La derrota de nuestras vidas (Parte II)

Jaime Morillo Caraballo

La derrota de nuestras vidas

… continuación de La derrota de nuestras vidas (Parte I).

Recuerdo que hace algunos meses intenté hacer un trabajo de investigación, intenté hacer algo serio, intenté contactar con personas, testigos e incluso familiares pero no conseguí nada, lo único que obtuve tras mucho esfuerzo y una factura de teléfono de 56 € fue una posible entrevista con la hermana de un muchacho al que la crisis había obligado a trabajar en un bar de 8 de la mañana a 12 de la noche de lunes a sábado; el chaval había aguantado tres años así, era de la generación post crisis, aquella que fue educada para servir y callar, aguantó a clientes estúpidos, a jefes anormales y a compañeros trepas pudiendo ser solo él el domingo y ese día era planchar, cocinar, fregar, comprar y hacer todas esas cosas que te roban más tiempo como esas enormes colas del supermercado, aquellas con esas caras que te hacen pegar botes de la cama a medianoche, hasta que al fin en una tarde de domingo según unos testigos empezó a reír solo, cogió la vieja escopeta de su padre que guardaba en un trastero, se fue a un garaje dos calles más abajo y se voló los sesos entre risas. Fin de la historia, fin del chiste, tenía 26 años y ya había perdido toda esperanza.

La historia me la había contado un amigo y éste me había presentado a su hermana para hacerles un reportaje para denunciar el caso, pues como ya he dicho la situación se había vuelto un mal endémico, los medios y periódicos lo ocultaban, era como el hijo deforme que escondes en un desván, era un tema tabú que solo favorecía a los poderosos, pues este silencio permitía que la gente siguiera dormida.

Cuando llegué al portal de la casa para hacer la entrevista ésta olía a cebolla, era el olor de la pobreza, de la miseria humana, el bloque de edificios era gris, eran los típicos edificios que se hicieron en los 60 cerca de las bodegas, la famosas granjas de obreros, en donde estos criarían a los futuros trabajadores de una industria que nunca existió, pues ya hacía tiempo que no había bodega y estos edificios quedaban solo como testimonio de que todo tiempo pasado fue casi siempre mejor.

No tenía ascensor y mientras subía por las escaleras se escuchaban voces que provenían de los portales, cuántas vidas más se habrían truncado allí? Llegué al portal indicado y llamé, al abrirse una puerta una mujer joven menuda de piel marrón y brazos gordos me recibió, llevaba una camiseta rosa del Primark en la que ponía whore, más atrás en la habitación estaba en penumbra, con las persianas bajadas, un hombre mayor de aspecto frágil de lado sentado en un gran sillón de aspecto raído y deslustrado, éste solo vestía una camisa de pañoleta blanca y unos calzoncillos blancos, un viejo televisor mudo emitía fogonazos de luz a la oscuridad y el anciano se recortaba entre las sombras. Todo estaba en silencio y parecía un cuadro de Zurbaran.

Me presenté con la debida educación y cuando dije que venía por el reportaje y sin querer nombré al chico, entonces de imprevisto el anciano se levantó y gritó el nombre de su hijo mientras se arrojaba el suelo y lanzaba por los aires una mesa camilla que rebotó con un sillón contiguo. Era la explosión de todo un ser humano, un dolor incontestable, un flash de desgarro.

-XXXX, XXXXX, ¿Dónde estás?, XXXXX, grietaba y su voz era un ronco despertar, la tarde se quebraba como un espejo y el anciano en el suelo agitaba los brazos desmenuzando la quietud de hace un instante, magullándose las manos y piernas en el frio suelo, era mismísimo esperpento, un hombre roto dolor, era como el negro rocio que se posó un 26 de abril en Chernóbil, era la casa de Bernarda Alba hecha hombre.

La hija miró primero a su padre y después a mí, su cara era una mueca de pánico y estupefacción, entonces me cerró la puerta, no hacían falta explicaciones, mi presencia había traído un oscuro fantasma y había quebrado el orden natural del silencio. Decidí que no podía perturbar a esta familia, no era un periodista de corazón, no quería carroña. Bajé los escalones rápidamente mientras detrás de mí aún se escucha al padre gritando preguntando por su hijo mientras la hija intentaba consolarlo. Necesitaba un trago, todo esto me había descentrado. Yo era también esclavo de mis fantasmas. Necesitaba una copa de algo fuerte, que me amortiguara, que frenara la ansiedad que subía por la nuca, debía intentar olvidar el horror de lo que había visto, busqué el bar más cercano y me senté en la barra, moscas y viejos medio dormidos o medio borrachos me hacían compañía, me senté lo más cerca del cagadero pues quería aferrarme a la realidad y pedí un vodka con limón.

¿Que había querido conseguir con todo esto? Pensé mientras agitaba los hielos y veía las finas gotas que se formaban en la borde del vaso. Era acaso el absurdo sentimiento infantil de justicia para los desfavorecidos que siempre había sentido. Yo desde siempre me había visto en el bando de los perdedores, desde pequeño siempre había sido marginado y lo era ahora, había intentado escapar muchas veces de todo esto pero la suerte no estaba de mi lado, círculos entre círculos y siempre el mismo camino. El móvil sonó: era Carlos, el furry desviado que consiguió una paga matando a sus padre a disgustos, llevaba varios días enviando fotos por WhatsApp de un club de elite al que le habían inscrito su tío, la suscripción costaba 200 euros por persona y mes, en las fotos se le veía en una piscina, recibiendo clases de tenis, tirado en un hamaca con un whiskey o fotos de un enorme bistec con patatas.

Se le veía rodado de mujeres y hombres cuyos rostros que nunca habían pasado necesidad, rostros de enormes sonrisas vacías; y era curioso como un enfermo mental y un tarado sexual con grandes deficiencias afectivas y empáticas, cómo él encajaba entre ricos y famosos con total normalidad, estaba en su salsa, en su momento, había escapado de tener que escuchar el despertador a las 6 de la mañana y lo único que había tenido que hacer era destrozar a todos aquellos que alguna vez le amaron. Era en términos sociales y económicos un triunfador.

Entonces un grito sosegado, como un lamento, un quebranto pasiego recorrió el barrio y distrajo mi atención, volví la cabeza para ver de dónde salía ese terrible sonido y ahí estaba de pie a unos 20 metros el anciano, una brecha cubría de grana su sien izquierda y su camisa blanca florecía de oscuro carmesí, la boca como una oquedad hecha por un mal carpintero se abría negra y expectante como sus ojos negros temblorosos y húmedos los cuales miraban a ninguna parte. Dos hombres de la misma edad lo estaban sujetando, uno de los brazos para que no se cayera y otro le movía las piernas para que avanzara. Era un singular paso, pues había algo de religión en todo ello.

– Yo tenía un hijo, yo tenía un hijo, mi hijo, mi hijo, era mi hijo – decía cada cierto tiempo y ese era el barrunto trágico que despertaba la conciencia dormida de ese barrio, que como un temblor dormido perduraba en el trasfondo de la conciencia humana.

– Venga Fermín, un pasito mas, venga que te vamos a dar algo bueno – decía el hombre que le movía las piernas.

Ahora lo llenarían de alcohol, lo emborracharían y lo adormecerían hasta que el dolor fuera soportable una vez más, pero mañana su hijo seguiría muerto, no habría resurrección en este Getsemaní nubiloso y aquellos cabrones que lo mataron seguirían explotando y matando a nuevos jóvenes pues siempre habrá carne de paro a la que poder masacrar.

Le di al barman un billete de 5 euros y este no me devolvió el cambio (maldito ladrón). Y Salí del bar antes de que llegaran, perdiéndome entre los callejones de esta ciudad, y así terminó mi aventura de intentar hacer un reportaje serio, meses más tarde acumulé más vivencias, más dolor y más locura y empecé escribir sobre todo esto, para así celebrar la derrota de nuestras vidas. Miro el anochecer y el anochecer me mira a mí, arranco otra página del ordenador, la miro, la leo ¿Dime, tú también lo ves?

Jaime Morillo Caraballo

Un comentario

  1. […] Este era sobre los numerosos suicidios que acontecía en la provincia de Cádiz, y más concretamente en mi ciudad Jerez de la frontera, una vez un yonki me dijo toda frontera implica muerte y con los años me di cuenta de que era cierto, cada cierto tiempo a alguien le podía la presión y se lanzaba desde el vacío, se pegaba un tiro o se estrellaba con su coche en rectas bien señalizadas o asfaltadas, era como si saltara un chip en su cabeza y éste dijera no más, era un extraño mal que se extendía solo entre los barrios más humildes, nadie moría así en la zonas más ricas de la ciudad. Esas enormes zonas de chalet cubiertos con grandes vallas y servicio de seguridad las 24 horas… continuar leyendo. […]

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