Hay que ver anime

David Vázquez Baciero

Hay que ver anime - DiarioE

Al igual que muchos de los niños de mi generación, crecí viendo series de animación japonés, lo que comúnmente se conoce como “anime”. Como en mi infancia fui razonablemente feliz, calculo que en un día flojito mi hermano y yo podíamos habernos lanzado al menos unas cuantas Ondas Vitales (para mí Kamehameha será siempre tan solo un rey hawaiano), intentado decenas de Tiros Combinados y, al menos una vez, la Catapulta Infernal. Como era el pequeño, siempre me tocaba ponerme debajo y actuar de lanzadera: así de mal hecho está el mundo.

Por dar alguna referencia, en los años 80 a España ya habían llegado Mazinger Z y Comando G, que cosecharon un éxito rotundo. No obstante, para la incorporación definitiva del anime tuvimos que esperar a que estallase el fenómeno Akira en 1988, una especie de Ciudadano Kane para el anime que dibujó las infinitas posibilidades del medio y lo elevó a la categoría de arte. Finalmente, Akira Toriyama reventó el mercado con Dragon Ball, una serie que mezclaba humor con violencia, batallas con melodrama y giros inesperados de guion con diálogos interminables que muchas veces no conducían a ninguna parte. Su éxito rotundo se unió al de otras series icónicas como Los caballeros del Zodiaco para confirmar que el anime había llegado para quedarse. Los japoneses, tan eclécticos, tuvieron el detalle de incorporar algunos elementos más reconocibles para los occidentales como unas canciones de apertura y de cierre que remitían a versiones japonesas de nuestro pop-rock (lo que allí se conoce como J-pop y J-rock). Sin embargo, llegó también con su propia idiosincrasia. Vertebrado en capítulos de 20 minutos, se impuso la necesidad de un nuevo lenguaje narrativo al tiempo que se ampliaron exponencialmente las posibilidades expresivas: en el anime no hay problemas con los sueldos de los actores y el único límite es la imaginación de quien tiene delante un folio en blanco.

Parece fácil de entender, ¿verdad? Bueno, pues ahora que alguien se lo explique a las mentes pensantes de Hollywood, empeñadas en castigarnos con adaptaciones bienintencionadas en el mejor de los casos, pero que nunca van a poder recoger la esencia del anime. Mientras la industria se frota las manos pensando en el mercado asiático, hemos padecido insultos como Dragon Ball Evolution. Ghost in the Shell se queda lejos de entender la película de animación y, para ser honesto, ni me he molestado con Death Note.

El anime, tan libre pero a la vez tan sujeto a sus propias normas, es un arma de doble filo que nos ha proporcionado mucha morralla infumable, pero también miles de horas de entretenimiento de calidad. Antes de que lo comprara Mediapro y se empeñaran en buscar esposas para hijos, esposos para hijas, esposas para granjeros y príncipes para Corinas, hubo un tiempo, durante la primera década de los 2000, en que Cuatro era un canal de televisión interesante. Recuerdo que de madrugada emitía Cuatrosfera, un espacio alternativo que daba entrada a un anime más complejo, más maduro y pensado para adultos. Allí descubrí que la animación no era siempre un juego de niños y que a mis 14 años podía pasarlo mal a la hora de entender la trama de una jodida serie de dibujos animados. También recuerdo de aquellos años Buzz, un canal al que casi nadie hacia demasiado caso, pero que emitía sin parar animes de lo más variado, muchos de ellos de altísima calidad. Eran años distintos en los que Canal+ se atrevía a emitir en abierto Ruroni Kenshin, una enciclopedia de la era Meji del Imperio de Japón. Luego llegó la TDT para darnos el mismo contenido en 80 canales distintos y, a cambio, Corina encontró a su príncipe. Y nosotros nos volvimos un poco más idiotas.

Por cierto, Buzz fue adquirido por una productora americana que suprimió todo el anime. En su lugar, comenzó a emitir “reality shows” de mierda al estilo MTV. El resultado es que hoy el canal anda volcado en el gore y la pornografía. Al menos ya no disimulan.

Hay que ver anime. En primer lugar, porque es cultura. Ni tan siquiera me voy a detener para hablarles de Neon Genesis Evangelion, tal vez el mejor anime de todos los tiempos, capaz de mezclar sin ningún rubor profundísimos conceptos de la Cábala judía, Psicoanálisis y robots gigantes en infinitas capas de profundidad que, estoy seguro, dan para más de una tesis doctoral. Sirva con mencionar Rah-Xephon, la hermana pequeña de Evangelion, que incorpora interesantes ideas acerca de cómo la música se articula como el lenguaje universal que ordena el cosmos (y aquí inevitablemente nos acordamos de Alejo Carpentier); Paranoia Agent, una inteligentísima reflexión sobre la sociedad (post)moderna; o Ga-Rei Zero, una serie a la que no le falta nada para ser una tragedia griega.

No obstante, hay que ver anime, sobre todo, porque expande nuestros horizontes, nos obliga a un ejercicio de empatía con unos creadores que no comparten algunos de nuestros códigos culturales. Es evidente, por ejemplo, que existe en Japón un problema severo con el machismo, y que este se deja notar en unos personajes femeninos en demasiadas ocasiones abrumadoramente planos, con una psicología trazada con desgana y casi siempre subordinados a una figura masculina. Incluso esto es interesante: ¿lo hacemos nosotros mucho mejor?

No soy un otaku, nunca me he disfrazado (¿se puede ser más libre que esa gente?) y no he estado ni cerca de pisar el Salón Internacional del Manga a pesar de que se celebra a escasos metros de mi casa. Se podría decir que no sé casi nada. Sin embargo, lo poco que sé me alcanza para invitar a quien quiera escuchar a despojarse de prejuicios y probar el anime. No le defraudará su sabor.

David Vázquez Baciero – @davidvazbaciero – Más artículos de David

 

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