Mi padre, Rafael Reig y yo

David Vázquez Baciero

 

Mi padre, Rafael Reig y yo
Rafael Reig – Imagen: elmundo.es

 

Todavía recuerdo aquel lejano domingo de 2008 en el que mi padre, emocionado, arrojó un ejemplar del diario Público sobre la mesa del salón al grito de “¡Mira lo que he comprado! Es un periódico nuevo. No sé ni de qué va”. Yo tenía escasos 16 años, pero ya llevaba unos cuantos obligándome a mí mismo a leer eso que llaman “prensa seria” para formarme mi propia opinión. Así me lo pedía siempre mi padre: “Tienes que pensar las cosas por ti mismo”. Y yo obedecía. De vez en cuando raptaba el ejemplar de El Mundo que dejaban en el aula de mi colegio concertado para echarle un ojo entre clase y clase. Siempre un ejemplar en cada aula, y siempre El Mundo. Porque la pluralidad de ideas ha sido siempre enemiga de la eficacia cuando se pretende formar cristianos de bien.

Como todos, empecé a formarme mi opinión política por oposición. Cuando somos adolescentes, uno empieza no sabiendo muy bien a favor de qué está, pero sí que tenemos todos muy claro en contra de qué estamos, contra qué estamos dispuestos a luchar. Por ejemplo, yo no sabía quién era ese tal Pedro J., pero a mí me parecía que solo escribía tonterías. Si en ese momento me hubiesen preguntado por mi posición sobre cualquier asunto, hubiese contestado sin dudar: “Lo contrario de lo que piense este tipo”. ¡Y lo peor es que además era el director!

No te voy a engañar: a pesar de los denodados esfuerzos de mi padre, eso que él llamaba “prensa de verdad” se me caía de las manos. Por eso aquel domingo fue para mí toda una revelación. Me pasé el resto de la mañana devorando Público, y descubrí que la diferencia entre una postura de progreso divina, de estómagos agradecidos, complaciente, complacida y pagada de sí misma y el verdadero compromiso político es que lo segundo es siempre mucho más divertido.

Recuerdo que el columnista que más me gustó con diferencia fue un señor que en la foto aparecía con media sonrisa y bigote de otra época. Acostumbrado como estaba a leer a tanto columnista que se tomaba tan en serio a sí mismo, atrajo mi interés. Su artículo me tuvo un buen rato riendo a mandíbula batiente. Básicamente, lo que hacía era tomar las últimas declaraciones del político de turno y destrozarlas desde todos los puntos de vista: sintáctico, léxico, semántico y estilístico. Era como leer uno de esos insoportables comentarios de texto que nos mandaban en clase, pero en versión kamikaze, como escrito por un alumno díscolo con ganas de suspender la asignatura de por vida (y, más tarde lo supe, escrito muy bien, con una sabiduría inigualable). El autor se llamaba Rafael Reig, y, aunque yo no lo sabía, acababa de cambiarme la vida.

El hecho es que durante los siguientes años seguí leyendo Público, pero ya no lo hacía por complacer a mi padre, sino porque, en efecto, estaba empezando a formarme mi propia idea sobre las cosas. El proceso era al revés de como yo me lo había imaginado: no se trataba de reflexionar y de rebuscar en mis adentros qué opinaba yo, sino de permitir que fueran las ideas las que me encontraran a mí. Después descubriría que así es como sucede siempre, y he intentado inculcar esta idea en mis alumnos. Con éxito dispar, naturalmente.

Volviendo sobre Rafael Reig, tal fue el amor que despertó en mí por la literatura y por la vida que la primera vez que fui a la Feria del Libro de Madrid acudí a verlo expresamente a él. Corría el año 2011, y lo encontré en una caseta bastante más solitaria de lo que me esperaba y con el sempiterno vaso de whisky en la mano. Tras revolotear un buen rato por los alrededores, me armé de valor y me acerqué. El corazón me latía a mil por hora. Me recibió con una sonrisa de oreja a oreja, y, mientras le entregaba Manual de literatura para caníbales, el libro que me llevó a renunciar a mi prometedora carrera como periodista para especializarme en algo tan inútil como la literatura, fueron tantas las ideas que se me agolparon en la cabeza, tanto lo que sentía y lo que quería expresar, que solo acerté a decir: “¡Eres el puto amo!”. Emitió una sonora carcajada, tras la que contestó: “No, hombre, no, yo solo leo y escribo libros. ¿Cómo te llamabas?”. Instantes después terminaba de garabatear su firma antes de devolverme el volumen. Sin capacidad para decirle nada más, me di la vuelta y me fui.

Avergonzado, triste, cabizbajo y pensativo bajé al andén del metro en la estación del Retiro mientras pensaba: “Joder, David, tronco, tienes a Rafael Reig delante, el mejor escritor del siglo XXI y muy probablemente también del XXII, y a ti solo se te ocurre decirle que es el puto amo. Enhorabuena, te has coronado, ahora debe de pensar que eres imbécil”. Mientras se detenía delante de mí el vagón, abrí el libro por la primera página y leí su dedicatoria, la misma que puedes ver en esta imagen:

Mi padre, Rafael Reig y yo

Probablemente, quien se bajase en ese momento en la estación vio a un muchacho de 18 años al que se le había iluminado el rostro. Empecé a pensar en nuestro encuentro en otros términos: “Bueno, conociéndole, seguro que no le ha importado. Además, qué cojones, le has dicho una verdad como un templo: es el puto amo”.

Desde entonces, cada vez que publica una novela acudo ese año en peregrinación a su caseta para que me la firme. De todas las que tengo, me gusta especialmente ésta:

Mi padre, Rafael Reig y yo

Y tampoco está mal esta otra. Puro Rafa Reig:

Mi padre, Rafael Reig y yo

No obstante, la última vez que fui a verlo no fue en la Feria del Libro de Madrid que se celebra estos días ni fue con motivo de la publicación de otra novela. Fue en Cercedilla, cerca de la librería que regenta junto con su novia Violeta. Acudí a entrevistarle con motivo de unas Jornadas de literatura que se celebran en la Universidad Autónoma estos días en torno a la literatura y el canon. Yo voy básicamente para hablar de Rafael Reig como autor situado en los márgenes de dicho canon (apuesto a que ni has oído hablar de él), y su testimonio me parecía imprescindible. Me recibió con la misma sonrisa con la que lo hizo hace ya 7 largos años y me trató con el mismo cariño durante la hora y media que duró una entrevista que terminó siendo una conversación distendida entre un autor y un lector fascinado. Me apetece mucho compartirla con vosotros, pero tendrá que ser en otro momento. Ahora, me apetece tumbarme para releer por enésima vez esta joya:

Mi padre, Rafael Reig y yo

David Vázquez Baciero – @davidvazbaciero – Más artículos de David

 

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