Las destronadas

Pedro J. Barrios Rodríguez

Las destronadas - DiarioE

Despertamos en la mañana para afrontar un nuevo día. Nos sentamos soñolientos ante el televisor con el café humeante y, una vez más, nos topamos con él: un nuevo caso de acoso sexual o violación. Pero nosotros seguimos teniendo el mismo sueño. No hay reacción por nuestra parte; con suerte, una indescifrable mueca o un ligero suspiro. Con gran pesadumbre por parte de muchos, estamos acostumbrados a que este tipo de sucesos formen parte del guion de los telediarios o de las páginas de prensa de manera casi cotidiana. El cinismo tan característico de la sociedad en que vivimos ha hecho que lo aceptemos como algo baladí, algo con lo que hemos aprendido a convivir y no merece mayor atención. Así que salimos de casa, ya más despiertos por la dosis de cafeína, sin remanente alguno en nuestra memoria de las palabras de la presentadora de las noticias.

No se trata de un dogma que, como tal, no pueda estar sujeto a análisis alguno, que hayamos de abrazar e interiorizar sin cuestionarlo ni siquiera en su más mínimo detalle. Detrás del iracundo impulso que lleva a un hombre a cometer tales reprobables actos existe algo más que el simple deseo sexual, más que la necesidad ardiente de alcanzar ese clímax imposible de describir con palabras planas o figura retórica alguna. Escondida bajo el estrato más recóndito de nuestra percepción del mundo, subliminalmente potenciada por diferentes actores que no he de mencionar aquí, mora una herencia cultural muy impregnada en nosotros que ha atravesado el curso de los milenios, saliendo airosa, e incluso reforzada, de los envites de la historia: la idea del dominio del hombre sobre la mujer.

Por increíble que parezca en el siglo que, con toda seguridad, dará el pistoletazo de salida definitivo a la conquista espacial, hubo un tiempo neonato en que el ser humano era nómada. Apenas había desarrollado un lenguaje inteligente, y no conocía el fuego que lo protegería de las bestias que lo depredaban a la caída de la noche. No tenía más remedio que desplazarse constantemente en busca de alimento, viviendo de lo que la naturaleza le aportaba. Su instinto le hizo saber que dependía de los caprichos de la madre tierra para su supervivencia, pues era ella quien lo alimentaba o dejaba de hacerlo, era ella quien decidía quién viviría y quién perecería. El desarrollo de su nivel de inteligencia —aún relativamente precario— trajo consigo el nacimiento de una forma de cultura, de una identidad que diferenciaba a un grupo humano de otro, y el surgimiento de una forma de religión. Por entonces, en eras de nacientes y primitivas sociedades, ¿quién tuvo el privilegio de ocupar el trono divino? ¿Quién era el ser más poderoso, el que concedía la vida o le ponía un fin? ¿A quién habían de agradecer nuestros antepasados los alimentos con que saciaban la primera y más básica de las necesidades? Dios todavía no existía, si es que alguna vez existió antes de que el superhombre de Nietzsche lo asesinara. A los ojos del ser humano primitivo, no había ser más divino que la propia tierra, cuyos frutos, cuyo vientre, cuya esencia, se personificó en la figura de la mujer, única dadora de la vida y sola merecedora de ocupar el único trono ante el que jamás hemos de arrodillarnos.

Las destronadas - DiarioE

Pero aprendimos demasiado, para bien y —en este caso— para mal. Aprendimos a cultivar la tierra y nos volvimos sedentarios. Ya no estábamos sujetos por completo a los designios de la madre tierra, pues, cada vez más, aprendimos a controlarla, a modificarla, a utilizarla en nuestro beneficio. ¿Qué diosa, sin importar su nombre, merecía tal título si unos simples mortales podíamos someterla? Destronada esta, restaba el sexo masculino, el hombre, al que coronamos en su lugar, y relegamos y esclavizamos a la mujer, ya desprovista de su antiguo carácter sagrado, a su mera función reproductora. Con la posesión de la tierra vino, irremediablemente, la posesión de la mujer. Las religiones que surgieron inmediatamente después, con divinidades supremas masculinas, se encargaron celosamente de potenciar la idea del dominio del hombre y de la servidumbre de la mujer a sus deseos, la idea del odio hacia la antigua diosa, para que no recuperase el lugar que siempre le ha correspondido, con las consecuencias que ello habría tenido en la sociedad. Hicimos de ella la personificación del mal, impías desde su nacimiento, un ser contra el que habíamos de luchar para someterlo.

Tras miles de años, esta concepción sigue por desgracia anclada en nuestra sociedad, como tantas víctimas demuestran. Ahora la bestia es el hombre, acechante en las sombras con una llama que no se ha extinguido en siglos, con un odio subyacente que les impide a ellas caminar tranquilas de noche. No hay hombre que merezca ni el más mínimo ápice de respeto si no es bien consciente de que está en este mundo gracias a una mujer, independientemente de que haya cometido o no este tipo de actos deleznables. Solo ellas, todas las destronadas, madres, novias, amigas, desconocidas, son dignas de nuestra máxima sumisión; es más, quizás una mujer sea de lo poco por lo que merece la pena morir, devolviéndole así la ofrenda que nos hizo ella al darnos la vida, en sentido literal y figurado. Pero ellas no nos trajeron al mundo para poseerlas, para someterlas, para que lo último que vean sus aterrados ojos sea ese odio ancestral y visceral que terminará por cerrárselos…

Hoy tampoco he tomado café. Pero, tras haber apagado el televisor, camino al trabajo completamente despierto.

Pedro J. Barrios Rodríguez

 

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