La derrota de nuestras vidas (Parte I)

Jaime Morillo Caraballo

La derrota de nuestras vidas

“Hay veces que un hombre tiene que luchar tanto por la vida que no tiene tiempo de vivirla.”

Charles Bukowski

Y cuando el dolor se hizo insoportable, escribí sobre él. Estaba a 15 días de saber si seguiría sufriendo en una fábrica u otra vez en la calle. El destino no era justo conmigo y como siempre en el último momento algún Lee Harvey Oswald me tenía apuntando con su última palabra y así todas las malas decisiones propias y ajenas llovían hacia mí. Tal vez no había salvación para el desesperado. Ya que Dios por el momento miraba para el otro lado o en el peor de los casos participaba alegremente de este martirio, o tal vez como muchas de las grandes cosas de la vida solo era otra mentira más. Y aunque había estado luchando los últimos meses en horario de 24/7, dándolo todo, parecía que nunca era suficiente, siempre alguien pedía más, siempre un muro, que demencia movía todos los hilos de mi vida. No lo sé, pero es extraño, desde hacía un tiempo una nube muy oscura flotaba sobre mi cabeza.

Y como yo, estaba casi todo el mundo; podías mirar desde tu balcón y darte cuenta de que desde hacía algún tiempo la gente de la calle parecía infeliz y agotada, físicamente y espiritualmente. Si observabas te dabas cuenta que portaban grises máscaras con muecas retorcidas en donde  alguna vez tuvieron su rostro y en sus ojos había una pesadumbre que se clavaba en lo hondo de ellos como un gancho de carnicero.

Ya no se re respiraba el mismo ambiente en las plazas y patios de vecinos que hacía algunos años. Había un pensamiento instaurado en este rebaño castrado de que no había salida, que este era el camino y el fin, nada de lo hiciéramos cambiaría nada pues el 15M (nuestra última esperanza) había muerto hace mucho tiempo ya ahogado en una churrería de ideologías y sinsentidos, fuerza opaca y frustración difusa que los había llevado hacia ninguna parte. Y ahora nuestro presidente podía salir desde un televisor, mearnos en la cara y aquí no pasaba nada. Este país se había convertido en el sueño húmedo de los mercados.

En definitiva, la gente estaba triste, alineada y engañada; muchos lo sabían pero estaban demasiado cansados y fracturados por trabajos que los deshumanizaban o su falta de ellos, por las facturas sin pagar, por matrimonios que los destrozaban, por hijos que eran monstruos egoístas y por todas esas pequeñas miserias que como garrapatas siempre se acogen entre los pliegues más desfavorecidos de la sociedad, así que por eso de vez en cuando alguno decía basta y se mataba, era el único alivio para muchos, el de saber que en la celda que nos habían metido tenía por lo menos una salida, aunque fuera ésta. El suicidio se había convertido en la única panacea efectiva para el hastío de vivir en estos tiempos modernos.

Por mi parte la idea de acabar con todo siempre me ha seguido, desde mi más tierna infancia esa idea siempre me perseguía como un perro negro, formaba parte de esa nube negra que a veces se concentraba en un solo pensamiento el cual era que en definitiva que la vida no debería ser esto, de que como todo puede ser tan arbitrario y difuso a la vez, de que haya gente que tenga de todo mientras otros nunca llegamos a poseer nada aunque lo intentemos. De que la única conclusión factible es que nada tiene sentido. Habría que abrir los ojos a esta gran verdad de qué sentido tiene la vida si no tenemos dignidad, estabilidad y felicidad. Aquellas cosas que desde pequeños nos habían prometido.

Y es curioso cómo todo esto empezó con una conversación esa mañana con una buena amiga, le había estado contando que desde ya algún tiempo había estado sufriendo una serie de punzadas en el corazón, a veces duraban un minuto, otra vez mas, ella me dijo que fuera al médico, pero la verdad es que no me interesaba, pues sabía que éste me haría mear en bote y que después de esperar tres semanas me diría que estoy gordo, tras eso me aconsejaría que dejara la cerveza, el tabaco, el sexo y un montón de cosas más de las que tampoco disfruto con la intensidad y regularidad que uno desea. Además, yo a mis 35 años estaba interesado en morir de una forma ilógica, estallando en cualquier momento, reventando, quería morir como la sucia bestia de carga a la que había abocado este sistema. Ya solo soy un hombre está esperando a la muerte, esperando al dolor, esperando el siguiente golpe que me de la vida, sin esperanza, sin compasión, aturdido por tanto dolor y tanto alcohol que me mantuviera aun de pie aunque no quisiera y es que esa no es una buena forma de vivir pero era la única que conocía.

Además, qué había conseguido en 35 años de esfuerzo y dedicación: nada que se pudiera reseñar salvo pequeños logros y grandes derrotas y ya sabía lo que me esperaría del futuro, más de lo mismo, ese era mi camino, mi senda, la bitácora del perdedor y aunque siempre creía que yo podía escapar el destino, este tendía a devolverme al arrollo, no había escape, nunca lo había habido.

Entonces mi amiga me miró y dijo que no le importaba que muriera, lo que le jodía es que me quedara imbécil y me tuviera que limpiar el culo, le entendí al momento. Ella también era partícipe de esa suerte que a mí me acompañaba. Después de eso la charla derivó en dios, ella era una muy devota, pues aun creía en el anciano de barbas sonrientes que te mira con malos ojos si te masturbas y yo por mi parte, yo ya no sabía ya en qué creer, tal vez en la civilización solo hemos intentado convertir en algo amable lo que siempre fue cruel, pues dios permitía la avaricia, las violaciones, permitía la miseria, permitía toda esta locura, no había fuerza que impidiera eso, era nuestra realidad, la del día a día. Y es que acaso ésta no era la mejor señal de que nunca tuvimos salida, como podía ese dios que todo es amor mortificar a buenas personas, mutilarlas en trabajos inhumanos y permitir que tantos miserables e hijos de puta andaran felices y contentos, cómo podía permitirlo. Cómo podía permitir todo este miedo, miedo al perder el trabajo, miedo a no tenerlo, miedo al banco, miedo a que te deje tu mujer, miedo a una bandera, miedo a fallar, miedo al imbécil de la esquina, miedo a existir, miedo a vivir. Al final con los años pienso que tal vez no sea amor lo que siempre fue miedo. Y toda esa sociedad está construida en las columnas del miedo y la avaricia.

Al final la charla derivó en reproches por parte de ella, que siempre había querido estar al lado de alguien que valiera la pena, un abogado, un opositor o un militar, y lo único que había obtenido era un mozo de almacén con un grave problema de autoridad, autoestima y sobrepeso, mi única pretensión en la vida era que me tocara un gran premio y no volver a ver al pelo al trabajo que te roba las horas, la juventud, las energías y te priva de hacer las cosas que te hacen feliz. Es inhumano perder 40 años de tu vida o más en esos trabajos para que después donde hubo un joven que quiso cambiar el mundo o simplemente solo ser feliz acabe solo un viejo lleno de achaques incapaz de hacer algo, de poder disfrutar de la vida que le han arrebatado, babeando y meándose encima en algunos casos, votando solamente para que le suban las pensiones o no se la quiten.

Así que decidí alejarme de allí con su enfado y reproches, pues la quiero y a veces cuando amas a alguien lo mejor que puedes hacer es no estar allí, así que volví a donde vivía ahora a repasar unas notas sobre un reportaje que nunca nació, fue el intento de hacer algo grande que como siempre a cabo en desastre…

Este era sobre los numerosos suicidios que acontecía en la provincia de Cádiz, y más concretamente en mi ciudad Jerez de la frontera, una vez un yonki me dijo toda frontera implica muerte y con los años me di cuenta de que era cierto, cada cierto tiempo a alguien le podía la presión y se lanzaba desde el vacío, se pegaba un tiro o se estrellaba con su coche en rectas bien señalizadas o asfaltadas, era como si saltara un chip en su cabeza y éste dijera no más, era un extraño mal que se extendía solo entre los barrios más humildes, nadie moría así en la zonas más ricas de la ciudad. Esas enormes zonas de chalet cubiertos con grandes vallas y servicio de seguridad las 24 horas… continuar leyendo.

Jaime Morillo Caraballo

 

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