Roma, una explosión de vida

Amonsanmac

Roma, una explosión de vida

Si un día de estos, a alguno de vosotros os da por visitar Roma, armaos de paciencia, porque hay tal saturación de personas que no se puede ver nada con tranquilidad. Menos mal que yo tenía como base un pequeño hotelito en la calle Monty donde me refugiaba cuando no podía más.

La calle Monty es una de las más populares de Roma. Sus edificios de preciosos tonos ocres y sus desgastados suelos adoquinados contemplan el devenir de la vida desde hace más de dos mil años.

El primer día ya instalado en el Hotel, decidí visitar el Palatino. Haría el recorrido del revés y de esta manera me evitaría a la mayoría de la gente que suele empezar por el foro. Craso error. Al llegar a los jardines, grupos de japoneses, americanos o alemanes ya lo habían invadido todo. Con treinta y cinco grados y yendo por la famosa “Via Apia”, entre dicha patulea, me encomendé a San Pablo, que estuvo allí detenido varios años. Y pensé si en su época habría habido esa algarabía.

Después me dirigí en peregrinación hacía el Coliseo, el lugar donde murieron miles de Cristianos. Por lo menos podría imaginarme la lucha de los gladiadores en la arena. Cuando entré en el anfiteatro y vi que estaba atestado de niños maleducados campando a sus anchas, padres Europeos con shorts y camisetas de tirantes y un grupo de árabes con varias mujeres vistiendo burkas negros… No hubo cabida para reflexiones más profundas.

Estuve un rato mirando esa discordancia entre modernidad y antigüedad y pensando en lo poco que habíamos cambiado. Contrariado terminé marchándome. El día siguiente, pensé, sería mejor. Iba a visitar el Vaticano.

Desde el hotel, había reservado un tour cuyo slogan decía: “No espere colas”. A ver si está vez era posible ver algún monumento con sosiego.

Cuando llegué al punto de encuentro, me encontré con un conjunto variopinto de veinticinco hispano-hablantes, con la guía: Valentina. Por cierto una italiana muy simpática y ocurrente. Había mejicanos, argentinos, de Puerto Rico, Madrid y hasta de Barcelona (la guía les preguntó si no preferían ir con el colectivo anglosajón).

Valentina hacía referencia todo el rato a que éramos “very important persons”. Y así me sentí yo por un momento, cuando dejamos atrás a una riada de gente que hacía cola para entrar en los Museos Vaticanos. No caí en la cuenta de lo que habíamos pagado. Aunque todo iba a merecer la pena cuando llegásemos a la Capilla Sixtina. Entre jaleo y empujones accedimos a la estancia más famosa del Vaticano.

¿Pero no decían que no se podía ir en pantalón corto y con los hombros descubiertos? ¿Y que había que estar en silencio porque es un lugar sagrado? Mentira.

Había tal gentío… que los sacerdotes se desgañitaban pidiendo silencio y la gente haciendo caso omiso. Al final los presbíteros habían claudicado y eso parecía el gran bazar de Estambul. En ese momento comprendí que no había nada que hacer con nosotros, éramos la especie extinta del Neandertal.

Como pude, me puse en una esquina para poder ver algo de las magníficas pinturas de Miguel Ángel. Pero os digo que es mejor contemplarlas por internet.

La Plaza de San Pedro, con su obelisco traído de Egipto, estaba en obras con andamios. Y la Catedral colapsada por el descontrolado turismo de masas. Fue imposible poder bajar a las criptas.

Al terminar la visita, me fui a dar una vuelta por la Plaza de España. Cientos de personas abarrotando las escaleras y metidas en la fuentecilla de lla Barcaccia.

Sí, allí estaba el famoso “Café Greco”… pero cuando vi la gente que había, decidí que ya conocería a Lord Byron en la otra vida.

Vamos, me dije, vete a la Fontana di Trevi a echar la moneda para poder volver otra vez a Roma, como manda la tradición… En la Fontana no cabía un alfiler pero a mí me daba lo mismo. Yo había ido a tirar la moneda y la iba a tirar. Una, dos… la lancé y pun, le pegué a un sij en el turbante. ¿Volvería yo o volvería el hindú?

Por si acaso tiré otra. Me aseguré esta vez que cayera dentro del agua. Y mientras contemplaba mi dinero hundirse entre cientos de monedas pensé en la preciosa Roma. Y en esa energía vital que a pesar de todo transmitía.

Y que todavía me quedaban dos días y mucho por ver: El Panteón, La Piazza Navona, el Puente de Sant ´Angelo, La columna de Trajano, el Barrio Judío, el Trastevere… Además esta vez estaba dispuesto a levantarme a las cinco de la madrugada.

Y mientras meditaba todo esto, cerré los ojos y me imaginé esa Roma solo para mí.

Amonsanmac

 

2 comentarios

  1. Qué buenas descripciones y qué punto de vista más bueno de Roma, yo también estuve allí y gracias a ti he vuelto! A ver si coincidimos. Gracias por esa reflexión.

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