Patinando sobre el cielo

Israel R. Godínez

Patinando sobre el cielo

Las ruedas parecían ya algo desgastadas por el continuo traqueteo que el gallego le infería con sus múltiples saltos. Podía sentir la libertad que su querida tabla de madera le obsequiaba en cada movimiento y pirueta. El tiempo se desvanecía. Sus dos amigos le observaban con el fin de poder imitar tales saltos. Las bicicletas, aparcadas en un banco del parque, aguardaban tranquilas a la espera de dirigirlos a sus respectivas viviendas. Aquel ferrolano pensaba en lo gratificante que era poder cambiar su traje y corbata por una camiseta para disfrutar de una de sus mayores pasiones. Sentir cómo se deslizaba por el asfalto, dejar la mente en blanco, olvidarse de todo. La noche llegaba y anunciaba así la llamada a la retirada. Posiblemente el lunes regresaría para encontrarse, una vez más, con tal ansiada sensación…

Hace casi dos mil años la persona más importante que haya pisado este mundo declaró que nadie tiene amor más grande que aquél que da la vida por sus amigos. Parece difícil encontrar a alguien que esté dispuesto a renunciar a toda una vida de amores y desencuentros, de alegrías y tristezas, y a toda una serie de experiencias y nuevas personas surgidas por el camino para que otra persona pueda disfrutar de tales cosas, y pese a que ya ha pasado bastante tiempo desde que estas palabras fueran pronunciadas, el recuerdo aún sigue vivo en todas aquellas personas anónimas que, sin esperar nada a cambio, renuncian a su más preciado tesoro. Ignacio Echevarría aplicó, sin quererlo, tal enseñanza. Y precisamente gracias a esta acción pudo regalar unos segundos de tiempo para que otras personas no corrieran su misma suerte. Como tantos otros actuando de forma temeraria, nunca pudo imaginar que a la semana siguiente nunca más volvería a ese parque para embutir su tabla contra el asfalto. Tampoco imaginó que tres viles bestias, que ya habían entrado en su propio proceso de cosificación, le arrebatarían la vida por intentar salvar otra.

Ignacio pudo haber huido y haberse salvado, dejando que la policía acudiera en auxilio de las víctimas; pero en su fuero interno sabía que no podía quedarse impasible al ver tal escena de brutalidad. El miedo, sentimiento legítimo ante un caso de tal atrocidad, no le paralizó ni lo cohibió. Sin miramientos, bajó de su bicicleta, y con la tabla de madera en la mano, su única arma, convertida ahora en símbolo de valentía y civismo, hizo frente a los asesinos. Su coraje y decisión para frenar una injusticia rememora el sufrimiento y el hastío interno de Jimmy, personaje central de Look Back in Anger (Osborne, 1956), el cual busca desesperadamente que los seres humanos vuelvan a encontrar el propósito por el que están aquí, que la comodidad y la paz reinante en Occidente no anestesie los sentimientos ni haga olvidar que en algún momento todo un planeta se levantó para combatir la muerte y la barbarie, y que la falta de razones por las que luchar no nos haga entrar en una espiral de apatía, repetición y angustia. Ignacio seguirá patinando eternamente allá donde esté, y aquí tendremos que seguir aferrándonos a la vida con tal fuerza que podamos llenarla con todo lo que nos hace felices sin tener que fingir, compartiendo todos esos momentos mágicos con las personas que amamos sin importar lo que cueste, para que, como cientos de personas enarbolaban sus tablas de madera en memoria de tal sacrificio, recordemos que estamos destinados a la grandeza.

Israel R. Godínez

 

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