Galdós sabía por qué

David Vázquez Baciero

Galdós sabía por qué - DiarioE

Un joven viste vaqueros, camisa blanca y americana de sport el día de la presentación de su Trabajo de Fin de Grado de Filología Hispánica (él se resiste a llamarlo Español: Lengua y Literatura). Suena la ventilación del edificio, pero a finales de junio nota cómo pequeñas gotas de sudor perlan su frente. Incómodo, se revuelve en su asiento. La ropa que lleva la compró hace unos meses, antes de verse recluido en la biblioteca para preparar los últimos trabajos y exámenes del Grado. El resultado es que la americana no abrocha, igual que el último botón del pantalón vaquero. La camisa, en cambio, se deja poner, pero no transpira lo suficiente y teme que ni tan siquiera llevar otra prenda encima (y se da cuenta de que a su alrededor todos se la han quitado) lo disimule. Su trabajo lleva por título algo así como “Tristana, una metáfora irónica de la España del Sexenio”. La novela básicamente trata de cómo las esperanzas y expectativas de una chica se ven truncadas por un sistema literario que inflama su imaginación mientras sirve de apoyo y de mapa de representación simbólica sobre el que se sustenta la sociedad que al final la termina sometiendo. Pues bien, lo que nuestro joven intenta demostrar es que esa novela no habla sobre la mujer. No, qué va, para nada. En realidad se trata de toda una metáfora irónica (ahí queda eso) de ESPAÑA, con mayúscula, en la que se ríe de las pretensiones revolucionarias de las que fuimos víctimas en tiempos de la I República. Con dos cojones.

Entre los pocos asistentes al acto de defensa de los trabajos destaca un señor mayor que deja descansar ambas manos en un bastón con mango negro y detalles de Swarovski. Viste traje gris de raya diplomática con jersey negro de cuello de cisne que, antes que añadir calor, parece aislarle de él. Tapa parte de su cara un profuso bigote blanco. Sentado en una esquina, entre las últimas filas, donde puede ver sin ser visto, toma notas en un bloc al tiempo que contempla cómo su joven admirador defiende con verdadero ardor una lectura de Tristana que, por momentos, le hace creer al muy infeliz que de verdad tiene algo que decir, que es capaz de ver más allá de la ceguera de los demás. Evidentemente, el joven no ha entendido nada, pero eso a nuestro espectador no le extraña. Tampoco se sorprende cuando, acabada la exposición, sus profesores alaban de forma unánime un trabajo que juzgan como coherente, pertinente, argumentado con solidez, defendido con pasión y, sobre todo, “interesante”, que es lo que decimos los que nos dedicamos a la literatura cuando en realidad no sabemos muy bien qué más decir. Cuando acaban las loas y el estudiante, aun excitado, se sienta, nuestro señor mayor se levanta, toca su hombro y susurra a su oído un “Enhorabuena”. Él sabe por qué.

Si nos imaginamos la realidad como un reloj en cuyo interior existen unos complejos engranajes que hacen que todo funcione como funciona, debemos pensar en Benito Pérez Galdós como un maestro relojero que lo abre y juega con él para entenderlo. Cambia los engranajes pequeños por unos más grandes y viceversa, lo arma y lo desarma mil veces antes de cerrarlo y comprobar qué efectos tienen sus cambios en el minutero. Para su desesperación, siempre es lo mismo: la aguja termina marcando una y otra vez las doce antes de volver a empezar otra vez. Esto decía, por ejemplo, de la clase política de su tiempo en 1912 en su ensayo “La fe nacional y otros escritos”:

       Los dos partidos que se han concordado para turnarse pacíficamente en el Poder son dos manadas de hombres que no aspiran más que a pastar en el presupuesto. Carecen de ideales, ningún fin elevado los mueve; no mejorarán en lo más mínimo las condiciones de vida de esta infeliz raza, pobrísima y analfabeta. Pasarán unos tras otros dejando todo como hoy se halla, y llevarán a España a un estado de consunción que, de fijo, ha de acabar en muerte. No acometerán ni el problema religioso, ni el económico, ni el educativo; no harán más que burocracia pura, caciquismo, estéril trabajo de recomendaciones, favores a los amigotes, legislar sin ninguna eficacia práctica, y adelante con los farolitos… Si nada se puede esperar de las turbas monárquicas, tampoco debemos tener fe en la grey revolucionaria (…) No creo ni en los revolucionarios de nuevo cuño ni en los antediluvianos (…) La España que aspira a un cambio radical y violento de la política se está quedando, a mi entender, tan anémica como la otra. Han de pasar años, tal vez lustros, antes de que este Régimen, atacado de tuberculosis étnica, sea sustituido por otro que traiga nueva sangre y nuevos focos de lumbre mental. Tendremos que esperar como mínimo 100 años más para que en este tiempo, si hay mucha suerte, nazcan personas más sabias y menos chorizos de los que tenemos actualmente”. (Fragmento extraído del blog Desequilibrios, disponible en: http://desequilibros.blogspot.com.es/2014/01/el-bipartidismo-segun-perez-galdos-hace.html)

El minutero siempre llegando a en punto y, después, vuelta a empezar. Así una y otra vez. El pobre Galdós.

Sentado en los vagones de los trenes destinados a quienes apenas se lo podían pagar no solo entendió cómo hablábamos y cómo vestíamos, sino que supo que nos explotaban antes de que en España interiorizásemos que un fantasma recorría Europa. Por supuesto, entendió los problemas (dicho en culto: problemática) de la mujer, que refleja en los temas (dicho en culto: temática) que abordó en muchas de sus novelas bastante antes de que nos sintiésemos modernos por leer a Virginia Woolf y citar de memoria a Hannah Arendt y Judith Butler y, dicho sea de paso, literalmente un siglo antes que yo.

Galdós sabía por qué

Por eso, si en tu trabajo tienen muy claro a qué hora debes entrar pero no del todo a qué hora debes salir, si tu banco no para de enviarte mensajes invitándote a que amplíes tu préstamo hipotecario para comprarte un coche, si tu “Coach” te recuerda que querer es poder, si tu novio no ve muy bien que salgas con una falda tan corta, hazte un favor y lee cualquier novela de Galdós: él entiende por qué.

Y en cuanto a mí, Benito, macho, perdóname el destrozo. Ahora todos sabéis por qué.

David Vázquez Baciero – @davidvazbaciero – Más artículos de David

 

Un comentario

  1. Por desgracia así es David, no hay nada nuevo bajo el sol… Se necesita una regeneración total de la vida política.

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