El hobo peludo se mosquea con los milenials

Jaime Morillo Caraballo

El hobo peludo se mosquea con los milenials

“Dondequiera que encuentres la injusticia, la forma adecuada de cortesía es el ataque” (T-Bone Delgado).

Ella estaba de pie delante mía, fría y virginal, por unos momentos creí que se merecía mi confianza, a pesar de su juventud, la creí lo suficiente madurara o cuerda para entenderme, así que le comenté cómo terminaba la historia que le estaba contado, solo le dije la verdad, entonces su mirada cambió, y esos ojos marrones se llenaron de desprecio y de terribles nubarrones, tras eso dio su voz calmada paso a una indignada y llena de veneno:

– La violencia no está justificada nunca, deberían haberte despedido.

Tras su rápido juicio asentí con la cabeza, la miré en silencio, me puse mi gorra manchada de grasa y mientras me volvía para no hablarle nunca más supe que todo estaba perdido, que era otra más en la multitud, así que decidí que esto último era la gota que colmaba el vaso, que ya me había cansado de tanto joven, por lo que durante un tiempo frecuenté peluquerías de viejo, bares mortecinos y estancos de apuestas de caballos. Y tras eso cuando creí que podría volver a la sociedad, a esta locura, uní todas mis ideas y decidí escribir este artículo, que como siempre hago por principios; y porque ya hay demasiadas voces en mi silencio.

Y es que la historia que le conté no era para tanto, era la típica historia de chaval en uno de sus primeros trabajos de mozo de almacén, el chaval trabaja 12 horas diarias todos los días, delante suya le habían puesto a unas de las secretarias de uno de sus jefes, pues su despacho se había inundado con las últimas lluvias; el chaval todos los días corre montando pedidos, mientras a su lado la secretaria, chatea y canta, y es esto último es lo que le saca de quicio, el necesita concentración y silencio para que su cabeza funcione, para que ese gran plan que crea a diario funcione y no se equivoque, sabe que un descuido le puede costar el empleo, él se lo explica a lo largo de varios días varias veces e intenta razonar, pero ella no entiende o no quiere entender (algo muy propio de las mujeres), ella sonríe y se hace la loca, la orgullosa, la herida, la víctima fatal, hasta que llega un día, un mal día, de esos que el universo te escupe a la cara, un día de esos en que estás estresados y ya no puedes más, en donde se te acumulan los pedidos, el teléfono no para de sonar y cada tres pasos sucede algo horrible. Y en este cúmulo de despropósitos ella canta, canta más fuerte y su voz te rompe, te quiebra el alma, pues es una voz falsa y absurda, ajena a todo, al sufrimiento del chaval, del sudor que corre por sienes, al olor a hombre destrozado que este despide, ella sigue cantando y su canción, que ya es, una mofa, le taladra, le taladra la sonrisa mala y burlona que hay tras ella, su entonación y tono lo devora.

Y este buen muchacho explota, como ser humano que es, le dice que se calle, pero ella sigue, se lo dice más fuerte, pero ella habla sobre la democracia y le acusa de machista, en ese momento al chaval se le va la cabeza, no ve nada solo un agujero negro caliente delante suya que lo consume, solo siente su pesada reparación y un calor que le quema le mente, el cuerpo y lo poco que le queda de cordura, por unos momentos ya no es un hombre solo es un toro, un animal irracional que quiere embestir, morder y cagarse en su enemigo. Y entonces toma una mala decisión: coge lo primero que tiene a mano y se lo arroja con odio e ira. Después se oye algo blando rebotar en el cristal, por suerte (de ella) su puntería era mala y la goma de borrar no era muy aerodinámica tampoco, entonces se hace el silencio y lo único que sabe el chaval a ciencia cierta mientras ve la cara de harpía de la secretaria es que esta jodido, muy jodido.

Ella como animal amaestrado en la maldad y el victimismo sale corriendo dejando un aire frio en la habitación, de repente dos fugaces lagrimas que jamás estuvieron ahí manan, sube las escaleras y entra en el despacho de la jefa de personal y se echa a sus brazos desconsolada y afligida, víctima de una cruel violación gomatolística. Entonces todos los compañeros reaccionan al unísono, se levantan de sus escritorios, dejan sus cafés, sus sudokus, dejan de chatear, dejan de jugar al solitario y todos juntos le dan un abrazo lleno de amor y solidaridad, mientras tanto en la planta de abajo, solo, hay un hombre que sigue haciendo pedidos, sudando y llorando, sabiendo que todo está perdido. Solo es un pedazo de escoria.

Tras eso ella no volvió a cantar delante suya, aunque el chaval estuvo suspendido de sueldo 10 días y tuvo que asistir a diez sesiones de terapia de control de la ira, la primera sesión le costó 60€, tras la primera falsificó la firma del doctor y cuando la jefa de personal le pidió los volantes de las 10 citas a las que había comprometido ir para no ser despedido le mostró unas hermosas fotocopias a color a 25 céntimos las unidad. Cuando se las entregó ella ni siquiera las miró, las metió en un cajón, dando por zanjado el asunto y de seguro allí seguirán. De esa historia ya hace 8 años, toda una vida y ese chaval era yo, después de eso mi padre me preguntó porque no había ido a las nueve citas restantes con el psicólogo, pues pensaba que estaba loco, así que dije la verdad, pues era el único hombre que conocía que se la merecía:

 – No estoy lo suficientemente loco para gastarme 600€ en una mujer que no me he follado.

El me miró y viendo mis razones decidió callar, era mejor así, Además el psicólogo estaba más interesado en saber cuántas veces me masturbaba, en si era feliz (como si lo fuera), así que en un arrebato de sinceridad le expliqué toda mi mierda: mis tendencias suicidas, el sentimiento de vacío que siempre me rodea y acompaña, el porqué de toda mi ira y ya de paso le pregunté el porqué de tanta mala suerte; éste no supo responderme a ninguna de mis cuestiones con franqueza, no era el hombre indicado para mí.

Y así esos sentimientos siguieron allí tras un largo camino de derrota, miedo, asco, fealdad y fracaso, pero no importa pues todo ese camino me ha dado algo de lo que la mayoría de la gente carece, es algo que a lo mejor no se le da mucha importancia pero a mí me sirve para seguir adelante aunque a veces no pueda; estoy hablando de esa neblina dorada llamada lucidez, pero no de la lucidez de los genios o los instruidos, ni tampoco la lucidez de los responsables y afamados, ni las de los visionarios y triunfadores, no, es la lucidez de saber que todo es una mierda, que el destino de algunos está escrito en un cartón manchado de vino, que esta larga lucha solo conlleva en definitiva pérdida y derrota, y que aunque remes a contracorriente siempre el mar acaba ganado, que lo único que puedes hacer si eres un ser como yo es seguir de pie recibiendo los golpes esperando ese golpe de suerte que no llega, esa mano que te salve, aunque en el fondo sepas que jamás eso va llegar y que lo más lógico, lo más sensato sería acabar ya con todo esto. Mi lucidez es la de los extraños, los freaks, los hobos y los locos. La ética del perdedor. La fe de los hombres a los que dios dejó de creer aunque éstos se afanen el rezarle, esperando eternamente.

Seguir leyendo…

Jaime Morillo Caraballo

 

2 comentarios

  1. Tu positividad ante la vida me devuelve las ganas de vivir 🙂
    Necesito que mañana te quedes hasta las 23:00 que mi hermano tiene que ir a recoger agua

    Me gusta

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