La desconocida crisis de los 25 años

Pedro J. Barrios Rodríguez

La desconocida crisis de los 25 años - DiarioE

El pinchazo de la burbuja inmobiliaria en los hasta entonces felices años de la década de 2000 sepultó mucho más que los empleos directos e indirectos de miles de españoles. Las primeras rachas de viento gélido que de ella escaparon, además, despertaron la incertidumbre laboral de los recién licenciados universitarios, ávidos por comerse el mundo, como les habían prometido sus padres que harían, progenitores que, sin estudios superiores en muchos casos aunque —por descontado— no sin esfuerzo, habían logrado todo en la vida; hasta que los últimos coletazos, ya transformados en auténticos huracanes, se llevaron el futuro de estos pobres infelices con tres idiomas y máster a tierras extranjeras emocionalmente situadas en la otra punta del mundo.

Estos jóvenes son víctimas de la conocida “titulitis”, inculcada por la sociedad a través de los padres. La obtención de un título universitario representaba un seguro para conseguir un puesto de trabajo a la altura; no obstante, la mayor facilidad de acceso a los estudios superiores tras las conquistas sociales de las últimas décadas no trajo consigo el incremento del empleo para altos cualificados, al menos en la proporción adecuada; por no hablar de la drástica reducción de estos puestos (y de todos en general) con la llegada de la crisis, lo que ha provocado la invasión —y el colapso— del exangüe mercado laboral por parte de miles y miles de licenciados, según los últimos datos, entre 200 000 y 300 000 al año. A estas alturas de la película, habría que plantearse una pregunta muy sencilla: ¿realmente cada año se crean en España entre 200 000 y 300 000 puestos de trabajo para personal altamente cualificado? Sin embargo, no son pocas las medidas que el gobierno podría tomar —si quisiera— para apostar de verdad por la inserción laboral de los recién licenciados, como la reducción de impuestos para las empresas que los contraten sin importar su experiencia, así como la aplicación de ejemplares sanciones para las que no lo hagan; la inversión pública, blindada y masiva, por ese orden, en investigación y desarrollo; la modificación del régimen de autónomos para hacerlo más flexible y sostenible, etc. Es decir, la solución no pasa por poner cada vez más trabas al acceso y la continuación de una carrera universitaria con el fin de reducir el número de egresados, sino por la creación de puestos de trabajo en consonancia con la cualificación que adquieren en dichas aulas.

Visto lo visto, podríamos clasificar a estos recién licenciados en cuatro grupos. El primero lo forman un nuevo tipo de ninis, es decir, jóvenes con un altísimo nivel de formación que no encuentran trabajo y creen que, tras años haciéndolo, de nada les va a servir seguir estudiando con vistas a conseguir uno; han tirado y pisoteado la toalla. El segundo grupo se compone de los licenciados que deciden realizar una formación profesional (de su rama o no), respecto a los conocimientos teóricos muy por debajo del nivel que ya poseen, con el imperioso objetivo de lograr esa experiencia laboral que no han tenido nunca la oportunidad de adquirir y, tal vez, un posterior contrato en la empresa en la que realizan prácticas. El tercero está formado por los que se decantan por estudiar una oposición a fin de asegurarse un puesto fijo en cualquier división del funcionariado. Y el cuarto y último grupo está compuesto por los que sí han encontrado un trabajo acorde con su bagaje universitario, pero han de lidiar con la precariedad laboral que los asfixia a partir del día 15 del mes, sin opción alguna de emanciparse de casa de sus padres o para ello teniendo que recurrir a su menguante ayuda económica —y psicológica— de manera constante. Cada perfil es diferente, pero todos están marcados por la misma impronta: el desencanto, la apatía, la frustración…, la desconocida crisis de los 25 años.

La desconocida crisis de los 25 años - DiarioE

Los 25 no eran una simple edad biológica, sino el punto culminante de una joven vida dedicada a la formación, el inicio de un camino repleto de conquistas y triunfos tanto a nivel profesional como social: trabajo estable y bien remunerado, familia, casa propia y otras tantas promesas que se fueron alejando de la horquilla de lo factible a medida que la implacable crisis engullía sin piedad empleo, ahorros de una vida y gasto público estatal. Todo en lo que esta generación perdida había creído, todo lo que había esperado, todo por lo que había luchado, se esfumó de golpe y porrazo, un tremendo revés que, cuando la mano que lo proyectaría aún estaba cogiendo impulso, las alarmadas voces de los expertos habían visto venir, las cuales fueron ahogadas con más y más cemento y ladrillo.

Las crisis de edad más populares, la de los 40 y la de los 50, son parientes muy lejanos de la de los 25. Esta no se soluciona con un tratamiento de belleza, o con practicar ejercicio para liberar endorfinas, o con el esfuerzo de aceptar que nuestro cuerpo cambia con el paso del tiempo. La de los 25 es una auténtica crisis existencial fruto del desmoronamiento en toda regla de la promesa de una vida plena tras años de sacrificio; es el extravío del objetivo vital que se ha perseguido desde la infancia, a saber, una pronta o más tardía vida acomodada y familiar (el tipo de familia que sea), sin llegar a conocer jamás los números rojos en la cuenta corriente. No obstante, desde 2009-2010 en adelante, la mayoría de estos jóvenes perdidos son caminantes que sino con muros infranqueables se topan al andar, bien en forma de trabajo precario, bien en forma de negativas ante la falta de experiencia (la famosa pescadilla que se muerde la cola), justo lo que les impide poner la primera piedra en la construcción de esa vida tan deseada; y no encuentran o no saben interpretar la brújula que los reconduzca hacia la senda que está despejada, aunque sea más larga que las demás. Pero ¿quién puede culparlos si ellos no hicieron más que lo que les dijeron que tenían que hacer? ¿Quién no entiende su sentimiento de frustración o su deseo de retroceder en el tiempo para volver a los años en los que todavía vivían en una mentira que para ellos era una realidad inviolable? ¿Quién diantres duda de que en nuestros días exista esta crisis hasta entonces desconocida y para la que difícilmente existe una escapatoria que no sea a bordo de un avión y con el pasaporte bien guardado en el bolsillo?

Como sociedad, resulta inaudito a la vez que lamentable conocer a jóvenes de entre 25 y 30 años que sufren de depresión, ansiedad o cualquier otro trastorno psicológico cuya raíz se encuentra en la sombría visión del porvenir que los aguarda. Pero no solo a ellos, pues si son ellos los que hoy día ya deberían estar contribuyendo en masa al mantenimiento del sistema de servicios públicos (salud, pensiones, educación…) con cotizaciones elevadas (el famoso “los jóvenes son el futuro”), y dado que no está siendo así, ¿qué oscuro panorama nos depararán las siguientes décadas, quizás incluso años? Algo está fracasando estrepitosamente en este país, y los vientos de cambio, enrarecidos por la tradición más atávica y el conformismo más reaccionario, nos resultan esquivos.

Alguien dijo alguna vez que la crisis es la mejor bendición que puede sucederle al ser humano, pues trae el progreso y, tomando su fuerza en la angustia, potencia la creatividad. En mi opinión, no hay crisis que merezca el calificativo de “bendición”. Aunque tal vez sea cierto que la solución, o llámese esperanza, pasa por renovarse dentro de las circunstancias particulares del panorama laboral actual y rescatar el objetivo vital que quedó atrapado bajo esa enorme masa de angustia; en otras palabras, la renovación o la desesperación. Todo ha de pasar por la aceptación (por supuesto, con todo el derecho del mundo a resignarse) de que el camino de esta generación no será ni mucho menos recto, pero sabiendo que se termina llegando al mismo destino por muchas curvas —endiabladas algunas de ellas— que haya que salvar, siempre que se tenga muy claro cuál es ese destino.

La generación de los padres de estos jóvenes quizás tuviera las cosas más fáciles que ellos; pero a sus abuelos se lo pusieron infinitamente peor. Y estos últimos, sin ninguna formación, sin apenas saber leer ni escribir, únicamente con la férrea convicción de que se encontraban allí para hacer grandes cosas (nosotros somos un ejemplo viviente de ellas), plantaron cara a cada hora, minuto y segundo de la existencia, que no es sino una lid encarnizada y sempiterna entre el movimiento y el reposo, entre aprovechar la oportunidad y verla alejarse, entre la osadía y el temor, entre vivir y… que la corriente nos lleve a la mar.

Por nuestros abuelos, ejemplos que fueron y que por siempre serán.

Pedro J. Barrios Rodríguez – Más artículos de Pedro J.

2 comentarios

  1. Te comprendo muy bien y lo describes con mucha elocuencia. Los estudios que aseguraban permanentemente un puesto de trabajo ya no sirven para eso… Pero esos conocimientos te van a servir para tener la mente abierta hacía nuevos retos. No hay que dejarse vencer, hay que reinventarse. El mundo está cambiando por días.

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