La ciencia de los “médicos” de las plantas

Jorge Poveda Arias

La ciencia de los “médicos” de las plantas

Desde épocas muy remotas el hombre ha tenido consciencia de las enfermedades que afectan a las plantas, pero siempre ha relacionado su origen con fuerzas sobrenaturales que daban como respuesta las supersticiones y las creencias religiosas. Referencias escritas a estas enfermedades sobre los cultivos podemos encontrarlas en libros tan antiguos como los Vedas (2000-1000 A.C.), el Antiguo Testamento o los escritos del filósofo griego Teofrasto.

Para los romanos, Robigo era el dios de los cereales y en su honor se celebraban las Robigalias, festividades de sacrificio de animales jóvenes con el fin de apaciguar su furia y que no cubriera los cultivos de trigo con las royas. Esta enfermedad es causada por el hongo Pucchinia graminis y se caracteriza por cubrir las hojas y tallos de los cereales con unas pústulas de colores anaranjados, disminuyendo enormemente la productividad del cultivo e incluso llegando a matar a las plantas.

En este sentido, la fitopatología se define como la ciencia que estudia las enfermedades de las plantas, desde su diagnóstico hasta su control. Debido a estos desórdenes vegetales, se calcula que se pierden anualmente un 10% de la producción total de los cultivos, resaltando la importancia que la sanidad vegetal tiene para la sostenibilidad alimentaria de la población.

Esta ciencia comienza a desarrollarse a principios del siglo XIX y consiguió numerosos hallazgos durante estos primeros años, como determinar que numerosas enfermedades de los cultivos eran producidas por microorganismos como hongos, bacterias y virus, es más, corresponde a los fitopatólogos la identificación del primer virus conocido, el TMV o virus del mosaico del tabaco, que produce en las hojas de la planta unas manchas muy particulares, de ahí su nombre.

Un caso muy interesante del papel que las enfermedades de los cultivos pueden llegar a tener en la historia de la humanidad lo podemos encontrar en la denominada como Gran Hambruna Irlandesa o Hambruna Irlandesa de la Patata, que disminuyó la población de la isla de 8,2 millones de personas en 1841 a 6,5 en 1851. Para entenderla debemos centrarnos en primer lugar en la situación económica y social de Irlanda en el siglo XIX, tras la ocupación de Cromwell. A partir de ese momento, los propietarios de las tierras eran los aristócratas ingleses y se las prestaban a los campesinos irlandeses con el fin de que cultivasen trigo en ellas, cuya producción total se quedaban los propietarios, y en un pequeño trozo de terreno pudieran realizar un cultivo de subsistencia para su familia, basado en hortalizas. En estos pequeños huertos la patata era el principal protagonista, ya que aguantaba bastante bien las bajas temperaturas, era fácil de almacenar y aportaba muchas calorías a su consumidor.

En 1845 apareció en los campos irlandeses una enfermedad de las patatas denominada como tizón tardío (causada por el oomiceto Phytophthora infestans), que primero aparece como unas manchas oscuras en las hojas y termina con la destrucción total de los tubérculos al pudrirse por infecciones bacterianas secundarias. Es fácil imaginar la situación de estos campesinos en esos años: pérdida total de su única fuente de alimento, pues debían ceder todo su trigo a los ingleses y las patatas eran totalmente destruidas por la enfermedad. La enorme hambruna a la que se enfrentaron provocó numerosas muertes y desplazamientos de población hacia el continente americano, además, marcó una línea divisoria en la historia de Irlanda, alimentando diversos movimientos nacionalistas futuros.

Otro caso muy curioso dentro de la fitopatología es el del cornezuelo del centeno, enfermedad producida por el hongo Claviceps purpurea, que se caracteriza por el crecimiento de una estructura en forma de clavo curvado en los granos del centeno, aún en la espiga. Este hongo sintetiza y acumula una serie de compuestos alcaloides fisológicamente muy activos en nuestro cuerpo, como vasoconstrictores y a nivel de neurotransmisión. Por ello, era utilizado por diferentes culturas en la antigüedad para inducir abortos y evitar las hemorragias del útero después del parto. Uno de estos compuestos le llevó a Hofmann hacia el descubrimiento de la dietilamida del ácido lisérgico, potente alucinógeno conocido como LSD.

La fabricación de harinas con centenos infectados con este hongo provocaba en sus consumidores diferentes envenenamientos, muy comunes en la Europa de la Edad Media. Muchos de estos casos fueron confundidos por las instituciones religiosas del momento como casos de brujería, debido a las alucinaciones que causaba, denominándose a la enfermedad como “fuego sagrado” o “fuego de San Antón”, que posteriormente derivaba en la necrosis de los tejidos de las extremidades al dejar de llegar sangre por los procesos de vasocontricción.

La fitopatología ha sido una ciencia muy importante en el pasado, lo es en el presente y lo será en el futuro, pues sin ser capaces de identificar los agentes causantes de las enfermedades vegetales y conocer su biología, jamás podremos controlarlos y estaremos expuestos a crisis alimentarias como las ya vividas en nuestra historia.

“La ciencia que no es divulgada hacia la sociedad es como si no existiera”.

Jorge Poveda Arias – Más artículos de Jorge

 

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