El valle de Heidi existe. Mogrovejo

Inmaculada Latorre Hernández

El valle de Heidi existe. Mogrovejo

Hay un país mágico anclado en las montañas donde yo era niña que salía todos los fines de semana por la televisión, esas televisiones que todavía eran casi en blanco y negro con dos canales, y yo esperaba paciente con gran devoción para poder disfrutar con el capítulo siguiente de mi serie de dibujos animados favorita que se proyectaba todos los domingos por la tarde. Si además el domingo ya se había terminado con los deberes como Dios mandaba, el sábado a más tardar, entonces el regusto era doble porque ya nada había que interrumpiera la dicha tan gozosa en la que una se sumergía viendo a plena conciencia, sin el menor remordimiento que ocupara tu mente, el nuevo capitulo de Heidi.

¡Que tiempos tan gloriosos y con qué poquito una era feliz! Bastaba con una tarde de domingo, el deber cumplido, tu habitación ordenada y tus plegarias lanzadas en la misa de la mañana para prepararse a rematar la semana así, inocente y gozosa, en compañía de aquella niña tan inocente y gozosa como tú. Esa criatura que sonreía desde el amanecer gritando por el ventanuco de la buhardilla de su cabaña de montaña: “Buenos días abuelito” y salía correteando rebosante de vida con los brazos abiertos como si quisiera agarrar toda la montaña que cubría el fondo del valle y corría y corría y seguía corriendo hasta encontrar a Pedro, allá en lo alto de la montaña rodeado de sus cabras. Blanquita, la cabra más salada que he conocido nunca, iba corriendo hacia Heidi nada más ver a la niña asomar la loma con su pajarillo “Pichi” revoloteando a su alrededor y Niebla, la mascota de la familia, algo más rezagada corría también capítulo tras capítulo para alcanzar a la niña allí hacia todos los sitios del precioso valle de ese país mágico por donde Heidi nos llevaba con su presencia.

Traviesa, dulce como la miel en el trato humano y sincera como una recién nacida, Heidi sabía sacar a la vida de cada capítulo una presencia de valores humanos que dignificaban a todos los personajes, incluso a los más malos, hasta el punto de dejar sembrada una semillita en la mente de los niños que la veíamos así, tan resoluta y simplona para solucionar los problemas cotidianos y otros más gordos que trae la vida de un niño. Heidi sabia hacer del problema tan sólo un contratiempo sin más quejas ni protestas, con la soltura de una personita muy pequeña pero muy grande de mente, tan grande que se diría casi de algodón, en lo que convertía aquella niña cualquier piedra del camino de esas que a la mayoría no solo nos hacen tropezar sino que además nos aplastan.

El valle de Heidi existe. Mogrovejo - DiarioE

Yo creía que un valle así podía existir incluso una niña así, un abuelito así, un Pedro así y un montón más de “así” de los que me encandilaban capítulo tras capítulo ¿Por qué no, si una vez la hermana Blanca me dijo que puede existir todo lo que tú te propongas que exista y haces para que exista y se lo pides a Dios para que te ayude a crearlo? Y si lo haces con humildad y buen hacer y mucho insistir y perseverar en ello con fe, esperanza y caridad, de la buena no de la intencionada para conseguir las cosas a través de la manipulación ajena, al final todo puede conseguirse en la vida. No hay imposibles para que los sueños se conviertan en realidad sólo hay ganas de que se hagan realidad.

La hermana Blanca no era una buena coach, ni psicóloga, ni filósofa, ni teóloga ni un montón de “ni” de los que a mí tanto me encandilaban por entonces. La hermana Blanca tan sólo nos daba religión, historia y literatura pero siempre pensé que todas las misiones en las que había estado de joven rodeada de pobreza y miserias humanas le habían hecho así, la habían preparado para dar clases más allá de la materia porque era evidente que esa monja tenía respuesta para todo y en sus consejos, casi todos entendidos tarde y a destiempo, se percibía ese trocito de sabiduría arrancada a la vida a base de vivirla y de probarla y probarse, midiéndose y encontrándose una en la más ardua realidad, entre avatares y batallas sin cuento, blandiendo espadas, no al aire de problemas imaginados, sino en todo aquello que a la monja se le ponía por delante, que era mucho, muy crudo y muy real como para contarlo en este post.

Me di cuenta de todo esto demasiado tarde, como siempre ha pasado con mi carácter inquieto y afín a comprobarlo todo en la vida por la experiencia propia, sin hacer caso de consejo ajeno, por eso de que vida sólo hay una y es la que te ha tocado vivir a ti y no al otro. Pero en mi recuerdo siempre quedó aquella forma de luchar y vencer en la vida de la hermana Blanca y en los momentos más crudos, acorralada, a punto de rendirme, cuando ya no daba más de sí esa mujer de carácter en la que me había entrenado para convertirme en toda una mujer ideal (sumamente inteligente y sobradamente preparada) me di cuenta que ya no estaba tan encantada de haberme conocido como me prometieron que estaría si conseguía ser así, no por nada, sólo porque ya no me conocía ni a mí misma. Y todos esos consejos de la hermana Blanca a modo de recuerdos vinieron a rescatarme y es así como comenzó la lucha de mi vida a decantarse a mi favor, cuando retomando el camino que me marcaba Heidi por su valle lo tomé de nuevo y lo seguí en mi plena esencia de niña encantada con las armas de mujer de aquella monja que todo lo podía porque todo puede hacerse realidad, hasta tus sueños.

El otro día en un viaje a Cantabria quedó más que cumplido este sueño del país encantado de Heidi pues no sólo existía en los dibujos animados o a modo de metáfora de lo bueno que hay en cada uno de nosotros y en la vida, sino que el lugar existe en la realidad. Si, si… como lo estas leyendo. El pueblo se llama Mogrovejo y allí se han rodado los nuevos capítulos de Heidi. Pasear por sus calles es volver a la realidad de un sueño que se cumple. A mí ya se me cumplió en su metáfora y en mi último viaje tuve la gran sorpresa, llena de dicha, de culminar esta metáfora con el paisaje real.

Inmaculada Latorre Hernández – Más artículos de Inmaculada

 

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