El negocio de la ropa usada

Virginia García Franco

El negocio de la ropa usada

Les voy a contar lo que me ocurrió el otro día. Resulta que iba paseando por las calles de mi ciudad, cuando me di cuenta de la gran cantidad de contenedores para donar ropa de segunda mano que se encuentran instalados en las principales vías de la urbe. La mayoría pertenecen a Cáritas, pero otros muchos son propiedad de entidades desconocidas o de escaso renombre que no suscitan las más mínima confianza. La verdad es que cada vez que he querido donar ropa, precisamente la que no ha pasado a hermanos u otras familiares, lo he hecho a través del colegio (cuando era más pequeña), o llevándola directamente a las instalaciones de Cáritas que existen en mi ciudad y que están para acoger ese tipo de donaciones, entre otras, a pesar de que la mía ha sido recibida no sin reparos por parte de sus trabajadores y voluntarios. Reconozco que también resulta de lo más normal, cuando lo que aparentemente desean es recibir ropa de segunda mano pero en buen estado y que ellos puedan proporcionar a las personas que la necesiten.

Digo, estaba yo paseando por mi ciudad, cuando me fijé en un contenedor en concreto dispuesto delante de mí. Siempre nos preguntamos, o al menos yo lo hago, a donde irá a parar la ropa que metemos en esos armatostes de metal. Es decir, si es cierto que con ella se vestirán cientos de niños en un pueblo de África o irá a los mercadillos de algunos pueblos de España. No lo tengo tan claro. Lo que sí sé es que pasé el tiempo suficiente mirando ese contenedor para darme cuenta de que sirven para algo.

Dicen que la crisis ha creado una sociedad más solidaria. Según la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) cada español se deshace de siete kilos de ropa, lo que supone un total de 160 millones al año. Imagínense a cuantas personas se puede vestir con semejante volumen de ropa. Lo que ocurre es que las prendas son de tan mala calidad que ya no pasan de los tres lavados. Eso supone que gastamos y compramos más ropa por valor de cuatro o siete euros, y que desechamos la que no pasa nuestros filtros del buen gusto.

Les digo, miraba ese contenedor que al parecer estaba a rebosar de ropa, ya que había depositadas bolsas con más prendas a los pies del mismo; cuando vi acercarse a un señor que se agachó para coger una de las bolsas que allí estaban. Y lo mismo que la cogió, se fue. No me gustaría pensar que se trataba de recoger la ropa para luego hacer negocio con ella, sino que esa persona realmente la necesitaba y vio la forma de conseguirla de la manera más digna posible.

Lo que yo digo, señores, dar y regalar. Pensemos siempre que nuestros buenos actos van a hacer bien al prójimo, aunque no seamos tan inocentes de imaginar que en este mundo todo lo que se regala tiene un precio.

Virginia García Franco

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