El atentado

Virginia García Franco

 

El atentado - DiarioE
La Rambla de Barcelona / Fuente: t13.cl

 

Como siempre que ocurren acontecimientos destacados en el curso de la historia de la humanidad, solemos preguntarnos dónde estábamos o qué hacíamos en esos momentos, para poder así explicar mejor nuestras impresiones o nuestra manera de entender las consecuencias de tal acto. Aunque esto ocurre la mayoría de las veces con los acontecimientos positivos, como por ejemplo con la llegada del hombre a la Luna o con aquella vez que España ganó el Mundial, también sucede con circunstancias más graves que nos obligan a respirar de alivio cuando no nos pasan de cerca y a lamentar la suerte de los que les acierta de lleno.

Algo así sucedió con el atentado de Barcelona de este verano. Un verano que, sin duda, muchos recordaremos con dolor y desesperación. Le he tomado el gusto a relatar vivencias propias cuando a actos destacados se refiere, por eso no voy a dejar de contaros qué hacía yo ese 17 de agosto de 2017 y los días posteriores.

Puede decirse que me enteré del atentado de milagro. Esa misma tarde había salido a hacer unas compras con la familia, y el novio de mi hermana (el que viene a ser mi cuñado) le envió un mensaje al móvil a la susodicha para decirnos que minutos antes había entrado un loco con una furgoneta por las Ramblas de Barcelona, arrasando con todo y con todos, y logrando un estropicio monumental a nivel de víctimas humanas que era para coger al conductor de la furgoneta (si es que todavía seguía vivo) y hacerle pagar por sus actos impíos.

Como es de suponer, al volver a casa la televisión estuvo encendida hasta que nos acostamos, pronto, para estar informados de todos los detalles del suceso, y sobre todo, del estado de las víctimas. Resulta que a la mañana siguiente, todos marchábamos al norte de España a realizar algunas etapas del Camino de Santiago, y los cuerpos no estaban muy animosos. He de confesar que durante las etapas no teníamos tiempo de informarnos sobre cómo le iban las cosas a nuestros vecinos barceloneses. Solo cuando caía la noche y nos desplomábamos en nuestros colchones, éramos conscientes de lo escabroso, sorprendente y desastroso del acto y del desconsuelo y la pena que estarían soportando y que, de hecho, han soportado los barceloneses.

He de reconocer que después de ocho días de viaje, el choque con la realidad fue duro. Descubrimos, y todo gracias a la televisión, los altares de flores, velas y demás objetos que los que visitaban los lugares de los acontecimientos decidían dejar como obsequio a las víctimas. Vimos las manifestaciones de repulsa por parte de los barceloneses y de las autoridades de todo el país, que no hicieron sino aumentar nuestra rabia e impotencia por los terribles actos cometidos. Pero la sorpresa llegó con las detenciones, arrestos y bajas entre los propios terroristas quienes amenazaban con perpetrar otra masacre aún mayor.

No solo en España, sino también en otros países europeos amenazados por los yihadistas como Italia en cuyo suelo aún no se ha registrado ningún atentado como los que hemos visto en otros países vecinos, han aumentado los efectivos policiales (cosa que comprobamos mi familia y yo en nuestro particular Camino de Santiago por el norte de España) y no ha faltado la presencia de profesionales dispuestos a hacer frente a la catástrofe. Un gracias de corazón para todos ellos.

El escritor barcelonés Álvaro Colomer, muy activo en Twitter, después de asegurar que se encontraba bien pocas horas después del atentado, resumía en pocas palabras el sentimiento que lo dominaba y que sin ser del todo ortodoxo respondía directamente a los atacantes: Hijos de puta.

Quizás debería haber aprovechado este artículo para hablar de la islamofobia, del sentimiento independentista que muchos catalanes hicieron patente durante las manifestaciones, o incluso de aquellos familiares que abrazaban a imanes en señal de respeto y armonía entre culturas. Pero no. Estos días llueve en toda España y se acerca septiembre. Es hora de empezar a olvidar y seguir con nuestras vidas. No tinc por. De corazón.

Virginia García Franco

 

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