribir poesía como lo hace Rubén Darío. Pero no puedo.

Han pasado unos años, pero no he olvidado algunos momentos especialmente memorables de su ponencia. En concreto, argumentó de manera muy sólida lo absurdo de empeñarnos en justificar como “fruto de su peculiar genialidad” poemas que escribió Darío bajo un evidente estado de embriaguez, algo más frecuente de lo que muchos reconocen en alguien que murió con el riñón desecho por la cirrosis. Defendió, en resumen, el derecho de Darío (y de cualquier poeta) a la irregularidad, a no tener que ser siempre brillante, a no tener que ser siempre lo que todos esperaban de Rubén Darío: el vate nicaragüense, el indio choroteca, el príncipe de las letras castellanas y no sé cuántos epítetos más que los libros de texto reproducen y los niños recitan (¿o es al revés?). Defendió, en fin, su derecho a escribir tan solo por la gloria del intento.

Vivimos tiempos confusos, qué duda cabe. No vamos al psicólogo porque allí solo van los que están locos o tienen algún problema (y tú no lo eres ni tienes ningún problema: ¡hasta ahí podíamos llegar!), pero al cabo del año nos dejamos un dineral en libros de autoayuda que aupamos a los primeros puestos de las listas de más vendidos. Nos dejamos arrastrar por el torbellino de la producción y el consumo, pero en vez de plantearnos si algo de eso tiene sentido abarrotamos los cursillos sobre “Mindfulness”, el último grito. Se trata de toda una corriente (¿psicológica?) que nos invita a pensar solo en el presente, es decir, a no pensar. Tragamos con cientos de historias de gente joven, guapa y esbelta que nos restriega su éxito y nos recuerda que si no podemos, es que en realidad no queremos. Al fin y al cabo, ellos un día también fueron tan gordos, feos y fracasados como nosotros. Pero un buen día tuvieron una revelación mística, se dieron cuenta de que la vida es un regalo y se sintieron poseídos por el espíritu de Paulo Coelho. Fijaron un objetivo, lucharon por sus sueños, se esforzaron al máximo y bla, bla, bla…

Yo, como hace Agustín García Calvo en este soneto de su Sermón de ser y no ser, reclamo para mí el derecho al fracaso:

Enorgullécete de tu fracaso,
que sugiere lo limpio de la empresa:
luz que medra en la noche, más espesa
hace la sombra, y más durable acaso.

No quiso Dios que dieras ese paso,
y ya del solo intento bien le pesa;
que tropezaras y cayeras, ésa
es justicia de Dios: no le hagas caso.

¿Por lo que triunfo y lo que logro, ciego,
me nombras y me amas?: yo me niego,
y en ese espejo no me reconozco.

Yo soy el acto de quebrar la esencia:
yo soy el que no soy. Yo no conozco
más modo de virtud que la impotencia.

Marcelo Bielsa, que no es poeta sino entrenador de fútbol (aunque bien podría serlo), habla también siempre del efecto nocivo que tienen los halagos, un espejo convexo devolviéndonos la imagen alterada de nosotros mismos (“y en ese espejo no me reconozco”). No diré que el fracaso no nos devuelva también una imagen distinta de lo que somos, pero al menos no alimenta nuestro ego, ese monstruo que nos bloquea, nos atenaza y nos impide pensar con claridad antes incluso de que podamos decir que hemos hecho algo realmente importante.

Es posible que, como reconoció valientemente aquel profesor, sea la falta de talento para crear lo que me haya arrojado irremediablemente a los brazos de la literatura. Bueno, ¿y? Quiero investigar, enseñar, aprender y escribir, y, al menos una vez al día, quiero pinchar en hueso y fracasar en algo. Es mi derecho y es mi deber para recordar quién soy y que casi nada de lo que digo es genuinamente mío, sino refritos expuestos con más o menos gracia de quienes leyeron, escribieron y supieron más que yo. Entonces, y solo entonces, me recostaré ufano sobre el respaldo de mi silla de escritorio para felicitarme pensando que he necesitado la disciplina de un samurái para perpetrar mi articulito de 800 palabras.

Pero si todo esto falla, siempre guardo para mí este aforismo de otro gigante: César Vallejo. Es ideal para estamparlo en la frente de todos los que, con una sonrisa, nos invitan siempre a esforzarnos un poco más, a ser un poco más productivos: “Si no ha de ser bonita la vida, ¡que se lo coman todo y qué más da!”.

David Vázquez Baciero – @davidvazbaciero – Más artículos de David

 

Un comentario

  1. ¡Genial recorrido por los orígenes del pensar y del escribir! El “yo quiero” porque parece que, “realmente”, “yo no puedo”…En última instancia, el intento, fracasado o no, el intento es la misma raíz del ser hombre, de la cultura; eso sí, salga lo que salga de nuestro desconocimiento, de nuestro inconsciente eterno de no saber lo que somos y no somos, no creo que sea muy lícito dejar en la estacada al “ego”, es a partir de su ser “agujero y vacío del no ser” que puede aflorar lo que aflore. En todo caso, más que la “gloria del intento”, yo apostaría por el placer y el poder del intento: tanto monta, monta tanto.

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